Más de 40 años al servicio de la salud mental

Blog

Aquí puedes leer nuestras últimas novedades

¿Y si no lo estoy disfrutando? Maternidad, mandato y ambivalencia

Leyla Abad, egresada de la promoción XXX del CPPL.

 

Hay frases que se repiten con naturalidad y que, sin embargo, condensan exigencias difíciles de advertir. “Deberías disfrutarlo, porque pasa rápido” es una de ellas.

Freud mostró que aquello que una cultura intenta dejar fuera no desaparece, sino que retorna en síntomas, creencias y discursos cotidianos. Las frases que repetimos también dicen algo de nuestro imaginario colectivo.

Expresiones como esta condensan una exigencia particularmente intensa de la maternidad contemporánea: no basta con cuidar, sostener y responder a las demandas del otro; también se espera que esa entrega sea vivida como fuente de realización e incluso de disfrute.

Lo que esta frase pone en juego es la persistencia de un ideal cultural profundamente arraigado: el de la “buena madre”. Una figura siempre disponible, emocionalmente contenida, enteramente entregada a sus hijos y capaz de sostenerlo todo sin fisuras. Aunque ese ideal haya transformado su lenguaje con el tiempo, su lógica permanece: la expectativa de una maternidad vivida desde la entrega absoluta.

Ese modelo deja poco espacio para experiencias profundamente humanas que también forman parte de la maternidad: el agotamiento físico, la sobrecarga psíquica, la pérdida momentánea de identidad, el deseo de distancia o incluso cierta extrañeza frente a una vida organizada alrededor de las demandas inagotables del cuidado.

Como ha señalado Julia Kristeva, la maternidad es una experiencia profundamente ambivalente, atravesada tanto por el amor como por la desorganización subjetiva que implica alojar radicalmente a otro. No transforma únicamente la rutina o los afectos; reconfigura el cuerpo, el tiempo, el deseo y la identidad. Sin embargo, buena parte de los discursos sobre maternidad siguen sosteniendo una imagen idealizada de lo materno, como si cuidar implicara una disponibilidad afectiva inagotable y una subjetividad siempre estable.

Quizá por eso hablar de ambivalencia materna sigue resultando incómodo. Como si reconocer el cansancio, la frustración o la necesidad de distancia amenazara la figura misma de la buena madre. Sin embargo, desde el psicoanálisis sabemos que la ambivalencia forma parte de la complejidad de los vínculos humanos. El problema aparece cuando, bajo las exigencias que aún organizan la maternidad, cualquier distancia respecto de esa imagen de completud se vive como carencia, insuficiencia o culpa.

Lo ominoso, en Freud, remite a aquello extraño que emerge desde lo más íntimo y familiar. Quizá algo de la experiencia materna contemporánea también se juegue allí: en aquello que no debería decirse, en el cansancio que debe ocultarse, en esas sensaciones de desconcierto que todavía no encuentran un espacio para ser nombradas o simbolizadas.

A ello se suma una exigencia característica de nuestro tiempo. Si antes el ideal materno se articulaba en torno al sacrificio y la abnegación, hoy parece haber incorporado también el imperativo del rendimiento. La cultura actual —marcada por ideales de productividad, autosuficiencia y optimización permanente— espera que las mujeres trabajen, cuiden, sostengan vínculos armónicos, administren el hogar, preserven su deseo, regulen sus emociones y, además, disfruten plenamente de todo ello.

Quizá una de las consecuencias más profundas de esta lógica sea el silenciamiento de la subjetividad femenina. Cuando una mujer queda reducida exclusivamente a su función materna, todo aquello que excede ese lugar —el deseo propio, el cansancio, el conflicto interno— comienza a vivirse como culpa o insuficiencia.

Sin embargo, algo parece estar desplazándose. La literatura, el cine, el teatro y otras expresiones artísticas contemporáneas han comenzado a mostrar maternidades menos idealizadas y más complejas. No para desacralizar la figura materna, sino para volverla más humana, más contradictoria y cercana a la experiencia de tantas mujeres que aman profundamente mientras intentan, también, no desaparecer dentro de ese amor.

La madre y el hijo como Otro

Verónica Zevallos – psicoterapeuta psicoanalítica, docente y graduada de la promoción V del CPPL.

 

En la consulta con padres es común escucharlos decir “no sé qué hacer ya no lo reconozco…”

Es una de las tantas frases que expresan la presencia de dificultades en las formas de relacionarse que se manifiestan a modo de reproches, malos entendidos, recriminaciones que se viven como difíciles o imposibles de resolver a no ser que haya un pacto de sometimiento por parte de los hijos o a la renuncia a vincularse  en acuerdo entre todos es decir vivir juntos, pero cada cual apelando a su individualidad vida que es una forma de separarse, a diferencia de la necesaria separación para vincularse.

Una de las maneras de explicarse, que no es resolver, esta situación entre madre e hijo es apelando a la diferencia generacional, a la diferencia epocal, a la diferencia de las exigencias de la vida, eludiendo el trabajo del proceso de separación que impone el crecimiento desde el inicio de la maternidad.

En el embarazo la madre acoge en su cuerpo al bebé, lo siente crecer y desarrollan una comunicación singular que está acompañado por la vivencia de ser uno e indiferenciados, tiempo que se extiende hasta alrededor de la adquisición del bebé del control de esfínteres, la locomoción y el lenguaje.

Con el inicio de las manifestaciones de independencia se pone en juego la presencia del hijo como Otro y diferente con su original manera de relacionarse para lo que se requiere un esfuerzo, del encuentro de formas divergentes de concebir el mundo.

El Otro para Freud es un modelo, un objeto y la identificación es la manifestación de enlace afectivo “la identificación representa uno de los modos fundamentales por los que transita el otro en nosotros mismos y nosotros mismos en el otro” A. Green.

La relación madre/hijo desde la identificación, como suele ser en la primera etapa de vida, está ausente de conflictos dado que se sustenta en la semejanza, en las coincidencias y tienden a generar sensaciones de seguridad y de pertenecer a una relación en base al entendimiento.

Trascender de la identificación al encuentro entre sujetos madre/hijo implica la aceptación de la presencia de lo desconocido del Otro, en este aspecto la relación se establece a partir de lo heterogéneo y de una separación entre lo mismo identitario hacia lo Otro ajeno, que mantiene en tensión tanto lo mismo y el constante movimiento de diferir en la relación.

Es esa diferencia que incomoda porque el hijo como Otro no cabe en la representación de la madre y en ese caso la tensión se convierte en una lucha de sometimientos que produce estancamiento, repetición y frustración hasta el rompimiento, cuando la diferencia no cuenta y la relación se apoya solo en la semejanza la separación es vivida como ruptura y no como distancia que abre al vincularse.

En clave de la relación entre Otro con Otro, el conflicto es una vivencia de generación, de producción del deseo constante de conocer (diferente a reconocer) aquello imposible de pensar del Otro que no sería posible si se sostuviera la idea que la relación ideal se construye a partir de la semejanza y lo evitable deben ser las diferencias. Estar y sentirse separados promueve el trabajo del vínculo.

“Si tenemos la suerte de encontrarnos con nosotros mismos descubriremos que somos un desconocido”. Octavio Paz en Piedra de Sol

Perú, buscando un rostro

Luis Herrera Abad – psicoanalista didacta de la SPP y docente del CPPL

 

Mis ojos no quieren ver

lo que hay delante de mí,

yo ya no puedo entender,

ay, ay, ay, ay,

lo que está pasando aquí.

 

Ojos de piedra tuviera

para poder resistir,

y aun cuando más dolieran,

Ay, ay, ay, ay, ay,

no los dejaré de abrir

 

Del grito de libertad

que por las costas se oyó

hablan los himnos en vano

yo no sé quién lo gritó

 

Arturo Pinto

“Ojos de piedra” (Yaraví)

 

El hombre no existe como ser “natural” o biológico. Sólo deriva en ser humano a través de la influencia que otros seres de su especie ejercen sobre él, por esto podríamos decir que es un producto de su ambiente humano.

Su naturaleza es de tipo especial, no natural sino social. Transforma lo natural y al hacerlo crea cultura y se transforma a sí mismo. Son las normas, inculcadas a través de la familia, la educación escolar, la relación sujeto-sociedad lo que humaniza al ser humano. Desde esta mirada, el individuo se convierte en tal cuando transforma los datos naturales en resultados históricos y sociales.

Si desarrollamos una visión del Perú a través del análisis de los gobiernos autoritarios que han tenido lugar en diversos momentos históricos, estos reflejan una figura paterna dominante y omnipotente que se establece en nuestro país a lo largo de su devenir, instalándose en la vida cotidiana de los ciudadanos. Pocos presidentes se pueden rescatar de esa lista.

Considero que es tarea de los psicoanalistas descubrir verdades ocultas, pero no sólo los psicoanalistas, también en disciplinas cercanas, se busca develar aquello que permanece oculto a nuestra mirada. Norbert Elías (Elias, 1990), eminente sociólogo, nos dice que todo individuo llega a ser humano cuando aprende a hablar, actuar y sentir en una sociedad formada por otras personas y que, con el tiempo, es probable que las fantasías con las que revestimos nuestro ser tengan que ver con nuestra incapacidad para modificar las cosas de la vida, especialmente aquellas que pretenden aniquilarla. Agrega que esta imposibilidad, muchas veces, nos puede llevar a adquirir una máscara de deseos y temores (prótesis identitaria, la llaman) que impide vernos tal como somos realmente. En otras palabras, nos podría conducir a falsear la función de crear un imaginario que permita la transformación, puesto que las instituciones entrarían en una crisis al suscitar una pérdida de equilibrio en la estructura emocional de la colectividad debilitándose la fuerza para articular sentidos: la capacidad de simbolización se vería mellada. Kaës (Kaës, 1977) diría que en esa circunstancia se da una insuficiencia en el aparato psíquico grupal. En esas situaciones, el grupo reclamaría a un líder autoritario para experimentar seguridad y protección. Mejor dicho, anhelaría entregar al líder, como el niño al padre, la solución a los problemas. En este trance que vivimos hoy vemos cómo se dificulta el diálogo, puesto que no hay cabezas visibles con quién dialogar.

En nuestro país, las relaciones de dominio pasaron de la dominación colonial a la republicana. La presunta libertad (“el ejército libertador”, como dice el yaraví que utilizamos como introducción: “el grito de libertad”…) nunca lo fue a cabalidad puesto que permanecieron abismales diferencias económicas, sociales y raciales. Así, de nuestra historia oficial se hace difícil extraer experiencias correctivas, como bien desarrolla Quiroz en su “Historia de la Corrupción en el Perú” (Quiroz, 2013). En ella, nadie se responsabilizó de los sucesos, presentando el mundo del dominante como superior al propio, el cual era desdeñado. Presentaba a indios y campesinos como ingenuos, cobardes, ignorantes. En general, el acceso a la información, así como a los beneficios materiales del trabajo, eran siempre para el grupo dominante, pequeño en número, pero grande en poder. No son pocos los autores que nos dicen que ha resultado particularmente difícil aceptar a los indios como personas (hasta hace relativamente poco tiempo, para muchos, el indio no poseía alma).

La posibilidad de un sentimiento nacional que hiciera a la mayoría sentirse partícipe en las formas de legalidad y en las instituciones, era apenas existente. Para las grandes mayorías, la situación traumática de la conquista se prolongó, fomentando que se experimentara el desconsuelo de sentirse “sin rostro”. Además, el efecto que tiene el poder autoritario es no sólo suprimir el deseo del otro sino subyugarlo para sus intereses. Los dominados se resignaron o soñaron con alcanzar los privilegios de los dominadores, sin poder dirigir su mirada hacia sus propios recursos y, menos aún, elaborar o transformar su situación. Los más carenciados de los dominados, parecían derivar hacia estructuras de personalidad en las cuales cobraban forma los sentimientos de humillación y denigración de que eran objeto.

Un pueblo largamente decepcionado y desvalorizado es propenso a convertirse en presa fácil de un líder-padre en el cual depositar su esperanza. Nuestra historia cuenta con varios ejemplos en ese sentido. Lamentablemente, pocas veces se trató de figuras que se distinguieran por su habilidad como gobernantes o su honestidad. Para muchos de ellos el Perú fue un botín. Las leyes se acomodaban a sus beneficios y para ellos el castigo no existía.

Al no haber tenido posibilidad de elaborar las cicatrices por lo vivido, los peruanos se vieron precisados a buscar desesperadamente con quien identificarse. Una historia que permitiera un “trabajo de duelo” presentaría una verdad dolorosa pero restitutiva, a través de la cual aceptaríamos que junto con los cambios de la realidad exterior sucede una transformación interna en la que reconocemos los vacíos que deja la pérdida de figuras queridas y representaciones estructurantes tales como patria, sociedad, etc. Este proceso sugiere un cambio en el sujeto, a partir del cual se puede soportar mejor la realidad.

Es necesario recordar que el dominio, insumo de la corrupción, es una forma de violencia afincada en la interrelación. Con frecuencia, la violencia en situaciones de crisis social suele introducirse generando actitudes que predisponen a los individuos a la sumisión, reproduciéndose en su interior el dominio sobre los débiles, confrontados con aquellos que poseen el poder, como el padre omnipotente de la niñez, rechaza con violencia lo que es diferente a él. Es narcisista y dominante. “Odia todo lo que es débil o lo que él considera como débil. Se opone al examen de sí mismo, con lo cual se aleja de la posibilidad de tomar conciencia de sus características. Siempre es el otro el que tiene la culpa. Mide a los seres humanos en términos de éxito o popularidad. Toda actitud crítica a su posición es considerada peligrosa y destructiva” (Herrera, 2018). Se asume inimputable y desprecia todo aquello que pudiera ser solidario. Al respecto y, citando a Volkan, decimos que el sujeto narcisista tiende a mostrar un componente grandioso que encubriría una fragilidad interna, “…ellos son vulnerables a los sentimientos de profunda vergüenza y son marcadamente envidiosos de los talentos de otros, de las posesiones mundanas y de la capacidad para tener relaciones interpersonales genuinas” (Volkan, y otros, 1998).

En esta situación y considerando que los seres humanos necesitamos, para desarrollar nuestra identidad, un conjunto de ideas y representaciones de nosotros mismos, de los demás y de nuestros vínculos, y que al unirnos generamos un conjunto de productos y creaciones que solo se imputan a ese colectivo y de los cuales también tenemos una representación mental, me pregunto por el destino de las instituciones, puesto que el espacio en el que se desarrolla el flujo compartido de representaciones e imágenes para cumplir el objetivo de regular la existencia de los seres humanos (Castoriadis, 1988), en un país como el nuestro, fragmentado y en grandes dificultades para percibirse como Nación, es poco posible que los individuos se puedan sentir partícipes de un mismo proyecto social puesto que en esas circunstancias el imaginario colectivo se ve en dificultades para albergar representaciones consonantes que favorezcan la sensación de estar unidos. Las instituciones, por ejemplo, podrían representarse como entidades ajenas, con lo cual, los peruanos experimentaríamos nuestra historia como algo que tiene poco que ver con nosotros mismos. El sentimiento, entonces, es el de orfandad y desamparo. Agreguemos que, en esta sociedad, en la que los actores sociales presentan intereses en pugna, los vínculos solidarios son escasos y los proyectos democráticos suelen ser frágiles y efímeros. El terreno es propicio para el engaño y la corrupción asociada siempre al cinismo y la desconfianza.

En los últimos años, el panorama se agrava. Situaciones que podrían ser entendidas como fuertemente traumatizantes tienden a agudizar aún más lo endeble de la estructura social. Siempre nos ha resultado difícil desarrollar códigos valorativos que consideren al otro como un igual. Con facilidad los valores han cedido ante los intereses económicos, precipitando al país en la anomia. El poseedor de la fuerza y el poder con frecuencia ha sido el que imponía sus intereses y sus leyes a los demás, los cuales, como dijimos, suelen carecer de rostro.

José Carlos Agüero, historiador y escritor, en una entrevista para el periódico La República (Patriau, 2022) nos decía que el tejido social en el Perú está, prácticamente, descomponiéndose, pero que la violencia que vemos en las calles, hace tiempo está ahí, pero no hemos querido tomarla en serio. Para Agüero, más propiamente que un conflicto, vivimos un ‘colapso social’ donde todo puede desaparecer cuando el tejido social se deshilvana y cuando las instituciones dejan de ser representativas. Sostiene este autor que la crisis ya se dio y que el país ha colapsado.

En la misma línea, Antonio Zapata Velasco, historiador y docente universitario, nos dice que los campesinos, en sus manifestaciones, podrían estar diciéndonos “teníamos un representante, pero no lo han dejado gobernar” (Pereda, 2023). Pero la situación que vivimos no queda ahí, el “malestar sobrante”, como diría Silvia Bleichmar (Bleichmar, La subjetividad en riesgo, 2010), se agudiza por momentos. Se dan sucesos de muerte, 60 fallecidos de la manera más cruel, prácticamente sometidos a ejecuciones sumarias por parte de la Policía y del Ejército. A pesar, de que ambas instituciones también pertenecen al sector de los pobres, son, sin embargo, enviados como carne de cañón a frenar las manifestaciones. Tengo mis dudas de que tengan siquiera opción para reflexionar sobre lo que hacen fuera de cumplir órdenes y contar muertos.

Los grandes responsables no parecen tener castigo, pero “la calle no se calma sin sanción para los responsables de tanta muerte, sanciones políticas a los responsables directos” (Patriau, 2022). Vemos, además, que las demandas de los ciudadanos que protestan no son escuchadas y se convierten, entonces, en “vándalos”. La tendencia de los que matan al otro o lo agreden es considerarlo no un conciudadano sino un enemigo. Peor, aún si han sido víctimas de ese operar, dice Silvia Bleichmar (Bleichmar, Dolor país, 2002), que no es agresivo ni cruel y que es todo eso al mismo tiempo, por sus efectos. No sólo es el intento de demoler al otro, sino el desconocimiento liso y llano durante siglos de su existencia. Es la ausencia de todo reconocimiento de lo que produce en el otro como semejante una desarticulación de cualquier posibilidad de empatía. Entonces, si hay 60 personas muertas, ellos pueden hacer alusión a que, seguramente, entre ellos había terroristas, senderistas, etc., y convertir en algo loable la muerte. Ya Freud lo había mencionado en su trabajo sobre la guerra cuando decía que esta era el gran pretexto del ser humano para poder justificar su carga destructiva sobre el otro. En ella, matar no era algo prohibido, sino algo loable.

En esta confrontación, no solo se enfrentan dos imágenes del Perú, sino que también se enfrentan identidades que tienen que ver con lo étnico, pensemos en Puno y en otros departamentos del país, cuya población pertenece a etnias como las aymaras que se caracterizan por ser luchadores. No obstante, es importante señalar que el centralismo limeño que contribuye precisamente a que se desarrollen antagónicas identidades regionales, especialmente en el sur del país, es otro de los elementos de protesta. Junto con Diego García-Sayán (Garcia Sayan, 2023) diríamos que “es cierto que hay extremismos que promueven toma de aeropuertos, toma de locales, saqueo de comercios, pero debería haber autoridades que no propongan como única salida la violencia mortal, esa respuesta debería darse dentro del marco de la ley”. Lamentablemente, tenemos que agregar que se ha hecho evidente la incapacidad para lograr diálogos y, hasta diríamos, la indiferencia de muchos frente a lo que está sucediendo.

En síntesis, como en el acto violento, en la corrupción el otro deja de ser un semejante y no es posible negar que somos un país corrupto. Las leyes entonces tienden a ignorarse, especialmente cuando no se ajustan a los requerimientos del que las impone. Esto supone que la víctima queda atrapada en la situación impuesta que no eligió, de la que no se puede salir y a la que no puede denunciar, pues su reclamo no es escuchado. De esta forma, el sujeto se siente desvalido como el niño pequeño al que su madre no suministra los cuidados básicos; es decir, queda sometido no solo al miedo sino, como diría Maren Ulriksen de Viñar (Ulriksen de Viñar, 1988), a la profunda desolación de no ser escuchado.

 

Bibliografía

Elias, N. (1990). En La sociedad de los individuos: ensayos. Barcelona: Ediciones 62.

Kaës, R. (1977). En Aparato psíquico grupal. Barcelona: Gedisa.

Herrera, L. (2018). En Reflexiones psicoanalíticas sobre la violencia y el poder en el Perú (pág. 54). Lima: Sociedad peruana de psicoanálisis.

Volkan, V., Akhtar, S., Dorn, R., Kafka, J., Kernberg, O., Olsson, P., . . . Shanfield, S. (1998). The psychodynamics of leaders and decision making. Mind and Human Interaction, 130-181.

Castoriadis, C. (1988). En Political and social writings. Minnesota: University of Minnesota Press.

Patriau, E. (18 de diciembre de 2022). Crisis, política y desborde. La República.

Pereda, D. (10 de enero de 2023). Política. Obtenido de La república: https://larepublica.pe/politica/actualidad/2023/01/10/protestas-por-vacancia-antonio-zapata-los-campesinos-estan-diciendo-teniamos-un-representante-y-no-lo-han-dejado-gobernar-dina-boluarte-pedro-castillo-congreso

Bleichmar, S. (2002). Dolor país. Buenos Aires: Libros del zorzal.

Garcia Sayan, D. (12 de enero de 2023). Callejón sin salida: respuestas impostergables. Obtenido de La República: https://larepublica.pe/opinion/2023/01/12/callejon-sin-salida-respuestas-impostergables-por-diego-garcia-sayan

Quiroz, A. (2013). Historia de la Corrupción en el Perú. Lima: Instituto de Estudios Peruanos.

Bleichmar, S. (2010). La subjetividad en riesgo. Buenos Aires: Topía Editorial.

Ulriksen de Viñar, M. (1988). El desamparo desde la clínica de un niño psicótico. Revista Uruguaya de Psicoanálisis, 33-53.

 

Palabras de inauguración del Año Académico 2026

Mg. Liliana Granel – Psicoanalista. Directora de Formación Académica del CPPL

 

Estamos al inicio del año académico 2026 y quiero darles una cálida bienvenida a los Profesores, Personal Administrativo y a todas las Promociones.

Hoy no inauguramos sólo un año académico; inauguramos un espacio para pensar lo que no se dice, para escuchar lo que insiste y para sostener preguntas que no tienen respuestas rápidas.

Freud nos enseñó que lo inconsciente trabaja todo el tiempo; se muestra en los lapsus, actos fallidos, en los sueños, en la forma que un grupo se organiza sin saber las razones ocultas. Nuestra tarea este año es esa: hacer visible lo invisible, no para juzgar sino para comprender.

El psicoanálisis no ofrece certezas cómodas; ofrece un método: la asociación libre, la escucha flotante, la empatía con el sufrimiento del otro. Nos pide tolerar la angustia de no entender y desde ahí construir un sentido junto al otro.

A los que inician: Bienvenidos al CPPL y al encuentro con el asombro.

A los que continúan: gracias por ser parte del CPPL y, por continuar con el deseo de seguir preguntándose.

El CPPL se hace con y entre todos: en cada clase, en cada sesión, en cada supervisión, en cada texto que discutimos.

Deseo que este año nos encuentre trabajando con alegría, con ética y con curiosidad. Que podamos, como decía Freud, transformar el sufrimiento neurótico en infelicidad común. Es decir, hacer que el conflicto sea pensable y la vida un poco más vivible.

El año académico está comenzando y, con él, nuevos desafíos en un mundo en permanente cambio, inmersos en un contexto de amores-odios, paz-guerra, ilusión-desilusión, esperanza-desesperanza. Y, desde el psicoanálisis, tratar de comprender, de dar sentido a la vida convulsionada por la violencia y agresividad. A través del psicoanálisis nos animamos a explorar los demonios, los fantasmas, los anhelos, lo impredecible de la vida, lo misterios de nuestra existencia.

Les propongo a todos que nuestro trabajo como psicoanalistas continúe teniendo como premisa recorrer el asombroso laberinto de la mente y poder experimentar mediante la escucha caminos al interior de los sujetos, animándonos a pensar lo impensable, a dar viva voz a los que no la tienen.

¡Muy buen comienzo para todos!

UN BANQUETE PARA LA PROMOCIÓN 39

Dr. Luis Alberto Suárez Rojas – Doctor en Antropología y psicoterapeuta en formación de la promoción 40 del CPPL

 

A continuación queremos compartir con ustedes el discurso que Luis Alberto Suárez preparó y leyó el pasado 13 de Diciembre, como parte de la ceremonia de graduación de la promoción 39 del CPPL y clausura del año académico 2025 de nuestra Institución.

 

 

En el 390-380 a. c., Platón, en Gorgias, recuerda que Homero confirma que Ticio, Tántalo y Sísifo fueron condenados en el Hades a castigos sin fin. En el mundo griego, ellos se convirtieron en tres ejemplos paradigmáticos de condenados eternos. Según los vio Odiseo en el canto XI de la Odisea (verso 576), a Ticio le devoraban el hígado dos buitres; Tántalo moría de sed en medio del agua, sin poder alcanzar los frutos que pendían sobre él; y Sísifo empujaba incesantemente hacia arriba una gran piedra que, al llegar casi a la cima, volvía siempre a rodar hacia abajo.

Con esto en mente, me siento en la convicción de creer que, como psico­terapeutas psicoanalíticos en formación, estamos fuertemente intersectados por las implicancias dolorosas de la repetición como forma de síntoma. Quizá, ahí están, justamente, en Ticio, Tántalo y Sísifo, las figuras arcaicas de la compulsión a la repetición: formas primordiales del sufrimiento y del dolor psíquico expresada como una pesada condena, como una declinación del ser, como la única manera —a veces la única posible— de vivir y de sentir el mundo. Como en el caso de “El Hombre de las Ratas” (Ernst Lanzer) cuando “Pone y saca la piedra”.

Aquí, nuestra formación no nos hace inmunes; más bien, gracias a esa escucha atenta, nos vuelve más sensibles y conmovidos ante la vivencia de la repetición como un destino trágico amalgamado en el trauma, ya sea como un agujero inasible o como un desamparo universal. Con Freud en la mente, cuando estamos con un paciente, ahí estamos en la escena de una vida en la que el sufrimiento ocupa un lugar trágico e incluso con matices siniestros, como un destino que insiste en repetirse, una y otra vez.

Después de 2,400 años, el psicoanalista italiano Massimo Recalcati le da un giro al mito de Sísifo y sugiere que la vida contemporánea parece traer la repetición como imperativos, obligaciones y productividad sin pausa: repeticiones vacías donde el sujeto siente que “la piedra siempre vuelve a caer”. Para Recalcati, la roca es la tarea, el esfuerzo que no para, que no se colma; así, nuevamente, emerge el destino trágico. Pero, en su giro, Recalcati subraya que no se trata de una condena ciega, sino de un lugar donde el sujeto puede encontrarse con su propio deseo, más allá de la compulsión del superyó capitalista que exige “quererlo todo” y “sin límites para el yo”.

En este devenir como psico­terapeutas psicoanalíticos, se ha enfatizado la importancia de revestir nuestro entrenamiento con empatía, contención, apertura; de sostener el no-saber y movernos más allá del supuesto saber; de permanecer atentos a los afectos que circulan, a la retórica y a los ritmos de la palabra, a las metáforas y metonimias del discurso. Ante la angustia y la confusión que llegan al consultorio, quizá podamos decir, en nuestros fueros internos: “No se preocupe, Usted puede venir a la sesión y también la pesada roca de Sísifo”. De-venir-juntos, para quizá comprender ese dolor y sufrimiento, para darle un nuevo sentido o simplemente atravesarlo; en fin, para “dejar rodar” la piedra de Sísifo y seguir el camino. Pero esto implica sostener, encontrar un espacio, dar lugar a la regresión, y abrir un camino para hacer circular los afectos y pensar.

Qué importante ha sido, y continúa siendo, no una formación centrada en la disputatio medieval, sino en el trabajo artesanal y en el diálogo pedagógico humanista y tolerante de la diferencia: un proceso vivo, centrado en la relación aprendiz–maestros (en plural), formando–supervisor–analista, donde la palabra, el silencio y el deseo pueden encontrar su lugar.

Hoy estamos reunidos para despedir a la Promoción 39 y para festejar, en este banquete simbólico, el devenir de nuestros amigos y colegas psicoterapeutas psicoanalíticos. Este encuentro, es un gesto de reconocimiento, de gratitud y de profunda celebración del camino que han recorrido. He tenido la oportunidad de compartir los espacios de supervisión de varios de los miembros de la Promoción 39, y cada uno de ellos ha mostrado con humildad, cómo el antiguo “furor curandis” va mutando hacia un manejo más sensible de la atención flotante, de la abstinencia, del saber esperar, del sostener con la presencia y con la palabra. Y me siento, honestamente privilegiado de haber sido testigo de esa transformación.

Y en medio de estos mitos, de estas repeticiones y de estos destinos, he tenido el privilegio de ver cómo ustedes, en su formación, transforman como el trabajo de artesanos estas “pesadas rocas” en “senderos transitables”.

De igual modo, quiero reconocer y agradecer a todos por este maravilloso XXI Congreso “Tensión y conflicto: psicoanálisis en tiempos de polarización” que la Promoción 39 nos regaló a la comunidad de formandos de nuestro centro. Es verdaderamente notable su empeño, su entrega, su compromiso. Aunque sabemos que fue un auténtico tour de force, como toda empresa de esta naturaleza, nos dejaron un trabajo entrañable para quienes lo vivimos y lo compartimos.

Estoy convencido que todos ustedes, en su singularidad, componen el rostro plural y vivo de esta Promoción 39 que hoy celebramos.

Finalmente, hoy estamos ante el “banquete platónico”, ese espacio donde el eros, el conocimiento y la búsqueda sellan nuestro destino como futuros psicoterapeutas psicoanalíticos. Les deseo todo lo mejor y estoy convencido de que este es el inicio de una aventura nueva, profunda y luminosa. Hoy zarpa el barco desde el buen puerto que es el CPPL, y es mi deseo que cada uno descubra, en su travesía, la alegría del encuentro, la serenidad del pensar y el valor de escuchar la verdad de los otros y de sí mismos.

Que cada uno encuentre su Ítaca, y que el viaje —como decía el poeta griego Constantino Kavafis— sea largo, fértil y luminoso.

 

Gracias.

 

Entre huellas y resonancias: Reflexiones sobre el XIII Congreso de FLAPPSIP

Sigrid Buitrón – Psicóloga clínica (PUCP) y formanda de la promoción 40 del Centro de Psicoterapia

 Psicoanalítica de Lima (CPPL)

 

Este año, la edición XIII del Congreso de FLAPPSIP se llevó a cabo en Lima y fue una oportunidad privilegiada para escuchar a psicoterapeutas y psicoanalistas de diversos países latinoamericanos. Desde mi punto de vista, las ponencias resultaron estimulantes, provocadoras y en algunos casos, particularmente conmovedoras. De modo personal, me impresionó mucho la conferencia magistral de Isildinha Baptista Nogueira sobre el “Efecto del racismo en el narcisismo del sujeto negro”. Aprecié la sensibilidad, la honestidad y la profundidad teórica y clínica con que fueron abordados algunos tema transversales y tan arraigados y comunes en nuestros países latinoamericanos, como el racismo, la estratificación, la discriminación y la exclusión social, y la forma en que estos fenómenos históricos y sociales impactan en la constitución de la mente de las personas racializadas, procesos que no siempre atendemos y/o comprendemos con todos sus matices y que, considero, requieren ser pensados en espacios tanto individuales como institucionales.

La ponencia previamente mencionada, como otras que se presentaron en el marco del evento, hicieron énfasis en el eje de la alteridad y los tiempos de asombro, y pusieron en diálogo al psicoanálisis con la política, los fenómenos sociales y los avances en la ciencia y la tecnología. Esta integración virtuosa generó un espacio propicio para reflexionar en torno al malestar cultural que se configura en nuestros tiempos, y que nos moviliza como sujetos y como sociedades. En este sentido, considero que el congreso fue una suerte de experiencia inmersiva que nos invitó, durante tres días intensos, a repensar cómo estas coordenadas sociales y culturales impactan en la constitución de nuestras subjetividades y en las formas que hemos desarrollado para vincularnos – tanto fuera como dentro del consultorio –, con el apoyo y, a veces, la interferencia de la tecnología. Como consecuencia natural de ello, se generó también un contexto favorable para cuestionar, en distintas mesas y espacios de discusión, las formas como actualmente se expresan los conceptos psicoanalíticos, las adaptaciones técnicas que demanda la época, y sobre todo, el rol y las responsabilidades éticas que recaen en quienes nos dedicamos o aspiramos a dedicarnos a la psicoterapia psicoanalítica, como el ejercicio de un oficio, una práctica profesional y un arte que supone la preservación de lo más humano que tenemos los humanos: nuestra mente, nuestros afectos, nuestro mundo interno.

Me quedo con las sabias palabras de Moisés Lemlij, quien nos invitó – y tal vez, inclusive, nos desafió –  a disfrutar de las oportunidades que supuso este evento: los encuentros y reencuentros con colegas y amigos; la posibilidad de replantearnos algunas ideas previas, de dejarnos sorprender por lo nuevo, de nutrirnos a partir de las experiencias y reflexiones compartidas generosamente por quienes realizaron alguna ponencia y de esta manera estimularon el intercambio de ideas, cuestionamientos y la movilización de afectos. Me quedo, por supuesto, con el deseo y las ansias de participar nuevamente en un congreso de FLAPPSIP, y de poder acceder, otra vez, a una propuesta amplia y variada de trabajos, con un contenido valioso y estimulante sobre el psicoanálisis y la psicoterapia psicoanalítica.

 

Entrevista a Marcos Herrera, psicoanalista y director del doctorado en psicoanálisis de la PUCP

Entrevista realizada por Giancarlo Portugal Velasco, egresado de la promoción 39 del CPPL

 

Marcos Herrera es psicoanalista de la Sociedad Peruana de Psicoanálisis (SPP) y, actualmente, director del Doctorado en psicoanálisis de la Pontificia Universidad Católica del Perú (PUCP). Entre sus funciones es, además, profesor de cursos de técnica psicoanalítica, en los que plantea una mirada de intención justa con respecto a Freud; es decir, procura asignar correctamente los valores y las críticas a los planteamientos del mismo. Así, desde un intento de comprender el estatus psicoanalítico, él plantea separar a, por un lado, el Freud científico y, por otro lado, el Freud terapeuta. Con ello, Herrera también separa el psicoanálisis como teoría del psicoanálisis como terapia. En esta entrevista podemos aproximarnos al pensamiento crítico de Marcos Herrera, quien, en última instancia, está realizando una invitación a quienes somos parte de la comunidad psicoanalítica a reflexionar, a preguntarnos, aunque no sea posible una respuesta, sobre aquello que sucede en la clínica y el por qué sucede. 

 

“Para mí los conceptos psicoanalíticos son como piezas de rompecabezas distintas, que no necesariamente tienen que encajar. A veces pueden encajar unas u otras”

 

Bueno, primero, gracias Marcos por el tiempo. Tú tienes una característica en tu historial académico que me llama la atención y que no es tan usual, has leído a Freud en alemán. Dices específicamente que hay como un valor en Freud, pero a la vez, no voy a decir mala interpretación, pero como una suerte de limitación en Freud ¿Cuál es tu postura frente a sus planteamientos a grosso modo?

Antes que nada, gracias, Giancarlo, por la entrevista. Hemos estado conversando un rato antes sobre estas cosas. A ver, a mí me gusta mucho leer a Freud, quiero enseñarlo y básicamente mi posición es incentivar una lectura crítica de Freud. Que esté un poco en el justo medio, entre un fanatismo que asume que todo lo que dice Freud es cierto (que lamentablemente se ha visto durante un tiempo en el mundo psicoanalítico) y una posición muchas veces ignorante con Freud, que simplemente lo rechaza de plano. Creo que en los textos freudianos hay muchas cosas apasionantes, muy útiles, pero promuevo – he tomado el concepto de Jessica Benjamin – una dinámica entre semejanza y diferencia. Lo suelo decir en mis clases, ver qué cosa en los textos freudianos nos sigue razonando, nos sigue interpelando, nos sigue sirviendo, pero también atrevernos a decir frente a qué tomamos distancia.

Ahora, por otro lado, creo importante separar lo clínico y lo teórico. A mí me ha marcado mucho la crítica de que el psicoanálisis no es una ciencia, desde que empecé a estudiar psicología. Y es una pregunta a la que he tratado de responder durante muchos años. La respuesta que me he dado a mí mismo a esa pregunta, y que comparto con quien le parezca útil, es que la mejor solución para mí es separar el psicoanálisis como método de comprensión clínica y el psicoanálisis como pensamiento teórico sobre la mente. Como método de comprensión clínica, que aplicamos en la terapia, digamos en el consultorio, considero que es un método valioso y con el cual podemos ayudar a las personas. El problema con la teoría psicoanalítica de Freud es que Freud inicialmente quiso ser un científico, incluso un científico natural y tuvo que abandonar ese proyecto para casarse. Se dedicó a la medicina, a la práctica de la medicina, y por ese camino terminó inventando el psicoanálisis ¡Bien para nosotros! Pero el punto es que, luego de haber inventado su método terapéutico psicoanalítico, se le ocurrió que de repente también podía ser un científico. Y podía usar ese método terapéutico como un instrumento de investigación científica para validar teorías sobre la mente. Creo que el problema está ahí. Yo creo que el psicoanálisis es un método de comprensión clínica para ayudar terapéuticamente a personas, pero no creo que tenga las características de un instrumento de investigación científica. Entonces, ¿qué hacer con toda la teorización que desde Freud y los post-freudianos ha surgido a partir del método de comprensión clínica que llamamos psicoanálisis? Como lo sostengo en un trabajo que publiqué hace algunos años, creo que son teorías indecidibles. No se puede decir que sean falsas ni verdaderas. En algún lado las he llamado, de una manera un poco provocadora, ficciones epistémicas (Herrera, 2014). Considero que es posible que para muchas de ellas se pudiese conseguir evidencia científica en un diálogo desprejuiciado y abierto con otras disciplinas como la psicología o las neurociencias. Pero lo que no podemos hacer es tratarlas como verdades científicas, como mucha gente hace en nuestro medio. Entiendo que tú tienes también una posición crítica al respecto. Entonces creo que hay que cuidarse de asumir que esas cosas son descripciones de hechos. Ahora, al mismo tiempo, las teorías psicoanalíticas, si bien tienen para mí un estatus no decidible, no dejan de ser útiles en el ámbito clínico. En particular aquellos conceptos que están más vinculados a la clínica misma. Te ponía el ejemplo hace un rato de los conceptos freudianos de la resistencia y contrainvestidura. Contrainvestidura es la explicación metapsicológica de la resistencia, por decirlo así. Yo no creo que, para ser un buen terapeuta psicoanalítico, un buen psicoanalista, se tenga que conocer el concepto de contrainvestidura. Algunos colegas leerán esta entrevista y se preguntarán, ‘pucha, ¿qué es contrainvestidura? Voy a sacar mi Laplanche’. Pero yo creo que eso no los hace menos buenos psicoanalistas o terapeutas psicoanalíticos. Probablemente, en cambio, se manejen muy bien el concepto de resistencia. Y ese es el que tienen que conocer para ser terapeutas psicoanalíticos. Lo otro es más para el ámbito a los que nos gusta también el trabajo académico psicoanalítico. Ser un psicoanalítico que no se excluye de ser un clínico, simplemente son dos cosas distintas.

¿Cómo calificas que son conceptos útiles? Porque entiendo que en tu postura es algo así como mientras no logren el estatus de científico, no se pueden asumir como verdades. Como verdades empíricas. Pero mientras eso sucede, ¿si crees que es legítimo seguirlos utilizando a nivel pragmático en la clínica? ¿Cómo se justifica eso?

Sí. Digamos porque, de hecho, en este trabajo del 2014 de ficciones epistémicas, trato de argumentar por eso justamente con un ejemplo clínico: cómo en una situación clínica con un paciente, me sirve el concepto de la envidia de Klein para poder comprender un material clínico e interpretarlo. Es decir, sí creo que manejar conceptos del modelo tópico, estructural, las nociones de la posición esquizoparanoide y depresiva de Klein; o la noción del continente contenido o la noción de elementos alfa y beta de Bion; o en Winnicott el espacio transicional… Hay una serie de conceptos que sí me parece que un clínico psicoanalítico debe conocer. Yo sería el último en prohibir los cursos de teoría en la formación de un psicoanalista clínico, de un terapeuta psicoanalítico, pero favorecería que en esos cursos se use aquellos conceptos que son más cercanos a la experiencia clínica.

Pero, ¿por qué entonces…? Porque entiendo que la lógica es algo así como, claro, esto no puedo aseverar que es verdadero, no obstante me es útil, y puedo aplicarlo transversalmente en mi práctica clínica.

Eso es lo que estoy planteando. Qué bueno que se entienda.

Y ¿por qué asumir que sí pueden ser transversales a cualquier persona que llega a consulta?

Es que eso dependerá de cada caso, de cada situación. Es decir, con un paciente en un momento dado, un concepto te orientará. Yo me pregunto si yo hubiese podido comprender el material clínico de mi paciente si no hubiese leído el texto de Klein sobre envidia y gratitud, por ejemplo. Creo que no.

¿Te hizo sentido?

Eso. Me hizo sentido. Por eso digamos el artículo se llama ficciones epistémicas o utensilios hermenéuticos. Considero que los conceptos psicoanalíticos son utensilios hermenéuticos que ayudan a dar sentido. Y no sabes cuáles te van a ayudar en qué sesión, pero mientras más conozcas, mejor.

Ahora, igualmente tú tienes una postura en la que sí aspirarías, me da la impresión de que hay como un deseo de que el psicoanálisis en algún momento cobre el estatus de ciencia.

Más que el psicoanálisis, que ideas psicoanalíticas de Freud u otros autores posfreudianos o contemporáneos sean recogidas por disciplinas que tienen métodos más estándar de validación de teorías científicas, sobre la mente en este caso. Y sí, eso porque sí tengo que decir que me duele y me enoja y me da rabia cuando veo críticas muy simples al psicoanálisis desde otras disciplinas con mucha ignorancia. Y de las cuales nosotros mismos somos culpables porque hablamos tan difícil a veces que ellos no entienden de qué estamos hablando. Entonces, sí me parece que, si logramos traducir un poco algunos conceptos, quizás nos entendamos… porque además uno encuentra todos los ejemplos. Es decir, creo que el concepto del narcisismo – que no he hecho una lectura de rastreo, pero entiendo que se origina en Freud y tiene todo un desarrollo en la psicopatología psicoanalítica posfreudiana – es un concepto sin el cual es muy difícil entender la política actual en el mundo, por ejemplo.

En ese sentido, podemos decir que el narcisismo no existe, pero que permite una interpretación de…

El concepto psicoanalítico de narcisismo, quizás para este no tengamos la evidencia científica, entre comillas, pero creo que es útil incluso fuera del consultorio. Entonces, sí creo que incluso se usa. Es decir, mucha gente utiliza el concepto narcisista para describir la personalidad de estos líderes, y no le reconocen al psicoanálisis.

Pero ahí, digamos, me queda la duda de… Bueno, tú acabas de esgrimir, o de revelar, en realidad, cómo te da rabia y cólera. Yo me pregunto pensando desde el ‘sentido común’… para dejarme entender, pondré un ejemplo: es muy común que en las cenas navideñas llegue el tío de la familia, o el cuñado, a decir en una discusión de sobremesa que científicamente se ha demostrado que…’, y con el adverbio científicamente, asume que lo que va a decir es fulminante en esta construcción argumental, y es un punto final. Quiero decir, por una cuestión cultural, muchas veces colocamos un estatus a la Ciencia que es problemático a nivel epistemológico (la filosofía de la ciencia reflexiona sobre estos puntos, por ejemplo). Espero no se me malentienda, porque evidentemente la Ciencia es vital, pero, desde una postura que sacraliza menos a la Ciencia, me pregunto por qué no podría ser suficiente que entendamos al psicoanálisis, no como un sistema de postulados, de verdades fácticas, sino como un sistema conceptual que permite generar sentidos en la vida de las personas.

Yo no tengo ningún problema con eso último. El tema es que en la historia del movimiento psicoanalítico, esa no ha sido la posición. La posición es que se trata de enunciados empíricos, fácticos, validados, y nos reforzamos entre nosotros esa creencia. Entonces, yo estoy de acuerdo con tu posición. Sí, pienso que se podría revisar que tengan que constituir necesariamente un sistema. Tengo una idea más fragmentaria.

Más archipiélago del continente.

Eso, más archipiélago del continente. Para mí los conceptos psicoanalíticos son como piezas de rompecabezas distintos, que no necesariamente tienen que encajar. A veces pueden encajar unas u otras.

Yo lo pensaría, si me permites, como un gran rompecabezas de la psique, del cuál nos faltan piezas. Pero es un postulado, ¿eh?

No, eso no es un postulado, eso es un acto de fe.

Claro, sí, de acuerdo.

Yo soy alguien más posmoderno, en el sentido de que yo considero que no hay el gran rompecabezas.

No hay una totalidad.

Puede haber una totalidad, pero que la podamos conocer no lo sé.

En eso podría estar de acuerdo.

Entonces, que haya una totalidad es una cosa, pero sí creo que los diferentes desarrollos psicoanalíticos no tienen por qué formar una gran imagen donde todo encaja. Ahora, sobre el asunto de mi enojo, también tiene que ver con que, y bueno, tú también eres terapeuta psicoanalítico, yo creo que a quienes trabajamos en terapia psicoanalítica, y más aún a los terapeutas jóvenes que van a continuar trabajando en esto, creo que nos hace daño la mala fama científica de nuestra disciplina. Porque incluso uno ve en el mundo de la salud mental cómo se va marginando al método psicoanalítico frente a otras propuestas. Y creo que esa es una pelea que tenemos que dar. En ese sentido, esa pelea se da en dos frentes. Uno es el frente de rescatar aspectos de la teoría, que yo creo que vale la pena usarlos, pero repito, en diálogo con otras disciplinas. Pero el otro, que es muy importante, es mostrar que la terapia psicoanalítica puede ayudar y cómo puede ayudar. Sin embargo, de nuevo, yo no creo que el propio psicoanálisis sea el que pueda hacer este trabajo, sino que creo que ese es el trabajo del campo llamado investigación en psicoterapia. Y sí estoy convencido de que la terapia psicoanalítica ayuda a muchas personas y que es cuestión de que seamos capaces de mostrarlo.

¿Cómo sabes que la psicoterapia ayuda? Porque ahí, digamos, mi re-pregunta sería, ¿ese también podría ser un salto de fe o que uno lo considere?

Sí, es que es una convicción particular. Es decir, digamos, es porque a mí me ha ayudado, porque ha ayudado a personas cercanas a mí, y porque creo que ha ayudado a algunas personas que han recurrido a mí. No a todas, pero a muchas. Entonces sí, yo tengo esa convicción. Pero es por una experiencia personal.

Ahí pienso en Erich Fromm, que habla de la diferencia entre una fe dogmática y una fe racional. Y para mí el psicoanálisis, en ese sentido, yo lo asumo así: La propuesta psicoanalítica es una fe racional.

Pero sería una fe racional en el método, más que en los conceptos.

Claro, ¿tú tienes esta idea como para retomar el tema – de que hay que separarlos?

Sí, yo considero que es bien importante separar. Una cosa es la terapia psicoanalítica, ¿no? Y entender, digamos, repito, mi experiencia ayuda. Y mostrar cómo ayuda. Y la otra es esta maravillosa… Dijimos el otro día la palabra enjambre. Ese maravilloso enjambre de conceptos psicoanalíticos, que son fascinantes y que está bien conocerlos, enseñarlos y mantenerlos como un legado, pero, al mismo tiempo, mantener una posición distante acerca de su facticidad.

Y para ti qué es quiero hacer aquí como el énfasis de que cuando tú haces la crítica a la metapsicología y al dogma metapsicológico, estás hablando como una crítica, no a la metapsicología como herramienta útil, sino más bien a la pretensión de que la metapsicología es una verdad fáctica y que realmente el superyo está allí

O el inconsciente.

Sí, claro, la idea del iceberg, que lo malo es que se entiende de manera literal.

Como ‘cosas del mundo’.

Como cosas del mundo, sí, tal cual. Pero, ¿qué es lo que queda, quitando la metapsicología, de psicoanalítico en el método psicoanalítico?

Al escribir este trabajo, que se publicó en el marco de la revista Pulsión – por lo que agradezco a los editores – llamado “¿Cómo ayuda el psicoanálisis? Las dos vías de la terapia psicoanalítica” (Herrera, 2023). Tratando de contestar un poco qué es lo propio, más que lo-psicoanalítico-mismo, como si de una esencia se tratase, ¿en qué se parece lo que hacemos aquellos que trabajamos con orientación psicoanalítica? Yo señalaba ahí, por un lado, que son cosas que vienen de Freud. Es decir, creo que esta emoción de hacer consciente lo inconsciente, que esa fórmula tan clásica, tiene algo de eso. Es decir, el asumir que mediante el autoconocimiento, experiencial, vivencial, en el proceso psicoterapéutico, se logra un cambio. Y en ese sentido, tenemos un dispositivo, el encuadre psicoanalítico que facilita eso y donde tenemos una posición de espera, digamos. Por ejemplo, el paciente es el que saca y uno espera y ve qué va pasando, no tenemos un plan de lo que va a ocurrir en la sesión o en el proceso, y sin embargo estamos atentos para encontrar conexiones de las que el paciente no se da cuenta, ayudarlo a integrar aspectos de sí mismo en su representación intersubjetiva. Y, por otro lado, este otro aspecto más relacionado a la interacción y al vínculo terapéutico, que cada vez tengo más la convicción de que es algo que juega un papel muy importante en todo proceso psicoanalítico. Es decir, que mucho tiene que ver con la experiencia misma que tiene el paciente en la interacción con el terapeuta, no en los cálculos que se pueden dar ahí.

Lo que se llama lo relacional.

En general, sí, digamos.

Antes de entrar por ese lado, pensaba en esta pregunta que te hice hace un momento, en el sentido de que se ha intentado debatir y encontrar cuáles son los métodos específicos, lo indispensable para que un proceso sea psicoanalítico y que no sea de otra corriente. Comúnmente se hace alusión a lo que actualmente se llama asociación libre, que tú prefieres traducirlo como ocurrencias libres. También, por ejemplo, al tema del encuadre o sobre el diván o no el diván, sobre la frecuencia, el tiempo, incluso. Lo más famoso es los lacanianos haciendo su corte en el momento en el que se supone que se percibe que ha surgido el inconsciente. En cuanto a esos elementos, ¿tú consideras que algunos son elementos indispensables como para llamar práctica psicoanalítica o más bien pensarías que son más dispensables?

Tú vienes de la filosofía y allí me ayudó un filósofo para contestar esa pregunta. No es que conozca en profundidad, pero es un aspecto de su pensamiento que aquí he accedido más bien por temas de lingüística cognitiva, que es Wittgenstein. En las Investigaciones filosóficas [1953], cuando habla de los juegos del lenguaje, y él habla de los parecidos de familia. Es decir, que no hay tal cosa como una esencia, como características que tengan que estar. Y creo que esa sería mi respuesta. Digamos, creo que en lo que hacemos, las personas que trabajamos psicoterapéuticamente, en la psicoanalítica, hay parecidos de familia, pero no hay cosas que tengan que estar en todos. Entonces, no me atrevería a decir, que estas cinco son las que tienen que estar para que algo sea psicoanalítico.

Y regresando a esta división que hacías, porque tu respuesta de la pregunta de cómo ayuda el psicoanálisis, es, por un lado, la autoconciencia, el insight

El autoconocimiento.

El autoconocimiento…

Proporcionado por las interpretaciones del analista, pero también por el propio trato y la propagación. Y por otro lado está lo relacional.

Pensaba yo en que, no sé si es que estarías tú de acuerdo con el hecho de que en ambos casos lo que es transversal, lo que les une, es la búsqueda de la repetición.

¿En qué sentido?

En el sentido de que, por lo que entiendo, bueno, en el caso del autoconocimiento me queda clarísimo. A través de la interpretación se pueden develar patrones.

Ah, ya. Sí. Que se repite la interpretación del mismo contenido en diferentes contextos.

Exacto, ¿no? Porque Freud diría la pulsión de muerte y…

Creo que Freud diría la ‘compulsión a la repetición’ y en el capítulo en el que dice ‘lo que sigue es especulación y que muchas veces va muy lejos, y el lector decidirá’, ahí es que mete la pulsión de muerte.

Y claro, pero en la parte relacional también está el asunto de encontrar la repetición de patrones y por medio de la relación como no hablada, generar rupturas.

Claro. Podría ser, digamos, hay un… Es un punto de encuentro. Hay un analista relacional que me parece interesante, Donnel Stern, no Daniel, sino Donnel, que considera que la transferencia es como una relación rígida, una repetición rígida, una incapacidad de abrirse a nuevas maneras de relación. Y que en el trabajo con el terapeuta, con el analista, eso va cambiando. Ahora, como veíamos ayer en clase, que era un texto de Mitchell, un analista relacional, esto no significa que uno, como psicoanalista, como psicoterapeuta, se exima del trabajo de la comprensión y simplemente deje que las cosas pasen. No. Estamos permanentemente atentos a qué va pasando, ya sea que ocurra en ese momento o después de que ocurra. Entonces, sí hay un trabajo riguroso e implica un gran respeto del encuadre también.

Es que ahí justo es un tema donde puedo relacionar para mí, porque para mí una de las cosas que define la postura analítica es justamente que tu paciente puede tener el derecho de no estar siendo consciente de lo que está diciendo, pero tú no tienes el derecho a no ser consciente de lo que estás…

¿Se podría agregar una palabra ahí? Diría ‘no tienes el derecho a no intentar’.

De acuerdo. A no intentar comprenderlo. Estoy totalmente de acuerdo. Porque incluso hasta tu contratransferencia…. Pero claro, tú tienes que ser consciente. Y a veces desde lo relacional me da la impresión de que hay como esta cuestión… simplificando mucho como muy desde las buenas intenciones y tratar bien al paciente y, sí, quizás en algún momento se exacerbó la rigidez desde quienes se posicionan más en el lado de la interpretación, pero me parece que hay quienes en lo relacional a veces hay un peligro de que se piense que ‘en lo relacional se puede casi todo’.

Yo creo que más que un tema de tratar bien es un tema de autenticidad. Creo que es un tema de autenticidad más que de tratar bien. No es tanto… Creo que ahí hay un prejuicio respecto del psicoanálisis relacional que quizás lamentablemente puede ser también producto de cómo alguna gente ha asumido ese paradigma: como un ‘Todo vale. Y todos nos amamos’. No, no, no es eso. Es fundamentalmente si quieres… Básicamente, en mi caso – luego de haber visto cambios en pacientes y tratando de entender por qué se dieron – es… lo típico sería que en un congreso me presento y digo ‘sí, los cambios se dieron porque en la sesión 36 le interpreté la fantasía de ataques a la madre’… pero a veces me he preguntado ¿realmente qué hice? ¿Qué le dije? Y me pongo a pensar si no es más el efecto silencioso de muchas cosas que se fueron dando a través de las sesiones y que muchas son inducidas por cosas que el propio paciente genera y que luego se llevan.

Intentando ponerme un poco de abogado del diablo, desde este otro lado de la autoconciencia

… Autoconocimiento. Yo he usado autoconocimiento aquí. Si te pones autoconciencia le da otro matiz. Porque conciencia introduce un fenómeno psicológico. Sí. El autoconocimiento es más menos ambicioso.

Ya... Pero hay un fenómeno que es la conciencia, ¿no? Digamos, estás viviendo tu conciencia ahora que estamos hablando, estás consciente de que estás en este lugar

Depende de cómo usemos la palabra conciencia. Creo que la palabra conciencia pertenece a otro ámbito teórico, que autoconocimiento, me parece, menos.

Entiendo. Entonces, el asunto del autoconocimiento me pregunto, jugando a abogado del diablo, pensando en algunas críticas que se plantean, en qué se distinguen las interpretaciones de las sugestiones, ¿es posible una sin la otra?

Bueno, tratamos que no sean sugestiones. Es decir… si bien en el curso hemos dicho que la idea clásica de la interpretación verídica que ‘le chunta’ a la verdad del paciente es cuestionable cuando tomamos a autores como Spence que habla de la verdad narrativa… al final la posibilidad de la influencia de la sugestión no la podemos descartar. En este sentido, se esperará que tengamos un partner que sea capaz de cuestionar lo que estamos le diciendo para evitar eso.

Una última pregunta… el asunto de qué… es que al final nunca sabemos con certeza si el paciente está mejorando… si es que hay algo que realmente esté cambiando en su psique o si más bien… no. Peor aún, incluso asumiendo que sí, no sabemos el porqué.

No pues. Ninguna de las dos las sabemos, pero al menos hagámonos la pregunta. Que sea importante. Esto está ayudando a esta persona… cómo y por qué. El problema es que hay una exigencia a nosotros desde afuera de demostrar eso. Quizá desde la sesión no lo podemos evaluar, pero, aquí en Perú tenemos esta situación particular de que la psicoterapia es un privilegio de sectores medios y altos…

Totalmente

En otros países, donde la psicoterapia está más socializada, son entidades públicas o seguros las que financian la psicoterapia. Allí sí se nos obliga, se nos exige una evidencia de que lo que estamos haciendo vale la pena de que se financie. Eso nos coloca en un desafío muy fuerte. Allí es donde creo que la investigación en psicoterapia es importante. En ese sentido – voy a decirlo – tengo fe en que lo que hacemos ayuda y que si se hace una investigación en psicoterapia adecuada se puede demostrar que sí.

 

Referencias bibliográficas:

Herrera, Marcos (2014) “Ficciones epistémicas o utensilios hermenéuticos: acerca del estatus de los conceptos psicoanalíticos”. En Bettocchi, Bárbara & Raúl Fatule Una visión binocular. Primera edición. Fondo Editorial PUCP: Lima, Perú.

Herrera, Marcos (2023) ¿Cómo ayuda el psicoanálisis? Las dos vías de la terapia psicoanalítica. Pulsión. (1), 4-13.

¿Qué es el psicoanálisis para un (casi) egresado del CPPL?

Giancarlo Portugal, psicoterapeuta en formación de la promoción 39 del CPPL

 

El psicoanálisis es, me parece de manera preliminar, una fenomenología con dimensión práctica.

 

Han sido 4 los años de una formación que deja huellas conscientes en la vida de una persona. Ciertamente, se dice rápido afirmar la cantidad de años. No expresa todo el conjunto de vivencias que uno lleva consigo. Decir 8 ciclos académicos tampoco parece representar, en su totalidad, la carga. De la misma forma, hablar de 96 meses – aunque impacta más – no condensa lo atravesado. Quizá, en ese sentido, aunque irónico, las palabras (¡y los números no dejan de ser lenguaje!) solo muestran parcialmente y ocultan más de lo que uno quisiera.

Al iniciar la formación, uno no deja de preguntarse qué es el psicoanálisis. La respuesta corta podría ser afirmar, con certeza, que es una forma de psicoterapia. Quizá, desarrollando más o apelando a más precisión, podemos decir que es una psicoterapia que afirma la existencia del inconsciente y que apuesta por una asociación libre a través de un Otro que ha tenido su propio proceso analítico y que permite pensarse diferente sin que ello apunte a una sugestión. No obstante, aún así – permítase decir – queda corto lo expresado. Nuevamente, las palabras no muestran la totalidad, ocultan parte de lo valioso. Aún así, tras estos años de formación, me queda claro que el psicoanálisis puede vivirse.

Entonces, intentando hacer el esfuerzo, ¿qué es el psicoanálisis para alguien que se forma en este? Antes de responder, me doy la licencia de centrarme un momento en la cuestión de la formación en psicoterapia psicoanalítica. Esta está sostenida no solo en lo académico, que es un primer pilar que, como todo pilar, es de vital importancia. Está también sostenida en un análisis personal de dos veces a la semana, un segundo pilar, que se vive en el consultorio y en la cotidianidad. Asimismo, las supervisiones son un tercer pilar que no puede subestimarse, pues no deja de ser, para muchas personas, la primera aproximación a intentar comprender qué sucede allí, en la sesión, a través de la generosidad de colegas que comparten una aproximación psicoterapéutica y que comparten sus fragilidades e insuficiencias, pero con esperanzas de aprender, de identificarse con personas que supervisan porque, un momento, no supieron y lo aceptaron. Menciono todo esto, porque para quienes venimos de espacios académicos el psicoanálisis, en la formación, se revela no como un conocimiento teórico, sino como una forma de aproximación a la vida, pero con una posibilidad práctica muy particular y diferenciada a otras prácticas profesionales.

El psicoanálisis es, me parece de manera preliminar, una fenomenología con dimensión práctica. La práctica psicoterapéutica que ejercemos se basa en la percepción y, desde esta capacidad de, especialmente, escuchar y observa al Otro elaboramos hipótesis metapsicológicas a partir de conceptos de una tradición occidental muy concreta. Esta tradición tiene conceptos que hemos heredado y ejecutamos como herramientas de trabajo: pulsión, inconsciente, transferencia, repetición, Yo, Superyó, Ello, entre muchos otros que tenemos desde Freud hasta los relacionales, pasando, claro, por Klein, Winnicott, Bion, Lacan y más. Podemos, en ese sentido, decir que manejamos una terminología que – aunque sé que con diferencias conceptuales por supuesto – nos permite traducir las prácticas del Otro en el consultorio. Así, desde esta traducción, comunicamos – cuando creemos pertinente – una apuesta amable en forma de interpretación que le permita a ese Otro hacer consciente lo no sabido de sí mismo. De igual forma, desde dicha traducción, nos permitimos poner en el consultorio un conjunto de prácticas relacionales que le den al Otro una forma de vivirse diferente al que ha repetido. Para cerrar esta lectura de nuestra disciplina, vale recordarlo, nuestra traducción tiene una esperanza que considero irrenunciable: el cambio psíquico.

Esta ha sido mi respuesta condensada tras la experiencia de formando. Sé que cada colega egresante tendrá la suya. Así, creo que ninguna será completa y, antes bien, podrían, en el mejor de los casos, ser complementarias. En cualquier caso, serán valiosas. No obstante, sí creo que, al margen de la respuesta tentativa, hacerse la pregunta sobre eso que define al psicoanálisis, siendo psicoterapeutas, es una pregunta a repetirse sin compulsiones, pero con anhelo de acabarla, aunque dicho objetivo, muy probablemente, no sea posible. Recuerdo aquí el espíritu investigativo de Freud, quien, aunque afirmaba constantemente que era necesario que quienes le seguían sigan investigando, nunca renunció a la posibilidad de la verdad de comprender la fantasía del Otro y comunicarlo de manera académicamente rigurosa. Me queda, así, solo agradecer estos años y homenajear, humildemente, a la Escuela y a quienes la conforman con un intento de responder con las herramientas conceptuales que me han brindado desde la honestidad de su interés por reproducir a nuestra disciplina.

 

Pulsión de vida en momentos caóticos

Lourdes Schutte, egresada de la promoción 35 del CPPL

 

Freud, en su obra “Más allá del principio de placer”, revisa y cuestiona el principio de placer, explica la compulsión a la repetición y reformula la teoría de las pulsiones describiendo el dualismo pulsional final entre pulsión de vida (Eros) y pulsión de muerte (Tánatos). Dualismo que, sin duda, acompaña al ser humano durante toda su existencia.

La presencia de ambas pulsiones está constantemente “ligadas” en la vida cotidiana, y se entrelazan vivencias desde una realidad donde, a simple vista, parece tener el protagonismo Tánatos.

¿Cuáles serían, entonces, algunas columnas que nos sostienen en medio de una atmósfera tensa y contaminante que abarcan aspectos políticos, económicos, sociales, ambientales, educativos y de salud que atravesamos?

Probablemente la vida en grupo sea una experiencia que contribuye a organizar nuestras vidas en medio del caos. ¿Cuándo está presente la pulsión de vida? Cuando nos juntamos con otros a vivir distintas experiencias: cantando, conversando, asistiendo a encuentros con gente amiga o a tomar un café con aquellos que dejamos de ver en algún momento. Cuando alguien comparte en alguna red social un momento triste o una pérdida y encuentra compañía en las respuestas sostenedoras de los demás. Cuando nos vamos dando cuenta lo que implica vivir con otros. Cuando ciudadanos indignados se organizan para exponer sus reclamos frente a la ausencia de condiciones básicas de vida como seguridad, equidad y presencia del estado. Cuando se instauran sistemas solidarios en una realidad en donde lo colectivo se vuelve imprescindible para la autoconservación. Cuando las redes de apoyo vecinales cubren las necesidades más urgentes e inmediatas como es el caso de las ollas comunes. ¿No es acaso esto una forma de amor colectivo?

Enrique Pichon-Riviére, consideraba a los grupos espacios de aprendizajes y transformación. En su libro “El proceso grupal” (2008) nos dice:

Definimos al grupo como el conjunto restringido de personas, ligadas entre sí por constantes de tipo y espacio y articuladas por su mutua representación interna, que se propone en forma explícita o implica una tarea que constituye su finalidad.

Los conjuntos sociales se organizan en unidades para alcanzar mayor seguridad y productividad. La unidad grupal tiene en muchos casos la característica de una situación espontánea. (p.209)

Hace algunos días, caminando por las calles de Lima no pude dejar de observar diferentes grupos:  danzantes de toda edad, músicos contagiando melodías, familias diversas. Gente unida por alguna actividad deportiva o artística, alumnos y profesionales compartiendo conocimientos, grupos de vendedores, devotos, curiosos, comensales, etc.

Estos grupos estaban impregnados de dinamismo, de un ánimo particular, quizá eso hace posible que existan agrupaciones más diversas aún, personas que tienen algún tipo de enfermedad y se unen para transitarla juntos, así también están los que comparten un tipo de circunstancia o experiencia de vida como los familiares de gente privada de libertad.

Las agrupaciones casi siempre sostienen un propósito que se despliega con la presencia y aporte de cada participante, naturalmente surgen lazos que conducen a una mutua protección y cuidados.  Así lo describe también Clarissa Pinkola, en “Mujeres que corren con los lobos”, una loba por muy enferma, acorralada, sola, asustada o debilitada que se sienta se acercará a los demás en busca de la protección de la manada.

Muchas veces dentro de los grupos se van creando espacios que se convierten en refugios empáticos, donde se escucha y se huele al otro, en ese olfateo emocional se crean círculos testimoniales de una práctica plena de alteridad.

En el desarrollo de las vivencias comunitarias se despliega esa energía libidinal capaz de crear vínculos que perduran a través del tiempo. Podemos observar a nuestro alrededor el continuo interés en participar de grupos, es como una energía viva que alimenta y se desarrolla. En los diversos círculos que se forman se va experimentando un sentido nuevo: el sentido colectivo, dando lugar a la imaginación, a intercambiar sueños, a crear algo nuevo.

Las pulsiones de vida se anidan en las construcciones colectivas entre seres humanos, aunque sean complejas, se van sosteniendo en la unión, la creación y conservación de la vida. Dentro de estas construcciones colectivas podemos transitar diversas emociones, seguramente alumbradas por la alegría de la fraternidad y la esperanza de lograr una integración.  Recordemos siempre que el caos no ha logrado apagar la vida grupal.

 

…De vez en cuando la vida
Afina con el pincel
Se nos eriza la piel, y faltan palabras
Para nombrar lo que ofrecen
A los que saben usarla

 (J. M. Serrat)

Sobre adultos mayores ¿lo leo?

Mg. Olinda Serrano de Dreifuss – Docente, supervisora y directiva del CPPL. Coordinadora de la cátedra de técnica y supervisión.

 

Con mucho gusto he participado recientemente o hace dos meses en el congreso brasilero titulado “Baby Boomers: una generación que desafía el tiempo”.

Efectivamente, algunos de nosotros pertenecemos a una generación, así llamada Baby Boomers, que ha pasado por muchos cambios y transformaciones. Seguramente, muchos hemos recibido los últimos videos que muestran cómo vivíamos nuestra niñez, adolescencia y adultez con comparaciones que señalan usualmente nostalgias y ventajas de antaño, como trayendo aquello de que “todo tiempo pasado fue mejor”. Esta frase contiene un gran desafío pues puede ser la contraparte del edaísmo, esa actitud que desvaloriza a los adultos maduros. En general, en esos videos se transmiten situaciones presenciales, interactivas y lúdicas, muy distantes de las formas actuales de conectividad y complejidad, frecuentemente del orden más bien del play que del game. Sin embargo, podemos mirar también el paso del tiempo dando la bienvenida a muchos cambios que han sido favorables como el hecho de que ahora las comunicaciones a distancia se han facilitado notablemente. Y en pandemia, por ejemplo, la tecnología sin duda nos sostuvo o nos facilitó sostenernos.

Quisiera decir que lo actual no es mejor ni peor que lo pasado, lo antiguo; que cada época tiene sus características propias y otras invarianzas humanas y sociales como los conflictos y las guerras que son constitutivas de lo social, como lo son el amor, la solidaridad y la esperanza. ¿Qué si estamos en una situación apocalíptica desde el calentamiento global o la inteligencia artificial? Sin duda, son grandes preocupaciones. Por supuesto que podemos tener una visión, sin duda adecuada, de una realidad confusa, peligrosa, corrupta y perversa, a nivel nacional, latinoamericano y mundial, pero a lo mejor eso sería una visión parcial de la realidad.

Las migraciones constituyen un tema cada vez más presente y complejo, que implica múltiples vivencias de duelos y descubrimientos, de novedades, acomodos y otros reacomodos que posibilitan transformaciones. Nuevas formas de vínculo aparecen o mejor dicho las inventamos en esas circunstancias y otras maneras de ser se conservan aún en las migraciones. Podríamos pensar entonces que nuestra generación de Baby Boomers, con tantos cambios vividos, es también migrante en el sentido temporal; somos desplazados en el tiempo con variable y tal vez melancólica resistencia o con cierto entusiasmo y adaptación vital. La migración de la era analógica a la era digital marca un aspecto muy importante porque se relaciona con todos los otros aspectos de la vida humana individual y colectiva, y en ese sentido se nos considera una generación “puente”.

Así, nos van surgiendo temas específicos para pensar y dialogar como el paso del tiempo, la percepción subjetiva de nuestro tiempo, la finitud no sólo personal sino de la especie, los vínculos y su valor constitutivo en el desarrollo, el enfermar y el curar y curarse, es decir la forma de envejecer, el lugar de la creatividad y el arte, la política y sus posibilidades y riesgos a la larga -pero qué medida de tiempo es esa- de destrucción de la especie. En todo este panorama, ¿cómo se ubica el psicoanálisis desde la teoría, la psicopatología y nuestro oficio hoy, ejercido frecuentemente a través de una pantalla?

Decíamos que el psicoanálisis, tanto respecto a su elaboración teórico-clínica como respecto a su quehacer y función institucional, se encuentra con el desafío de dar un espacio explícito a los adultos maduros y a asumir el estudio, la investigación y la formación que implica atender a pacientes mayores tanto cuando los terapeutas son jóvenes como cuando pacientes y terapeutas son maduros.