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Habitar la ausencia: Homenaje a Lucho Herrera

Maricela García Villalta, egresada de la promoción 15 del CPPL.

 

 

«El dolor es el precio que pagamos por el amor y por el vínculo genuino; atravesarlo es, en última instancia, el acto más fiel al legado de quien nos enseñó a sostener la palabra y la verdad del deseo.»

 

En memoria de Lucho Herrera

Duele el tiempo, duele la distancia irrevocable que impone la muerte, y hoy la tristeza se abre paso con la fuerza ineludible de lo real. Perder a quien fue analista, guía y testigo de nuestras propias contradicciones no es solo despedir a una persona; es enfrentar el vacío de un espacio donde la palabra solía ordenarnos.

Lucho, me enseñaste a habitar las tensiones sin fracturarme: a reconciliar la fe y el psicoanálisis sin necesidad de librar una guerra estéril, y a entender la reserva no como silencio vacío, sino como el santuario donde el propio deseo puede protegerse y crecer.

Qué conmovedora y, a la vez, implacable es la experiencia del tiempo: retener la imagen intacta del primer día en que nos conocimos, y ver cómo los cuerpos envejecen, se transforman y, finalmente, se quiebran ante la ley inexorable de la vida. Cuesta aceptar que esta vez te toca partir, que el ciclo de las horas compartidas en el consultorio ha llegado a su fin.

Hoy me permito estar triste, porque la tristeza no es más que el afecto que intenta dar cuenta de una ausencia imposible de llenar con facilidad. Gracias, Lucho, por tantas horas de escucha, por sostener el análisis y por enseñarme a transitar el dolor con dignidad.

Descansa en paz.

Tu alumna,

Maricela

 

Cuando el terror nos sacude

Nora Rivas Plata, psicoterapeuta psicoanalítica, docente del CPPL.

Perú es un país altamente sísmico.  Bajo su superficie colisionan la placa tectónica de Nazca, que se desplaza hacia el este y la Placa tectónica Sudamericana sobre la cual se encuentra el territorio peruano.  Mediante un proceso de subducción,  la placa de Nazca, al ser más densa, se introduce por debajo de la placa sudamericana a una velocidad de unos cuantos centímetros por año.  La fricción acumulada durante el proceso libera energía de manera repentina, causando temblores frecuentes y catastróficos terremotos.

Desde el devastador terremoto de Lima y Callao en 1940 hasta los recientes y trágicos eventos de 2026 —como el sismo de Junín y el doble terremoto en Venezuela—, los desastres naturales han dejado una huella de destrucción física y un profundo impacto emocional. Este sufrimiento, a menudo silencioso, sacude los cimientos del bienestar humano y nos enfrenta de golpe a lo disruptivo y lo traumático.

Un pasado de cicatrices abiertas

Perú ha sido escenario de algunos de los desastres naturales más catastróficos del último siglo. El terremoto de Áncash de 1970, recordado como el más mortífero, con cerca de 100, 000 fallecidos y la desaparición de Yungay bajo un aluvión, marcó un hito en la memoria colectiva. Más recientemente, el sismo de Pisco en 2007 dejó a más de 431 000 personas afectadas (Instituto Geofísico del Perú [IGP], s. f.). La cronología del terror continúa hasta nuestros días, con el terremoto en Junín en julio de 2026 y el doble terremoto de gran magnitud en Venezuela apenas un mes antes, que dejó más de 5,000 víctimas y miles de desaparecidos (IGP, 2026).

La tormenta mental tras el sismo

La Organización Mental de la Salud (OMS) y otros especialistas en salud mental indican que las pérdidas, la incertidumbre y los estresores derivados de estos eventos traumáticos aumentan significativamente el sufrimiento emocional. Las consecuencias no se limitan al miedo inmediato; pueden derivar en trastornos severos como el estrés agudo, la depresión, el duelo prolongado y el trastorno de estrés postraumático (TEPT).

Según la Organización Panamericana de la Salud (OPS, 2016), las reacciones posteriores a un desastre varían ampliamente. Es esperable que los afectados se sientan paralizados, experimenten deseos de luchar, sientan indignación y rabia, o una abrumadora sensación de descontrol. No obstante, también surgen destellos de esperanza y solidaridad. Un riesgo latente es el aumento en el consumo de alcohol y otras sustancias psicoactivas como mecanismo de evasión, lo que puede exacerbar la violencia en diversas modalidades. Asimismo, la automedicación con psicofármacos se convierte en un peligro para quienes buscan aliviar desesperadamente su sufrimiento.

La infancia: la población más frágil

Los niños y niñas representan el grupo de mayor vulnerabilidad. Al poseer una menor comprensión de la tragedia y limitaciones para verbalizar sus emociones, el trauma suele manifestarse a través de alteraciones drásticas en su conducta. En situaciones de catástrofe, los menores no solo enfrentan el miedo al sismo, sino también el riesgo de violaciones a sus derechos fundamentales, afectando integralmente su desarrollo.

Para mitigar este impacto, la normalización de la vida cotidiana es crucial. “Es esencial asegurar la satisfacción de necesidades básicas y la reinserción escolar en el menor plazo posible”, señalan los lineamientos de la OPS (2016). Las escuelas deben transformarse en espacios de protección y acompañamiento, implementando intervenciones grupales sencillas que se adapten a la realidad cultural de cada comunidad y cuenten con el apoyo activo de los padres.

Prioridades en la emergencia

La atención psicosocial debe enfocarse en quienes más lo necesitan. Entre los grupos prioritarios se encuentran:

 Equipos de primera respuesta: Aquellos que trabajaron en la emergencia, especialmente quienes estuvieron a cargo de la manipulación de cadáveres, sufren un desgaste emocional extremo.

 Personas con vulnerabilidades preexistentes: Pacientes con psicosis, discapacidad intelectual o epilepsia ven su condición agravada por la crisis.

 Grupos de riesgo social: Adultos mayores, personas en situación de extrema pobreza y aquellos que han sufrido secuelas físicas graves como parálisis o pérdida de órganos.

Cuidar a los que cuidan

Finalmente, el enfoque moderno de gestión de desastres (OPS, 2018) reconoce que los cuidadores también son personas vulnerables. Es común que quienes brindan atención en estas crisis presenten elevados cuadros de ansiedad y agotamiento. Por ello, resulta vital establecer espacios de soporte emocional —preferiblemente grupales— donde los profesionales puedan compartir sus vivencias y procesar los aspectos más difíciles del cuidado ajeno.

Sanar tras el terror que sacude la tierra requiere más que reconstruir edificios; exige una escucha activa, la validación de las emociones y un esfuerzo comunitario sostenido para recuperar la vida cotidiana.

Referencias

Instituto Geofísico del Perú. (s. f.). Gobierno del Perú: Instituto Geofísico del Perú. Recuperado el 28 de julio de 2026, de https://www.gob.pe/igp

Instituto Geofísico del Perú. (2026). Boletín sismológico regional: Evaluación de los eventos sísmicos recientes. Ministerio del Ambiente.

Organización Panamericana de la Salud. (2016). Guía de intervención mhGAP para los trastornos mentales, neurológicos y por consumo de sustancias en el nivel de atención de salud no especializada (Versión 2.0). Organización Mundial de la Salud.

Organización Panamericana de la Salud. (2018). Cuidar a quienes cuidan: Guía para el apoyo a los equipos de respuesta ante desastres y emergencias. Organización Mundial de la Salud.

 

 

Entrevista a Ricardo Rey, médico clínico, psiquiatra, psicoanalista de adultos y psicoanalista de pareja y familias.

Entrevista realizada por Giancarlo Portugal Velasco, egresado de la promoción 39 del CPPL.

 

En esta entrevista, el psiquiatra y psicoanalista Ricardo Rey presenta su libro más reciente, Bipolaridad y psicoanálisis (Letra Viva, 2025). Partiendo de una realidad cotidiana en el consultorio —que todo terapeuta atenderá, tarde o temprano, a pacientes con este diagnóstico—, Rey reflexiona sobre los desafíos de acompañarlos en la práctica actual. Además, la charla profundiza en las ideas de dos autores clave en su trabajo: Ronald Fairbairn y Wilfred Bion.

En el libro se menciona que la bipolaridad es un trastorno que todos los terapeutas recibiremos en la práctica clínica en algún momento.

Esto es así, porque se calcula que más o menos 15% de la población es bipolar. Por supuesto, allí hay leves, moderados, severos, severísimos y psicóticos. Los psicóticos son el 1%, lo que antiguamente se llamaba psicosis maniacodepresiva. La mayoría son moderados, severos y severísimos. Además, el bipolar va a venir a la consulta, muchas veces, por adicciones, por trastornos de ansiedad, ataques de pánico, obsesiones o por trastornos de alimentación o sueño. Entonces, es muy común la consulta del paciente bipolar.

Si pensamos que el psicoanálisis nace entre 1895 y 1900, ya para 1912 con Duelo y melancolía, Freud está hablando de maniacodepresivos. Parece bastante temprana la reflexión.

El primero que se atrevió a psicoanalizar bipolares es Abraham en 1911, Berlín. Él es que relaciona la bipolaridad con la etapa oral tardío, con el morder. Suele haber historias de morder a hermanos y amigos en estos pacientes. También hay una tendencia anal expulsiva, que tiene que ver con el colon irritable. Por eso, esta última es una de las cuatro enfermedades marcadoras de bipolaridad. Las otras son la obesidad, el hipotiroidismo y las enfermedades autoinmunes.

Entonces, sí fue una reflexión bastante temprana en donde se planteó que los pacientes maniacodepresivos eran analizables

En el libro yo dejo muy claro lo siguiente: es una enfermedad genética y no se cura con análisis, se mejora con medicación, sobre todo estabilizadores del humor. Ahora bien, un bipolar que se analiza muchos años, se puede conseguir bajar el grado de bipolaridad. Por ejemplo, que un severísimo pase a ser moderado, o que un moderado pase a ser leve. Pero ¿cuál es el por qué de analizar bipolares, si es una enfermedad genética que responde a la medicación? El problema es que el niño bipolar fue criado en una casa de bipolares, entonces viven en una casa atravesada por oscilaciones bruscas del humor, son chicos que sufren traumas precoces, traumas precoces severos. Además, los hogares bipolares suelen ser hogares muy atravesados por la promiscuidad sexual, el engaño, las familias paralelas, también por el hecho de las dificultades económicas, la precariedad económica, las compras compulsivas y demás adicciones. Entonces, el trauma infantil no se arregla con pastillas, el trauma infantil se arregla con análisis, por eso la bipolaridad de un equipo, una dupla, psiquiatra-psicoterapeuta especializados en bipolaridad los dos.

En el punto de vista farmacológico, los bipolares tienen épocas del año que están maníacos, y épocas del año que están depresivos. Como tienen oscilaciones a lo largo del año, esta enfermedad no tiene un solo tratamiento, tiene dos tratamientos. Además, se le agrega otra cosa, no hay dos bipolares iguales. El manejo farmacológico del bipolar es artesanal, la fórmula que funcionó muy bien en un bipolar, puede que en otro bipolar no funcione. En general el tratamiento es siempre con estabilizadores todo el año, y después se le agrega, cuando está depresivo, antidepresivos y a veces antipsicóticos, y, cuando está muy acelerado, maníaco, agresivo, violento, también se le agrega antipsicóticos, se le suspenden los antidepresivos y las drogas que produzcan aceleración.

Estas oscilaciones que definen la bipolaridad, ¿por qué cicla el bipolar?

Es la pregunta del millón. Podemos analizar a la bulimia como modelo de la bipolaridad, todos los bulímicos son bipolares. Entonces, una chica bulímica está esperando todo el tiempo que la madre la quiera y sobreactúa su bondad dándole cosas a esa madre para que esa madre la reconozca y la quiera. Esa es la típica situación melancólica. Llega un momento que esa chica melancólica se enoja, se enoja y no solo se enoja, sino que tiene la sospecha de que la madre le está dando a otros lo que le niega a ella. En ese momento cuando se enoja, por identificación proyectiva, le tira encima a la madre toda la bronca que ella tiene, pero también le tira toda su parte melancólica de ser inexistente. Entonces, hay una gran situación de alivio. Existo, puedo existir, me saqué de encima esta tortura, pero perdí mi objeto sustentador, esa madre melancólica, esa madre que me maltrataba todo el tiempo y me obligaba a vivir melancolizado. Entonces, tengo que salir desesperadamente para encontrar en el mundo objetos supletorios: busco la torta, abro la heladera, como una torta en 10 minutos. Cuando me como la torta en 10 minutos, tengo una enorme sensación de bienestar. Pero, automáticamente, me invade un profundo sentimiento de culpa porque esa felicidad la obtuve porque asesiné a mi objeto primigenio. Y esa culpa merece castigo. Entonces, el castigo es un vómito. Entonces, empieza otra vez el circuito con la depresión.

Es una huida hacia adelante, en realidad, ¿no? No es un avance.

Exactamente. Es como una huida hacia adelante. Es una huida que no resuelve el conflicto originario con su objeto primigenio. El otro tema es que las nuevas investigaciones ya hablan de que lo que melancoliza al melancólico es porque ha perdido a esa madre en un estadio muy precoz, un estadio que sería un estadio de preobjeto. Algunos lo relacionan con el destete y algunos lo relacionan con la deambulación. Cuando el chico empieza a caminar, camina y se dirige a otras personas. La madre bipolar no le tolera que le dé bola a otras personas y no a ella. Se enoja del avance de su hijo, se enoja de que su hijo se aleja de ella. En la situación de destete, muchos dicen que sería una madre que no se deprime junto con el hijo al ocurrir el destete. Es como que el nene vive como un duelo terrible y la madre está intentando dejar de darle de mamar.

¿Cómo ha influido Bion en tu visión psicoterapéutica sobre la bipolaridad?

¡Es una buena pregunta! Sobre todo, en mi caso, sobre lo que dice Bion con respecto a entrar a sesión sin deseo y sin afán de comprensión. Esta cosa de permitir que el paciente se aloje en el interior del analista como un objeto enigmático. Yo postulo en mi libro, y eso es una idea original mía, que cuando Bion dice que en cada sesión el paciente que viene a la consulta es otro, y que vos estás acostumbrado a ver siempre al paciente bajo determinados aspectos o parámetros, porque vos lo venís viendo hace un año o dos años. El problema es que cuando el paciente trae aspectos nuevos, muchas veces el analista cuando se enfrenta con lo que no comprende, la primera reacción es una reacción paranoica del analista, y la reacción paranoica del analista termina con una interpretación que nosotros llamamos una interpretación de compromiso, una interpretación tipo cliché, donde el analista trata de sacarse de encima su sentimiento de disconformidad, y Bion lo que plantea es que ante eso hay que poder abrir un espacio, que yo llamo espacio enigmático, donde el paciente es alojado con un objeto al que yo llamo objeto enigmático, y que ese paso previo es lo que permite que funcione la intuición. Lo que dice Bion es que ese paciente incomprensible, si se aloja en la mente del analista, el analista puede intuirlo, entonces se produce todo un trabajo de la intuición y de golpe el analista puede decir ‘ah, es tal cosa’. Cuando el analista ‘dice ah, es tal cosa’, le puede comunicar al paciente una interpretación y Bion dice la interpretación lograda es la interpretación que sorprende simultáneamente al paciente y al analista, porque fue lograda a partir de la intuición.  Acá hay otro concepto de Bion muy importante, es el concepto de O. Bion dice ‘O’ es la parte ininteligible del paciente, que no podemos conocer, que no podemos comprender y que el paciente no tiene acceso a esa parte, sin embargo esa parte la trae a la sesión y si el analista puede trabajar con esa parte incognocible puede devolverle al paciente algo conocible, interpretable: cuando el paciente ve cómo el analista trabaja con lo incognocible, el paciente en algún momento introyecta también la capacidad de trabajar con las partes de sí mismo que desconoce.

Algo que me sorprendió sobre la bipolaridad en el libro fue la cantidad de manifestaciones patológicas con las que se intersecta. Mencionas adicciones, pero también incluso ginecológicas, de peso, de aspecto físico… digamos, es absolutamente multidimensional el fenómeno bipolaridad.

Sí. El diagnóstico no es difícil, yo ahí pongo una lista de 14 ítems. Los vas a ver con mucha claridad en la clínica. La motivación del libro fue la motivación clínica de ver cómo todas estas cosas, yo las veía en la clínica, entonces aquel que lee el libro y lo aprende, estoy seguro que va a ver todas estas cosas en la clínica, pero las va a ver, las va a ver porque están. Por ejemplo, viene un chico bipolar que dos años seguidos había abandonado sus estudios, el primer año, entonces viene en marzo, me dice ‘me anoté en la facultad para estudiar computación. Las materias re interesantes, mis compañeros macanudos, los profesores, gente muy capaz, que enseñan muy bien, y los ayudantes de la cátedra también, gente muy cordial, que nos enseñan mucho’. Pasan unos meses, marzo, abril, mayo, primero de junio y viene diciendo ‘dejé la facultad, ¿qué dejaste la facultad? las materias son una porquería, mis compañeros son no degenerados, los profesores son espantosos, y los ayudantes son un desastre’. Entonces yo le digo, ‘pero escúchame Roberto, son los mismos que me dijiste hace tres meses, que eran todos maravillosos, no pueden haber cambiado todos juntos, el que cambiaste sos vos, vos te deprimiste, y como te deprimiste te pusiste paranoico’. Así, se le dio un antipsicótico y la semana pudo retomar su estudio, terminó el primer año perfectamente. El componente paranoico tiene mucho que ver, con los trastornos de ansiedad y con las obsesiones. Por ejemplo, un paciente bipolar, que desde que nació su hija, tiene la obsesión, que se le pone la idea de que él va a matar a la hija, es una idea obsesiva. Él a la hija la quiere muchísimo, pero tiene esta idea obsesiva de que él va a matar a la hija ¿De dónde viene esa idea obsesiva? Bueno, cuando él era chiquito nació una hermana mujer y él tenía dos años y probablemente se sintió ahí muy abandonado, entonces para mí viene de ahí esa idea, quiero decir con esto que hay un componente paranoico persecutorio muy importante en estos pacientes, que no está en todos los casos, pero sí están los severos, los severos y severísimos siempre, y en algunos moderados también.

Aprovecho que estás mencionando esto de lo obsesivo y de cómo en lo infantil es que puede rastrearse, yo tenía la pregunta con respecto a las pulsiones, porque Freud para 1920 en Más allá del principio del placer, reflexiona sobre la compulsión a la repetición. Por su parte, Bion si bien en un primer momento sigue la idea de las pulsiones, las deja en algún momento y empieza a hablar más del placer y del dolor. Sumo a esto que tú planteas que concibes al paciente bipolar se caracteriza, dentro del estrés postraumático infantil, sobre todo por la tendencia a la compulsión a la repetición del vínculo traumático a lo largo de la vida como víctima o victimario. Menciono todo esto, porque me queda la duda sobre la necesidad o no necesidad de la pulsión de muerte en tu lectura.

Yo trabajo más con las ideas de las relaciones de objeto. En particular yo creo que el autor que me generó a mí un esclarecimiento muy intenso al respecto es Fairbairn, fundador de las relaciones objetales. Y Ferber tiene una postura bastante crítica respecto de la pulsión de muerte. No acepta la pulsión de muerte. Él cree que la pulsión de muerte es la agresión inhibida de dirigirse hacia la persona que debería recibir la agresión y volcar a contra sí. Yo al objeto lo quiero matar porque es un objeto que se transformó de bueno en perseguidor, pero en un tiempo es mi mamá y la quiero, entonces como es mi mamá y la quiero no la puedo matar, entonces la introyecto, pero cuando la introyecto me daña a mí mismo. Entonces, él dice, eso puede ser leído como una pulsión de muerte, busco dañarme a mí mismo, pero en realidad es una pulsión agresiva que debería volcarse contra el exterior, que se está volcando contra mí mismo, por una inhibición de volcarse al exterior. Entonces, yo prefiero manejarme más con relaciones objetales que con pulsión. Me parece que todo cierra mucho mejor cuando se piensa en relaciones objetales, en la diada original, después la triada. Me parece que es todo mucho más comprensivo.

Referencias

Rey, R. (2025). Bipolaridad y psicoanálisis. Letra Viva.

 

La construcción del rol paterno en la dinámica perinatal

Stefanie Schmidt – psicóloga clínica, psicoterapeuta psicoanalítica y psicóloga perinatal

Cuando pensamos en el embarazo y el nacimiento, suele aparecer primero la imagen de la madre y su bebé. El padre, muchas veces, orbita alrededor, casi como un personaje de apoyo, alguien a quien se le pregunta poco y se le mira menos. ¿Cuántas veces se le pregunta a él, al padre, cómo está llevando todo esto? Lo cierto es que el lugar del padre no se da en automático: se va construyendo, ensayando, en la relación con la madre y con ese bebé que llega. Y si desde la clínica no le ponemos el reflector también a él, ese proceso de ubicación queda librado únicamente a su suerte.

Para pensar ese lugar, el psicoanálisis ofrece coordenadas muy precisas. Para que una madre pueda sostener a su bebé, ella misma necesita sentirse sostenida: Winnicott (1999) lo llamó holding. Pero el padre no es solo un soporte desde afuera; también representa algo del orden y la ley que la madre introduce en el mundo del bebé, ofreciéndose como modelo identificatorio. Freud (1905) ubicaba al padre como esa tercera figura que se filtra en la relación madre-hijo a través del Edipo, y Lacan describe una función simbólica —que no tiene por qué ser ejercida únicamente por el padre biológico— que ordena, separa, y evita que la díada se cierre sobre sí misma. Ocupar ese lugar de tercero no es automático: es un movimiento que muchas veces necesita ser habilitado, nombrado, acompañado.

Volverse padre es un proceso de transformación interna. Nieri (2015) habla de una verdadera reorganización de la identidad que se va dando a lo largo del tiempo: durante el embarazo, el parto y el postparto. Bouchard (2012, 2014) describe estos tres momentos como fases progresivas en las que el padre va integrando gradualmente su nuevo rol. Y ese proceso comienza mucho antes del nacimiento: desde el embarazo, el padre ya establece un vínculo con ese bebé que viene, un vínculo tejido desde sus propias vivencias, afectos, miedos y deseos. Las experiencias con su propia historia familiar —sus vínculos tempranos, sus traumas, la relación con su propio padre— se reactivan y tiñen la manera en que imagina, anticipa y se prepara para ese encuentro (Cohen & Finzi-Dottan, 2005; Espasa, 2004). Oiberman (2016) propone una preocupación paternal primaria —en diálogo con Winnicott— que incluye el compromiso del padre durante la gestación, la calidad del vínculo de pareja, las vivencias con su propio padre, y la disposición de la madre a darle ese lugar. El padre, entonces, no llega al nacimiento de su hijo como una hoja en blanco: llega como sujeto, con un mundo interno propio que merece ser escuchado.

Moyano (2015) lo describe con precisión: en el puerperio, la madre vuelca toda su energía psíquica en el bebé; el padre, en ese contexto, “pierde” a su compañera de manera transitoria. Y es allí donde se juega algo central: el hombre entra a la paternidad a través de la mujer, porque al volverse sostén para ella, sostiene también al hijo indirectamente. Cuando puede sintonizar con la díada sin pretender ocupar un lugar que todavía no le corresponde, cumple ya su primera función paterna: la del sostén.

Esta transformación tiene también su correlato neurobiológico. Un estudio del grupo NeuroMaternal liderado por la Dra. Susanna Carmona (Paternina-Die et al., 2020) encontró cambios estructurales en regiones corticales vinculadas a la cognición social en padres primerizos, asociados a una mayor respuesta cerebral ante señales de su propio bebé. Y no está exenta de fragilidad: Postpartum Support International (2025) reporta que un 10% de los padres primerizos atraviesa depresión posparto, cifra que sube al 50% cuando la madre también la padece. El estigma dificulta que pidan ayuda, y que nosotros se la ofrezcamos. Atender la salud mental paterna es parte del cuidado perinatal integral.

El lugar del padre no se ocupa de una vez: se construye en el encuentro con la madre, con el bebé, y con la propia historia. Acompañar ese intento puede ser tan simple —y potente— como hacerle un lugar en la consulta: preguntarle cómo está, qué le pasa con ser padre, qué recuerdos surgen. Sostener a quien sostiene, mirar a quien suele quedar fuera de cuadro, puede hacer una gran diferencia para toda la familia.

Referencias

Bouchard, G. (2014). The quality of the parenting Alliance during the transition to parenthood. Canadian journal of Behavioural Science, 46, 20-28.

Cohen, O., & Finzi-Dottan, R. (2005). Parent -child relationships during the divorce process: from attachment theory and intergenerational perspective. Contemporary Family Therapy, 27(1), 81-99. 

Di Virgilio, N. (2019). Reflexiones en torno a la auto-percepción del desarrollo de la paternidad a través del tiempo en varones de clase media de la ciudad de Mar del Plata [Trabajo de especialización, Colegio de Psicólogos de la Provincia de Buenos Aires – Distrito X].

Espasa, F. P. (2004). Parent – infant psychotherapy, the transition to parenthood and parental narcissism: Implications for treatment. Journal of Child Psychotherapy, 30(2), 155-171.

Freud, S. (1905). Tres ensayos de teoría sexual. Obra original.

Lacan, J. (1958). De una cuestión preliminar a todo tratamiento posible de la psicosis. En Escritos 2. Siglo XXI Editores.

Moyano, I. (2015). Volvernos padres: Propuestas para organizar nuestra vida durante el puerperio. Nuevas maternidades y paternidades. Editorial Atlántida.

Nieri, L. (2015). Desarrollo de un estado de sensibilidad en el padre ante el nacimiento de su hijo. Universidad Argentina de la Empresa/Conicet. Instituto de Ciencias Sociales y Disciplinas Proyectuales. INSOD. Argentina.

Oiberman, A. (2016). La relación padre – bebé. Observando a los bebés…técnicas vinculares madre – bebé, padre – bebé. Editorial Lugar: Buenos Aires.

Paternina-Die, M., Martínez-García, M., Pretus, C., Hoekzema, E., Barba-Müller, E., Martín de Blas, D., Pozzobon, C., Ballesteros, A., Vilarroya, O., Desco, M., & Carmona, S. (2020). The paternal transition entails neuroanatomic adaptations that are associated with the father’s brain response to his infant cues. Cerebral Cortex Communications, 1(1), tgaa082. https://doi.org/10.1093/texcom/tgaa082

Postpartum Support International. (2025). International Father’s Mental Health Day. https://postpartum.net/join-us/ifmhd/

Winnicott, D. W. (1999). Los procesos de maduración y el ambiente facilitador. Paídos.

La función paterna y el lugar del abuelo en el mundo contemporáneo

Mg. Daniel Dreifuss – psicoterapeuta de orientación psicoanalítica. Director de comunicaciones del CPPL. Docente y coordinador de cátedra de Psicopatología

En una época de cambios acelerados, transformaciones familiares y nuevas formas de vinculación, la pregunta por la función paterna conserva una vigencia extraordinaria. No porque debamos añorar modelos familiares tradicionales, sino porque el desarrollo emocional de niños y adolescentes sigue requiriendo determinadas funciones psíquicas que permitan crecer, separarse (confrontar), confiar y construir una identidad propia.

La función paterna no se limita a la presencia de un padre biológico. Más bien alude a la capacidad de introducir al niño en un mundo que trasciende la relación inicial de dependencia. Si durante los primeros años la tarea principal consiste en ofrecer protección, sostén y seguridad, progresivamente se vuelve necesario que alguien ayude al niño a descubrir que existe una realidad más amplia que sus deseos y necesidades inmediatas.

Donald Winnicott sostenía que el desarrollo saludable ocurre cuando el niño puede pasar de una dependencia absoluta a una relativa independencia. Para ello necesita adultos que lo sostengan, pero también que confíen en su capacidad de crecer. La función paterna participa precisamente de este movimiento. Representa la posibilidad de abrir puertas hacia el mundo, estimular la exploración, favorecer la autonomía y transmitir confianza en las propias capacidades, además del importante papel de sostener a la propia madre en los primeros momentos de vida del infans.

Hoy, sin embargo, esta función enfrenta desafíos particulares. Vivimos en una cultura que exalta la inmediatez, evita el sufrimiento y promueve respuestas rápidas para casi todo. Padres y madres suelen sentirse presionados por la necesidad de proteger permanentemente a sus hijos de cualquier frustración. Sin embargo, el crecimiento emocional requiere inevitablemente atravesar pequeñas decepciones, aprender a esperar y descubrir que la vida no siempre responde a nuestros deseos.

La función paterna ayuda precisamente a que la frustración pueda transformarse en aprendizaje y no en trauma. No se trata de imponer límites arbitrarios, sino de acompañar al niño en el descubrimiento de que existen otros, que la convivencia implica renuncias y que la realidad tiene una consistencia propia con la que hay que aprender a negociar. Cuando esta función se ejerce adecuadamente, el niño no se siente sometido, sino fortalecido. Aprende que puede tolerar la espera, elaborar las pérdidas y enfrentar desafíos sin derrumbarse.

En este contexto, la figura del abuelo adquiere una relevancia singular. Si el padre representa en cierta medida la apertura hacia el mundo, el abuelo representa la profundidad del tiempo. Es el portador de una memoria que conecta al niño con una historia anterior a su nacimiento. Su presencia recuerda que la identidad no se construye únicamente desde el presente, sino también desde la pertenencia a una cadena generacional.

Los abuelos ocupan una posición privilegiada porque suelen encontrarse menos atrapados en las urgencias de la crianza cotidiana. Han vivido lo suficiente como para comprender que muchos problemas que parecen definitivos terminan encontrando un cauce. Han atravesado pérdidas, crisis, éxitos y fracasos. Esa experiencia les permite transmitir una forma de confianza particularmente valiosa: la confianza que nace de haber comprobado que la vida puede seguir adelante incluso después de momentos difíciles.

Desde la teoría del apego desarrollada por John Bowlby, sabemos que las personas crecen mejor cuando cuentan con figuras disponibles emocionalmente que funcionen como una base segura. Muchos abuelos cumplen hoy esa función de manera extraordinaria. Son quienes escuchan sin juzgar, quienes tienen tiempo para conversar, quienes transmiten aceptación allí donde el mundo exige rendimiento y resultados.

Quizá por eso la relación entre abuelos y nietos posee una cualidad tan especial. El abuelo no suele estar llamado a educar desde la autoridad directa, sino desde la presencia. Su influencia se ejerce menos a través de normas y más a través del testimonio de una vida vivida. Enseña mediante relatos (ni qué decir si sabe contar cuentos), recuerdos, silencios y gestos cotidianos. Ofrece algo que escasea cada vez más: tiempo compartido como para hacer el album del mundial, por ejemplo.

En términos winnicottianos, podríamos decir que muchos abuelos funcionan como un espacio potencial para sus nietos. Un lugar donde es posible jugar, conversar, preguntar y ser uno mismo sin sentirse permanentemente evaluado. En una cultura atravesada por pantallas, velocidad y sobreestimulación, esa experiencia tiene un valor emocional incalculable.

La función paterna y el rol del abuelo no compiten entre sí; se complementan. Una ayuda a crecer hacia adelante; la otra ayuda a echar raíces. Una promueve la autonomía; la otra fortalece el sentimiento de pertenencia. Ambas contribuyen a una tarea fundamental: que cada niño pueda sentirse suficientemente seguro para construir una vida propia sin perder el vínculo con quienes le precedieron.

Tal vez uno de los grandes desafíos de nuestra época sea precisamente preservar estos espacios de encuentro entre generaciones. Porque cuando un padre acompaña el crecimiento de su hijo y un abuelo le transmite la historia de la que forma parte, no solo se fortalece una familia. También se construye una continuidad humana capaz de sostener a las nuevas generaciones frente a las incertidumbres del mundo contemporáneo.

 

¿Y si no lo estoy disfrutando? Maternidad, mandato y ambivalencia

Leyla Abad, egresada de la promoción XXX del CPPL.

 

Hay frases que se repiten con naturalidad y que, sin embargo, condensan exigencias difíciles de advertir. “Deberías disfrutarlo, porque pasa rápido” es una de ellas.

Freud mostró que aquello que una cultura intenta dejar fuera no desaparece, sino que retorna en síntomas, creencias y discursos cotidianos. Las frases que repetimos también dicen algo de nuestro imaginario colectivo.

Expresiones como esta condensan una exigencia particularmente intensa de la maternidad contemporánea: no basta con cuidar, sostener y responder a las demandas del otro; también se espera que esa entrega sea vivida como fuente de realización e incluso de disfrute.

Lo que esta frase pone en juego es la persistencia de un ideal cultural profundamente arraigado: el de la “buena madre”. Una figura siempre disponible, emocionalmente contenida, enteramente entregada a sus hijos y capaz de sostenerlo todo sin fisuras. Aunque ese ideal haya transformado su lenguaje con el tiempo, su lógica permanece: la expectativa de una maternidad vivida desde la entrega absoluta.

Ese modelo deja poco espacio para experiencias profundamente humanas que también forman parte de la maternidad: el agotamiento físico, la sobrecarga psíquica, la pérdida momentánea de identidad, el deseo de distancia o incluso cierta extrañeza frente a una vida organizada alrededor de las demandas inagotables del cuidado.

Como ha señalado Julia Kristeva, la maternidad es una experiencia profundamente ambivalente, atravesada tanto por el amor como por la desorganización subjetiva que implica alojar radicalmente a otro. No transforma únicamente la rutina o los afectos; reconfigura el cuerpo, el tiempo, el deseo y la identidad. Sin embargo, buena parte de los discursos sobre maternidad siguen sosteniendo una imagen idealizada de lo materno, como si cuidar implicara una disponibilidad afectiva inagotable y una subjetividad siempre estable.

Quizá por eso hablar de ambivalencia materna sigue resultando incómodo. Como si reconocer el cansancio, la frustración o la necesidad de distancia amenazara la figura misma de la buena madre. Sin embargo, desde el psicoanálisis sabemos que la ambivalencia forma parte de la complejidad de los vínculos humanos. El problema aparece cuando, bajo las exigencias que aún organizan la maternidad, cualquier distancia respecto de esa imagen de completud se vive como carencia, insuficiencia o culpa.

Lo ominoso, en Freud, remite a aquello extraño que emerge desde lo más íntimo y familiar. Quizá algo de la experiencia materna contemporánea también se juegue allí: en aquello que no debería decirse, en el cansancio que debe ocultarse, en esas sensaciones de desconcierto que todavía no encuentran un espacio para ser nombradas o simbolizadas.

A ello se suma una exigencia característica de nuestro tiempo. Si antes el ideal materno se articulaba en torno al sacrificio y la abnegación, hoy parece haber incorporado también el imperativo del rendimiento. La cultura actual —marcada por ideales de productividad, autosuficiencia y optimización permanente— espera que las mujeres trabajen, cuiden, sostengan vínculos armónicos, administren el hogar, preserven su deseo, regulen sus emociones y, además, disfruten plenamente de todo ello.

Quizá una de las consecuencias más profundas de esta lógica sea el silenciamiento de la subjetividad femenina. Cuando una mujer queda reducida exclusivamente a su función materna, todo aquello que excede ese lugar —el deseo propio, el cansancio, el conflicto interno— comienza a vivirse como culpa o insuficiencia.

Sin embargo, algo parece estar desplazándose. La literatura, el cine, el teatro y otras expresiones artísticas contemporáneas han comenzado a mostrar maternidades menos idealizadas y más complejas. No para desacralizar la figura materna, sino para volverla más humana, más contradictoria y cercana a la experiencia de tantas mujeres que aman profundamente mientras intentan, también, no desaparecer dentro de ese amor.

La madre y el hijo como Otro

Verónica Zevallos – psicoterapeuta psicoanalítica, docente y graduada de la promoción V del CPPL.

 

En la consulta con padres es común escucharlos decir “no sé qué hacer ya no lo reconozco…”

Es una de las tantas frases que expresan la presencia de dificultades en las formas de relacionarse que se manifiestan a modo de reproches, malos entendidos, recriminaciones que se viven como difíciles o imposibles de resolver a no ser que haya un pacto de sometimiento por parte de los hijos o a la renuncia a vincularse  en acuerdo entre todos es decir vivir juntos, pero cada cual apelando a su individualidad vida que es una forma de separarse, a diferencia de la necesaria separación para vincularse.

Una de las maneras de explicarse, que no es resolver, esta situación entre madre e hijo es apelando a la diferencia generacional, a la diferencia epocal, a la diferencia de las exigencias de la vida, eludiendo el trabajo del proceso de separación que impone el crecimiento desde el inicio de la maternidad.

En el embarazo la madre acoge en su cuerpo al bebé, lo siente crecer y desarrollan una comunicación singular que está acompañado por la vivencia de ser uno e indiferenciados, tiempo que se extiende hasta alrededor de la adquisición del bebé del control de esfínteres, la locomoción y el lenguaje.

Con el inicio de las manifestaciones de independencia se pone en juego la presencia del hijo como Otro y diferente con su original manera de relacionarse para lo que se requiere un esfuerzo, del encuentro de formas divergentes de concebir el mundo.

El Otro para Freud es un modelo, un objeto y la identificación es la manifestación de enlace afectivo “la identificación representa uno de los modos fundamentales por los que transita el otro en nosotros mismos y nosotros mismos en el otro” A. Green.

La relación madre/hijo desde la identificación, como suele ser en la primera etapa de vida, está ausente de conflictos dado que se sustenta en la semejanza, en las coincidencias y tienden a generar sensaciones de seguridad y de pertenecer a una relación en base al entendimiento.

Trascender de la identificación al encuentro entre sujetos madre/hijo implica la aceptación de la presencia de lo desconocido del Otro, en este aspecto la relación se establece a partir de lo heterogéneo y de una separación entre lo mismo identitario hacia lo Otro ajeno, que mantiene en tensión tanto lo mismo y el constante movimiento de diferir en la relación.

Es esa diferencia que incomoda porque el hijo como Otro no cabe en la representación de la madre y en ese caso la tensión se convierte en una lucha de sometimientos que produce estancamiento, repetición y frustración hasta el rompimiento, cuando la diferencia no cuenta y la relación se apoya solo en la semejanza la separación es vivida como ruptura y no como distancia que abre al vincularse.

En clave de la relación entre Otro con Otro, el conflicto es una vivencia de generación, de producción del deseo constante de conocer (diferente a reconocer) aquello imposible de pensar del Otro que no sería posible si se sostuviera la idea que la relación ideal se construye a partir de la semejanza y lo evitable deben ser las diferencias. Estar y sentirse separados promueve el trabajo del vínculo.

“Si tenemos la suerte de encontrarnos con nosotros mismos descubriremos que somos un desconocido”. Octavio Paz en Piedra de Sol

Perú, buscando un rostro

Luis Herrera Abad – psicoanalista didacta de la SPP y docente del CPPL

 

Mis ojos no quieren ver

lo que hay delante de mí,

yo ya no puedo entender,

ay, ay, ay, ay,

lo que está pasando aquí.

 

Ojos de piedra tuviera

para poder resistir,

y aun cuando más dolieran,

Ay, ay, ay, ay, ay,

no los dejaré de abrir

 

Del grito de libertad

que por las costas se oyó

hablan los himnos en vano

yo no sé quién lo gritó

 

Arturo Pinto

“Ojos de piedra” (Yaraví)

 

El hombre no existe como ser “natural” o biológico. Sólo deriva en ser humano a través de la influencia que otros seres de su especie ejercen sobre él, por esto podríamos decir que es un producto de su ambiente humano.

Su naturaleza es de tipo especial, no natural sino social. Transforma lo natural y al hacerlo crea cultura y se transforma a sí mismo. Son las normas, inculcadas a través de la familia, la educación escolar, la relación sujeto-sociedad lo que humaniza al ser humano. Desde esta mirada, el individuo se convierte en tal cuando transforma los datos naturales en resultados históricos y sociales.

Si desarrollamos una visión del Perú a través del análisis de los gobiernos autoritarios que han tenido lugar en diversos momentos históricos, estos reflejan una figura paterna dominante y omnipotente que se establece en nuestro país a lo largo de su devenir, instalándose en la vida cotidiana de los ciudadanos. Pocos presidentes se pueden rescatar de esa lista.

Considero que es tarea de los psicoanalistas descubrir verdades ocultas, pero no sólo los psicoanalistas, también en disciplinas cercanas, se busca develar aquello que permanece oculto a nuestra mirada. Norbert Elías (Elias, 1990), eminente sociólogo, nos dice que todo individuo llega a ser humano cuando aprende a hablar, actuar y sentir en una sociedad formada por otras personas y que, con el tiempo, es probable que las fantasías con las que revestimos nuestro ser tengan que ver con nuestra incapacidad para modificar las cosas de la vida, especialmente aquellas que pretenden aniquilarla. Agrega que esta imposibilidad, muchas veces, nos puede llevar a adquirir una máscara de deseos y temores (prótesis identitaria, la llaman) que impide vernos tal como somos realmente. En otras palabras, nos podría conducir a falsear la función de crear un imaginario que permita la transformación, puesto que las instituciones entrarían en una crisis al suscitar una pérdida de equilibrio en la estructura emocional de la colectividad debilitándose la fuerza para articular sentidos: la capacidad de simbolización se vería mellada. Kaës (Kaës, 1977) diría que en esa circunstancia se da una insuficiencia en el aparato psíquico grupal. En esas situaciones, el grupo reclamaría a un líder autoritario para experimentar seguridad y protección. Mejor dicho, anhelaría entregar al líder, como el niño al padre, la solución a los problemas. En este trance que vivimos hoy vemos cómo se dificulta el diálogo, puesto que no hay cabezas visibles con quién dialogar.

En nuestro país, las relaciones de dominio pasaron de la dominación colonial a la republicana. La presunta libertad (“el ejército libertador”, como dice el yaraví que utilizamos como introducción: “el grito de libertad”…) nunca lo fue a cabalidad puesto que permanecieron abismales diferencias económicas, sociales y raciales. Así, de nuestra historia oficial se hace difícil extraer experiencias correctivas, como bien desarrolla Quiroz en su “Historia de la Corrupción en el Perú” (Quiroz, 2013). En ella, nadie se responsabilizó de los sucesos, presentando el mundo del dominante como superior al propio, el cual era desdeñado. Presentaba a indios y campesinos como ingenuos, cobardes, ignorantes. En general, el acceso a la información, así como a los beneficios materiales del trabajo, eran siempre para el grupo dominante, pequeño en número, pero grande en poder. No son pocos los autores que nos dicen que ha resultado particularmente difícil aceptar a los indios como personas (hasta hace relativamente poco tiempo, para muchos, el indio no poseía alma).

La posibilidad de un sentimiento nacional que hiciera a la mayoría sentirse partícipe en las formas de legalidad y en las instituciones, era apenas existente. Para las grandes mayorías, la situación traumática de la conquista se prolongó, fomentando que se experimentara el desconsuelo de sentirse “sin rostro”. Además, el efecto que tiene el poder autoritario es no sólo suprimir el deseo del otro sino subyugarlo para sus intereses. Los dominados se resignaron o soñaron con alcanzar los privilegios de los dominadores, sin poder dirigir su mirada hacia sus propios recursos y, menos aún, elaborar o transformar su situación. Los más carenciados de los dominados, parecían derivar hacia estructuras de personalidad en las cuales cobraban forma los sentimientos de humillación y denigración de que eran objeto.

Un pueblo largamente decepcionado y desvalorizado es propenso a convertirse en presa fácil de un líder-padre en el cual depositar su esperanza. Nuestra historia cuenta con varios ejemplos en ese sentido. Lamentablemente, pocas veces se trató de figuras que se distinguieran por su habilidad como gobernantes o su honestidad. Para muchos de ellos el Perú fue un botín. Las leyes se acomodaban a sus beneficios y para ellos el castigo no existía.

Al no haber tenido posibilidad de elaborar las cicatrices por lo vivido, los peruanos se vieron precisados a buscar desesperadamente con quien identificarse. Una historia que permitiera un “trabajo de duelo” presentaría una verdad dolorosa pero restitutiva, a través de la cual aceptaríamos que junto con los cambios de la realidad exterior sucede una transformación interna en la que reconocemos los vacíos que deja la pérdida de figuras queridas y representaciones estructurantes tales como patria, sociedad, etc. Este proceso sugiere un cambio en el sujeto, a partir del cual se puede soportar mejor la realidad.

Es necesario recordar que el dominio, insumo de la corrupción, es una forma de violencia afincada en la interrelación. Con frecuencia, la violencia en situaciones de crisis social suele introducirse generando actitudes que predisponen a los individuos a la sumisión, reproduciéndose en su interior el dominio sobre los débiles, confrontados con aquellos que poseen el poder, como el padre omnipotente de la niñez, rechaza con violencia lo que es diferente a él. Es narcisista y dominante. “Odia todo lo que es débil o lo que él considera como débil. Se opone al examen de sí mismo, con lo cual se aleja de la posibilidad de tomar conciencia de sus características. Siempre es el otro el que tiene la culpa. Mide a los seres humanos en términos de éxito o popularidad. Toda actitud crítica a su posición es considerada peligrosa y destructiva” (Herrera, 2018). Se asume inimputable y desprecia todo aquello que pudiera ser solidario. Al respecto y, citando a Volkan, decimos que el sujeto narcisista tiende a mostrar un componente grandioso que encubriría una fragilidad interna, “…ellos son vulnerables a los sentimientos de profunda vergüenza y son marcadamente envidiosos de los talentos de otros, de las posesiones mundanas y de la capacidad para tener relaciones interpersonales genuinas” (Volkan, y otros, 1998).

En esta situación y considerando que los seres humanos necesitamos, para desarrollar nuestra identidad, un conjunto de ideas y representaciones de nosotros mismos, de los demás y de nuestros vínculos, y que al unirnos generamos un conjunto de productos y creaciones que solo se imputan a ese colectivo y de los cuales también tenemos una representación mental, me pregunto por el destino de las instituciones, puesto que el espacio en el que se desarrolla el flujo compartido de representaciones e imágenes para cumplir el objetivo de regular la existencia de los seres humanos (Castoriadis, 1988), en un país como el nuestro, fragmentado y en grandes dificultades para percibirse como Nación, es poco posible que los individuos se puedan sentir partícipes de un mismo proyecto social puesto que en esas circunstancias el imaginario colectivo se ve en dificultades para albergar representaciones consonantes que favorezcan la sensación de estar unidos. Las instituciones, por ejemplo, podrían representarse como entidades ajenas, con lo cual, los peruanos experimentaríamos nuestra historia como algo que tiene poco que ver con nosotros mismos. El sentimiento, entonces, es el de orfandad y desamparo. Agreguemos que, en esta sociedad, en la que los actores sociales presentan intereses en pugna, los vínculos solidarios son escasos y los proyectos democráticos suelen ser frágiles y efímeros. El terreno es propicio para el engaño y la corrupción asociada siempre al cinismo y la desconfianza.

En los últimos años, el panorama se agrava. Situaciones que podrían ser entendidas como fuertemente traumatizantes tienden a agudizar aún más lo endeble de la estructura social. Siempre nos ha resultado difícil desarrollar códigos valorativos que consideren al otro como un igual. Con facilidad los valores han cedido ante los intereses económicos, precipitando al país en la anomia. El poseedor de la fuerza y el poder con frecuencia ha sido el que imponía sus intereses y sus leyes a los demás, los cuales, como dijimos, suelen carecer de rostro.

José Carlos Agüero, historiador y escritor, en una entrevista para el periódico La República (Patriau, 2022) nos decía que el tejido social en el Perú está, prácticamente, descomponiéndose, pero que la violencia que vemos en las calles, hace tiempo está ahí, pero no hemos querido tomarla en serio. Para Agüero, más propiamente que un conflicto, vivimos un ‘colapso social’ donde todo puede desaparecer cuando el tejido social se deshilvana y cuando las instituciones dejan de ser representativas. Sostiene este autor que la crisis ya se dio y que el país ha colapsado.

En la misma línea, Antonio Zapata Velasco, historiador y docente universitario, nos dice que los campesinos, en sus manifestaciones, podrían estar diciéndonos “teníamos un representante, pero no lo han dejado gobernar” (Pereda, 2023). Pero la situación que vivimos no queda ahí, el “malestar sobrante”, como diría Silvia Bleichmar (Bleichmar, La subjetividad en riesgo, 2010), se agudiza por momentos. Se dan sucesos de muerte, 60 fallecidos de la manera más cruel, prácticamente sometidos a ejecuciones sumarias por parte de la Policía y del Ejército. A pesar, de que ambas instituciones también pertenecen al sector de los pobres, son, sin embargo, enviados como carne de cañón a frenar las manifestaciones. Tengo mis dudas de que tengan siquiera opción para reflexionar sobre lo que hacen fuera de cumplir órdenes y contar muertos.

Los grandes responsables no parecen tener castigo, pero “la calle no se calma sin sanción para los responsables de tanta muerte, sanciones políticas a los responsables directos” (Patriau, 2022). Vemos, además, que las demandas de los ciudadanos que protestan no son escuchadas y se convierten, entonces, en “vándalos”. La tendencia de los que matan al otro o lo agreden es considerarlo no un conciudadano sino un enemigo. Peor, aún si han sido víctimas de ese operar, dice Silvia Bleichmar (Bleichmar, Dolor país, 2002), que no es agresivo ni cruel y que es todo eso al mismo tiempo, por sus efectos. No sólo es el intento de demoler al otro, sino el desconocimiento liso y llano durante siglos de su existencia. Es la ausencia de todo reconocimiento de lo que produce en el otro como semejante una desarticulación de cualquier posibilidad de empatía. Entonces, si hay 60 personas muertas, ellos pueden hacer alusión a que, seguramente, entre ellos había terroristas, senderistas, etc., y convertir en algo loable la muerte. Ya Freud lo había mencionado en su trabajo sobre la guerra cuando decía que esta era el gran pretexto del ser humano para poder justificar su carga destructiva sobre el otro. En ella, matar no era algo prohibido, sino algo loable.

En esta confrontación, no solo se enfrentan dos imágenes del Perú, sino que también se enfrentan identidades que tienen que ver con lo étnico, pensemos en Puno y en otros departamentos del país, cuya población pertenece a etnias como las aymaras que se caracterizan por ser luchadores. No obstante, es importante señalar que el centralismo limeño que contribuye precisamente a que se desarrollen antagónicas identidades regionales, especialmente en el sur del país, es otro de los elementos de protesta. Junto con Diego García-Sayán (Garcia Sayan, 2023) diríamos que “es cierto que hay extremismos que promueven toma de aeropuertos, toma de locales, saqueo de comercios, pero debería haber autoridades que no propongan como única salida la violencia mortal, esa respuesta debería darse dentro del marco de la ley”. Lamentablemente, tenemos que agregar que se ha hecho evidente la incapacidad para lograr diálogos y, hasta diríamos, la indiferencia de muchos frente a lo que está sucediendo.

En síntesis, como en el acto violento, en la corrupción el otro deja de ser un semejante y no es posible negar que somos un país corrupto. Las leyes entonces tienden a ignorarse, especialmente cuando no se ajustan a los requerimientos del que las impone. Esto supone que la víctima queda atrapada en la situación impuesta que no eligió, de la que no se puede salir y a la que no puede denunciar, pues su reclamo no es escuchado. De esta forma, el sujeto se siente desvalido como el niño pequeño al que su madre no suministra los cuidados básicos; es decir, queda sometido no solo al miedo sino, como diría Maren Ulriksen de Viñar (Ulriksen de Viñar, 1988), a la profunda desolación de no ser escuchado.

 

Bibliografía

Elias, N. (1990). En La sociedad de los individuos: ensayos. Barcelona: Ediciones 62.

Kaës, R. (1977). En Aparato psíquico grupal. Barcelona: Gedisa.

Herrera, L. (2018). En Reflexiones psicoanalíticas sobre la violencia y el poder en el Perú (pág. 54). Lima: Sociedad peruana de psicoanálisis.

Volkan, V., Akhtar, S., Dorn, R., Kafka, J., Kernberg, O., Olsson, P., . . . Shanfield, S. (1998). The psychodynamics of leaders and decision making. Mind and Human Interaction, 130-181.

Castoriadis, C. (1988). En Political and social writings. Minnesota: University of Minnesota Press.

Patriau, E. (18 de diciembre de 2022). Crisis, política y desborde. La República.

Pereda, D. (10 de enero de 2023). Política. Obtenido de La república: https://larepublica.pe/politica/actualidad/2023/01/10/protestas-por-vacancia-antonio-zapata-los-campesinos-estan-diciendo-teniamos-un-representante-y-no-lo-han-dejado-gobernar-dina-boluarte-pedro-castillo-congreso

Bleichmar, S. (2002). Dolor país. Buenos Aires: Libros del zorzal.

Garcia Sayan, D. (12 de enero de 2023). Callejón sin salida: respuestas impostergables. Obtenido de La República: https://larepublica.pe/opinion/2023/01/12/callejon-sin-salida-respuestas-impostergables-por-diego-garcia-sayan

Quiroz, A. (2013). Historia de la Corrupción en el Perú. Lima: Instituto de Estudios Peruanos.

Bleichmar, S. (2010). La subjetividad en riesgo. Buenos Aires: Topía Editorial.

Ulriksen de Viñar, M. (1988). El desamparo desde la clínica de un niño psicótico. Revista Uruguaya de Psicoanálisis, 33-53.

 

Palabras de inauguración del Año Académico 2026

Mg. Liliana Granel – Psicoanalista. Directora de Formación Académica del CPPL

 

Estamos al inicio del año académico 2026 y quiero darles una cálida bienvenida a los Profesores, Personal Administrativo y a todas las Promociones.

Hoy no inauguramos sólo un año académico; inauguramos un espacio para pensar lo que no se dice, para escuchar lo que insiste y para sostener preguntas que no tienen respuestas rápidas.

Freud nos enseñó que lo inconsciente trabaja todo el tiempo; se muestra en los lapsus, actos fallidos, en los sueños, en la forma que un grupo se organiza sin saber las razones ocultas. Nuestra tarea este año es esa: hacer visible lo invisible, no para juzgar sino para comprender.

El psicoanálisis no ofrece certezas cómodas; ofrece un método: la asociación libre, la escucha flotante, la empatía con el sufrimiento del otro. Nos pide tolerar la angustia de no entender y desde ahí construir un sentido junto al otro.

A los que inician: Bienvenidos al CPPL y al encuentro con el asombro.

A los que continúan: gracias por ser parte del CPPL y, por continuar con el deseo de seguir preguntándose.

El CPPL se hace con y entre todos: en cada clase, en cada sesión, en cada supervisión, en cada texto que discutimos.

Deseo que este año nos encuentre trabajando con alegría, con ética y con curiosidad. Que podamos, como decía Freud, transformar el sufrimiento neurótico en infelicidad común. Es decir, hacer que el conflicto sea pensable y la vida un poco más vivible.

El año académico está comenzando y, con él, nuevos desafíos en un mundo en permanente cambio, inmersos en un contexto de amores-odios, paz-guerra, ilusión-desilusión, esperanza-desesperanza. Y, desde el psicoanálisis, tratar de comprender, de dar sentido a la vida convulsionada por la violencia y agresividad. A través del psicoanálisis nos animamos a explorar los demonios, los fantasmas, los anhelos, lo impredecible de la vida, lo misterios de nuestra existencia.

Les propongo a todos que nuestro trabajo como psicoanalistas continúe teniendo como premisa recorrer el asombroso laberinto de la mente y poder experimentar mediante la escucha caminos al interior de los sujetos, animándonos a pensar lo impensable, a dar viva voz a los que no la tienen.

¡Muy buen comienzo para todos!

UN BANQUETE PARA LA PROMOCIÓN 39

Dr. Luis Alberto Suárez Rojas – Doctor en Antropología y psicoterapeuta en formación de la promoción 40 del CPPL

 

A continuación queremos compartir con ustedes el discurso que Luis Alberto Suárez preparó y leyó el pasado 13 de Diciembre, como parte de la ceremonia de graduación de la promoción 39 del CPPL y clausura del año académico 2025 de nuestra Institución.

 

 

En el 390-380 a. c., Platón, en Gorgias, recuerda que Homero confirma que Ticio, Tántalo y Sísifo fueron condenados en el Hades a castigos sin fin. En el mundo griego, ellos se convirtieron en tres ejemplos paradigmáticos de condenados eternos. Según los vio Odiseo en el canto XI de la Odisea (verso 576), a Ticio le devoraban el hígado dos buitres; Tántalo moría de sed en medio del agua, sin poder alcanzar los frutos que pendían sobre él; y Sísifo empujaba incesantemente hacia arriba una gran piedra que, al llegar casi a la cima, volvía siempre a rodar hacia abajo.

Con esto en mente, me siento en la convicción de creer que, como psico­terapeutas psicoanalíticos en formación, estamos fuertemente intersectados por las implicancias dolorosas de la repetición como forma de síntoma. Quizá, ahí están, justamente, en Ticio, Tántalo y Sísifo, las figuras arcaicas de la compulsión a la repetición: formas primordiales del sufrimiento y del dolor psíquico expresada como una pesada condena, como una declinación del ser, como la única manera —a veces la única posible— de vivir y de sentir el mundo. Como en el caso de “El Hombre de las Ratas” (Ernst Lanzer) cuando “Pone y saca la piedra”.

Aquí, nuestra formación no nos hace inmunes; más bien, gracias a esa escucha atenta, nos vuelve más sensibles y conmovidos ante la vivencia de la repetición como un destino trágico amalgamado en el trauma, ya sea como un agujero inasible o como un desamparo universal. Con Freud en la mente, cuando estamos con un paciente, ahí estamos en la escena de una vida en la que el sufrimiento ocupa un lugar trágico e incluso con matices siniestros, como un destino que insiste en repetirse, una y otra vez.

Después de 2,400 años, el psicoanalista italiano Massimo Recalcati le da un giro al mito de Sísifo y sugiere que la vida contemporánea parece traer la repetición como imperativos, obligaciones y productividad sin pausa: repeticiones vacías donde el sujeto siente que “la piedra siempre vuelve a caer”. Para Recalcati, la roca es la tarea, el esfuerzo que no para, que no se colma; así, nuevamente, emerge el destino trágico. Pero, en su giro, Recalcati subraya que no se trata de una condena ciega, sino de un lugar donde el sujeto puede encontrarse con su propio deseo, más allá de la compulsión del superyó capitalista que exige “quererlo todo” y “sin límites para el yo”.

En este devenir como psico­terapeutas psicoanalíticos, se ha enfatizado la importancia de revestir nuestro entrenamiento con empatía, contención, apertura; de sostener el no-saber y movernos más allá del supuesto saber; de permanecer atentos a los afectos que circulan, a la retórica y a los ritmos de la palabra, a las metáforas y metonimias del discurso. Ante la angustia y la confusión que llegan al consultorio, quizá podamos decir, en nuestros fueros internos: “No se preocupe, Usted puede venir a la sesión y también la pesada roca de Sísifo”. De-venir-juntos, para quizá comprender ese dolor y sufrimiento, para darle un nuevo sentido o simplemente atravesarlo; en fin, para “dejar rodar” la piedra de Sísifo y seguir el camino. Pero esto implica sostener, encontrar un espacio, dar lugar a la regresión, y abrir un camino para hacer circular los afectos y pensar.

Qué importante ha sido, y continúa siendo, no una formación centrada en la disputatio medieval, sino en el trabajo artesanal y en el diálogo pedagógico humanista y tolerante de la diferencia: un proceso vivo, centrado en la relación aprendiz–maestros (en plural), formando–supervisor–analista, donde la palabra, el silencio y el deseo pueden encontrar su lugar.

Hoy estamos reunidos para despedir a la Promoción 39 y para festejar, en este banquete simbólico, el devenir de nuestros amigos y colegas psicoterapeutas psicoanalíticos. Este encuentro, es un gesto de reconocimiento, de gratitud y de profunda celebración del camino que han recorrido. He tenido la oportunidad de compartir los espacios de supervisión de varios de los miembros de la Promoción 39, y cada uno de ellos ha mostrado con humildad, cómo el antiguo “furor curandis” va mutando hacia un manejo más sensible de la atención flotante, de la abstinencia, del saber esperar, del sostener con la presencia y con la palabra. Y me siento, honestamente privilegiado de haber sido testigo de esa transformación.

Y en medio de estos mitos, de estas repeticiones y de estos destinos, he tenido el privilegio de ver cómo ustedes, en su formación, transforman como el trabajo de artesanos estas “pesadas rocas” en “senderos transitables”.

De igual modo, quiero reconocer y agradecer a todos por este maravilloso XXI Congreso “Tensión y conflicto: psicoanálisis en tiempos de polarización” que la Promoción 39 nos regaló a la comunidad de formandos de nuestro centro. Es verdaderamente notable su empeño, su entrega, su compromiso. Aunque sabemos que fue un auténtico tour de force, como toda empresa de esta naturaleza, nos dejaron un trabajo entrañable para quienes lo vivimos y lo compartimos.

Estoy convencido que todos ustedes, en su singularidad, componen el rostro plural y vivo de esta Promoción 39 que hoy celebramos.

Finalmente, hoy estamos ante el “banquete platónico”, ese espacio donde el eros, el conocimiento y la búsqueda sellan nuestro destino como futuros psicoterapeutas psicoanalíticos. Les deseo todo lo mejor y estoy convencido de que este es el inicio de una aventura nueva, profunda y luminosa. Hoy zarpa el barco desde el buen puerto que es el CPPL, y es mi deseo que cada uno descubra, en su travesía, la alegría del encuentro, la serenidad del pensar y el valor de escuchar la verdad de los otros y de sí mismos.

Que cada uno encuentre su Ítaca, y que el viaje —como decía el poeta griego Constantino Kavafis— sea largo, fértil y luminoso.

 

Gracias.