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Reseña del libro de Estela Welldon: “Sex Now, Talk Later”

Laura Soria T. (2018). En Intercambio Psicoanalítico, Vol. VI, N° 2. Pág. 93.

 

Las 144 páginas del libro de E. Welldon (2016), Sex Now, Talk Later, dedicado a su “maestro y mentor” Horacio Etchegoyen, está agrupado bajo un prólogo y nueve secciones, cuyos títulos son los siguientes: prólogo: la muñeca inflable; uno: introducción; dos: satisfacción sexual sin palabras; tres: punible por ley externa y/o interna: clamor público o íntimo; cuatro: violación y abuso sexual en la niñez; cinco: qué tienen las mujeres que no tengan los hombres; seis: una cuestión de pornografía; siete: la prostitución femenina en las películas de Hollywood; ocho: comprender en vez de juzgar el homicidio yendo a la ópera; nueve: conclusiones.

En el prólogo, la muñeca inflable se convierte en un personaje sobre el cual, Welldon nos pide atención. En un caso, como regalo de los padres a un chico de catorce años, que podría considerarse como, según Welldon, una forma de “salvar a su hijo adolescente de algún daño potencial en una relación romántica, pero no tenían la presencia de ánimo de hablar de ello” (Welldon, 2017, pág. 2). En otro, como ejemplo de la “deshumanización y cosificación de la muñeca, tratándola como si fuera una mujer real” (pág. 4). En ambos casos, la propuesta de Welldon es llevarnos a pensar sobre la trama de significados que puede conllevar situaciones o prácticas sexuales donde los actores centrales se enfrentan a la posibilidad de hablar sobre ello, o no, durante el acto. Welldon nos invita a tratar de comprender algunas prácticas sexuales consideradas como “inusuales y extravagantes”.

En la Introducción, Welldon fija como propósito del libro el de brindarnos ideas y percepciones que nos permitan reconocer la diversidad de capas de significados en “situaciones sexuales” que puedan encontrarse en la vida cotidiana. Y, cómo estas “prácticas sexuales inusuales” se encuentran intensamente vinculadas con la intimidad, o falta de ella, y tienen un origen temprano: relación madre – bebé, e incluso antes cuando el bebé está en la matriz.

Welldon construye, y quizá también “deconstruye”, los argumentos teóricos desde la iluminación de las ideas con pasajes o viñetas clínicas. En ese proceso, ella logra abordar temas técnicos, alrededor, por ejemplo, de la transferencia y contratransferencia, y metapsicológicos. Respecto a este último, ella se adhiere a una concepción de la “mente habitada por tres estructuras diferentes, que interactúan constantemente para regular la expresión de nuestras emociones” (pág. 17). Estas son, el Ello (id), el Super-yo (superego) y el Yo (ego).

 

[Dejar atrás] La tristeza cultural

Alcira M. Alizade (1998).  “La tristeza cultural”. Cap. 5 Vida cotidiana de las mujeres solas. En: La mujer sola. Ensayo sobre la dama andante en Occidente.

“[…] La mujer que ha logrado estar bien sola no depende únicamente de los suministros ajenos para su bienestar. Sabe procurarse compañía en el mundo y cuidar su guarida, de donde extrae elixires de vida. La soledad tranquila es un gran bien. La mujer se desprende de lo imperativos sociales degradantes y explora su estado de soledad. Encuentra en él una felicidad que le fue largamente negada por las condiciones socioculturales de existencia. Disfruta el paisaje nuevo que la cultura le ofrece y hasta puede exclamar aliviada: “¡Al fin sola!” Está sola por elección y libre albedrío.

Cuando la mujer se muestra sola, no hay ningún ser a su lado. Esta forma puede llamarse “estar sola expuesta”. Expuesta a la mirada del otro, al comentario público, a los prejuicios. Cuando la presión social cultural desmerece su condición de sola, la situación se hace más difícil y la tristeza cultural puede anidar en sus sentimientos. “Sola como un perro”, decía una mujer de sí misma mientras vivía su viudez denigrada.

Que una mujer habite sola por fuera no significa que viva aislada. ¡Las mujeres solas suelen cultivar maravillosos vínculos de trabajo, de solidaridad, de amistad, de ocasional convivencia! La sublimación, ese especial destino pulsional, la conduce a explorar el arte, la ciencia, el turismo, los clubes, los deportes, los negocios, los idiomas…

Muchas mujeres se las ingenian para no perder la soledad. Les encanta, nadan en ella como pez en el agua. Estar sola tiene gusto a independencia. La mujer se detiene en las veredas de la vida y considera su condición de sola en su ancha magnificencia. No se apresura en correr al primer amparo que la sustraiga de esa condición. Por lo contrario, se solaza en ella y la trabaja. Trabajar la soledad consiste en recorrerla, transitarla, tropezar y avanzar nuevamente.

Al liberarse del peso agobiante de la tristeza cultural, descubre la liviandad de la travesura, la posibilidad de la conquista. Se descubre dueña de sí para salir en busca de los afectos y objetos apropiados (acompañantes para una reunión, amantes para la vida erótica, amigos para las tertulias, amigas, dinero, etc.). El desafío, al principio, produce temor y vergüenza: más tarde, enfrentado ya, contento e hilaridad. Es un aprendizaje para la libertad.

¿Quién le teme a la mujer sola? Las propias mujeres “no solas” suelen mirarla con una mezcla de recelo, lástima y envidia. Marginada de los espacios sociales y reuniones que son solamente “para parejas”.

Que se abra la puerta y pasen, agrupadas, las mujeres solas en sus diferentes situaciones vitales: separadas, solteras, viudas, casadas… […]”

Jorge Gorriti nos comparte su experiencia en la formación en Psicoterapia Psicoanalítica

Cuéntanos un poco de ti, ¿Cuál es tu profesión?

Me formé como economista en la PUCP y he tenido la fortuna de haber trabajado 37 años con programas y proyectos de producción, servicios e infraestructura para la mejora de la calidad de vida de la población campesina de menores recursos. Formé familia y tengo un hijo que está cursando su penúltimo año en la carrera de arquitectura. El ambiente familiar de estudios me animó hace algunos años a cursar y concluir una maestría en filosofía, ética y política en la Universidad Ruiz de Montoya, experiencia que me permitió repasar y conocer de manera sistemática las preguntas que como seres humanos solemos hacernos sobre nuestro lugar en el mundo, así como los mil y uno intentos de los filósofos por responderlas, descubriendo  que  cada  respuesta -siendo un  paso

más en el conocimiento- será siempre insuficiente y se abrirá a nuevas inquietudes.

¿Por qué decides estudiar Psicoterapia Psicoanalítica?

Tuve muchos años de procesos psicoterapéuticos, reconstruyéndome, fortaleciéndome y comprendiendo mi lugar en la sociedad. Desde la filosofía, la crítica del pensamiento moderno que sustenta la cultura en la que estamos inmersos -realizada por filósofos como Nietzsche y Foucault- asociada a la filosofía del reconocimiento abrió en mi mente nuevas inquietudes, pero esta vez dirigidas a mi propio proceso. De alguna manera soy beneficiario de un psicoanálisis que al igual que la filosofía no deja de plantear siempre preguntas. Para mí, la formación que he iniciado este año será el lugar de encuentro del proceso de conocimiento y de mi inacabable búsqueda personal. Cuento además con grandes incentivos adicionales: el cálido grupo humano que hemos conformado para este viaje de formación y la posibilidad de seguir sirviendo a la sociedad desde mi renovado ejercicio profesional.

A partir de tu experiencia en la formación, ¿cómo sientes que ella se relaciona con tu ejercicio profesional?

En términos laborales he tenido que hacer ajustes que me permitan concentrar mi atención en la formación, la cual es demandante, tanto en dedicación como en movilización de sentimientos. Creo que la mayor contribución en cuanto al ejercicio profesional viene dada por una creciente capacidad de hacer empatía.

¿Con qué expectativas iniciaste la formación? ¿Cómo te sientes ahora después de casi culminar el primer ciclo?

Intuía que la experiencia iba a ser distinta a la de la maestría y estuve en lo correcto; el grupo humano es fundamental pues además de ser el lugar del aprendizaje e intercambio, sirve como espacio para el diálogo y soporte de afectos. Los procesos de análisis y supervisión son importantes, sostenedores, enriquecedores. La estructura de la currícula está bien diseñada pues permite avanzar con materias que se retroalimentan; la calidad y calidez de los profesores y el personal administrativo convocan el sentimiento de pertenencia e invitan al estudio.

¿Cómo imaginas que serán los próximos 3 años y medio?

De un esfuerzo creciente, nuevos conocimientos, nuevas experiencias, preguntas y más preguntas. Dificultades y superación de las mismas. Creo que los nueve que somos tenemos la energía y entereza para seguir siendo -al final de los tres años y medio- los mismos, pero mejores.

Pensando con Berenstein…

Silvia Rodríguez – Egresada Promoción XV.

 

Isidoro Berenstein sostiene que la subjetividad se constituye por lo representable, aquello del objeto que viene a inscribirse en los sistemas mnémicos. El proceso de la representación tiene su inicio con la inscripción de un acontecimiento (Huella mnémica) cuando se recatectiza la huella mnémica pasa a constituirse en representación cosa, ambos sucesos se dan en el sistema inconsciente. Cuando la huella mnémica se asocia a una imagen verbal adquiere una cualidad especifica de la conciencia y se constituyéndose en representación palabra. Este suceso se da en los sistemas pre-consciente y consciente formándose de esta manera nuestro mundo de representaciones. Otros ejes importantes en la construcción de la subjetividad es lo irrepresentable (lo que ocupa un lugar en el psiquismo a pesar de que no entra en el ámbito de la representación) y lo que Berenstein denomina como nuevo, es decir la inscripción en el psiquismo de algo que antes no estaba. El mundo representacional no se  termina  de constituir  en  los  primeros años, sino que es un proceso que se puede dar en diferentes momentos de la vida.  Es por esto por lo que nuestras concepciones sobre el mundo cambian, y que se producen cambios en nuestro interior. La teoría del vínculo plantea que la inscripción que se realiza en los sujetos del vínculo, producto de este, requiere aquello del otro no cubierto por la representación o que excede al objeto proyectado, a esto Berenstein denomina como lo ajeno. Es gracias a nuestro encuentro con lo ajeno, y las nuevas inscripciones que se generan por este encuentro, que en nuestros psiquismos se producen cambios y devenimos en otro.

Aceptar la presencia de lo ajeno no es fácil, es por esto, por lo que se dan situaciones en donde se buscaría suprimir al otro como una producción humana especifica. Una forma extrema de aniquilación de lo ajeno y de la subjetividad del otro es la eliminación de los sujetos registrados como otros. Lo que se busca es borrar las diferencias y que permanezca solo lo semejante. Sin embargo, Berenstein plantea otro camino frente a lo irrepresentable y es el reconocerlo como novedoso, poder aceptar la incertidumbre de lo que genera en uno lo desconocido del otro. Lo irrepresentable sería una fuente de novedad, al estar en contacto con lo ajeno del otro, el ser se modifica y se pasa a ser otro.  Lo ajeno, lo no representado es lo que permite que en nuestro psiquismo se produzcan cambios, y al hacerlo nuestro modo de relacionarnos con nosotros mismos y con los demás se modifica.

La Asociación Libre, según Fred Busch

Fred Busch (2017). Cap. 7. La asociación libre. En: “Creando una mente psicoanalítica. Método y teoría en el psicoanálisis”. Pp. 106-107, 112.

 

“[…]

Mi premisa básica al utilizar el método psicoanalítico es que todo lo que necesitamos saber se encuentra en la asociación libre practicada por el paciente. Su uso del método nos permite ver como lo guían, inhiben y destruyen pensamientos desconocidos. También podemos llegar a comprender el proceso mediante el cual el paciente guía, inhibe y destruye sus pensamientos. Así nos enteramos de la eficacia o -ineficacia- de nuestros métodos cuando nos proponemos aumentar la libertad de la mente para que se exprese o no los pensamientos que la habitan. A veces se parecen más a las acciones, cuyo propósito es lograr que amemos, odiemos o creamos al paciente o que sospechemos de él. Todo ello aparece en un orden y secuencia que no podemos interrogar, puesto que sigue el entramado particular de la mente preconsciente o inconsciente del paciente.

Sugiero, entonces, que de una u otra manera, todo lo que sucede durante una sesión analítica es asociación libre. Una evasión nunca es sólo una evasión; lo que aparece desconectado nunca está desconectado; lo que suena aburrido no es simplemente aburrido. Si bien un paciente obsesivo puede revolotear sobre un momento de su historia ya trabajado, está comunicando algo; por ejemplo, una resistencia a alguna circunstancia del presente, un intento de ayudarnos a comprender de manera diferente, de hacer que sintamos algo, etcétera. A grandes rasgos, el analizando siempre comunica o hace algo. La asociación libre no es lo que se supone que el paciente haga sino lo que efectivamente hace. Kris (1982) lo expresó sucintamente cuando escribió: “El Psicoanálisis no crea la asociación libre en el marco del tratamiento; simplemente proporciona una alteración en las circunstancias de la asociación libre… reemplazado el soliloquio silencioso por palabras habladas”. (p.14)

[…], mi postura es que todo lo que necesitamos para ayudar al paciente se aprende escuchando lo que le viene a la mente con complejidad polifónica. De las asociaciones preconscientes del analizando, las resistencias a las asociaciones, lo sueños o su ausencia, las palabras cuyo propósito es protegerlo o hacernos sentir lo que él no puede, en nuestras reacciones contratransferenciales a todo lo anterior, etc., descubrimos por qué viene a nuestra consulta, por qué quiere y no quiere cambiar, por qué quiere poner fin al análisis o prolongarlo eternamente. […], no oímos solo las palabras sino la música que las acompaña y que les presta formas sutiles y cambiantes.

[…]”.

 

 

Sofía Morán nos cuenta su experiencia en la formación de Psicoterapia Psicoanalítica

Sofía Morán. Egresada del CPPL – 2019. Promoción XXXIV

 

Hace más de 4 años llegué al CPPL para integrarme a un grupo de estudio. Me inscribí con mucha ilusión, mucha curiosidad y sobre todo con muchas ganas de aprender sobre el funcionamiento del psiquismo. Esas primeras clases donde Liliana Granel nos guiaba por las primeras tópicas de Freud quedaron cortas. A los pocos meses vino el segundo grupo de estudio, revisamos un poco a los autores post freudianos y empezaba a surgir una sensación paradójica, entender y no entender a la vez, saber y no saber a la vez. En ese momento no sabía que ese sentimiento me acompañaría durante toda la formación y en el consultorio. ¡Un gran reto poder tolerarlo! Trabajar con los pacientes sabiendo la teoría pero sin saberla al mismo tiempo. A veces los pacientes desafían los conocimientos. Sin pensarlo dos veces me inscribí en la formación. Era ese el camino que siempre había querido seguir. Cuando empezaron las clases, recuerdo haberme sentido con mi primer día de colegio. Perdida. Estaba ahí, sentada, con mi cuaderno recién comprado, mis lapiceros. Una ilusión indescriptible. Empezaron las lecturas, los autores, los términos técnicos y volvió esa sensación de incertidumbre. ¿De que manera encajaba la teoría en la narrativa que los pacientes llevaban a consulta? Poco a poco fui comprendiendo que la teoría no está para  hacerla encajar en el paciente, ni viceversa, sino por el contrario, era un apoyo y una luz para saber por dónde podía transitar pero siempre desde el lugar del no saber, manteniendo la duda. Entendí entonces, que cada paciente llega con una historia única, que la teoría, la técnica y el encuadre debían ser firmes pero no rígidos. Las amigas que hice, los profesores que me acompañaron a lo largo de la formación y, los supervisores que creyeron en mí y por supuesto, la paciencia de mi analista, me ayudaron mucho a ir encontrando mi lugar en esta profesión, a ir construyéndome como terapeuta. Luego de 4 años, me voy con la misma sensación paradójica, y es que si hay algo cierto es que no hay certezas, no hay absolutos. Estamos siempre en construcción. Me voy satisfecha y con hambre a la vez. Pensé que luego de 4 años terminaría la formación, pero caigo en cuenta que recién empieza.

Acerca del origen de la culpa…

Sandra Juárez H. (2014).  “Culpa y Castigo. Una explicación psicoanalítica”. En: Vida Científica 4. 

 

“[…], Sigmund Freud, […] propone […] que mediante la introyección de las normas morales de cada sociedad a través de la prohibición de lo inaceptable socialmente, durante la infancia los padres como representantes de la autoridad enseñan a los hijos los actos que pueden repetir y reprimen los que no. Para este autor un individuo es culpable en tanto esté preso de un afecto, el cual es una “variedad tópica de la angustia”. Este afecto es llamado en principio “Conciencia de Culpa” y posteriormente “Sentimiento de Culpa”, el cual se activa, como ya se ha mencionado, gracias a un juicio (que aprueba o desaprueba) en principio proveniente de los progenitores y posteriormente de una instancia psíquica que hace las veces de juez.

La conciencia de culpa, a juicio de Freud, es más que todo una “angustia social”, una angustia frente a la pérdida de amor, la cual emerge en un individuo  cuando  éste es  sorprendido  realizando

un acto prohibido por los progenitores. Desde esta lógica sólo es culpable quien es descubierto en el acto.

Pero ¿qué es lo que activa esa modalidad de la culpa? Los progenitores le exigen al pequeño un acuerdo: recibirá el amor de ellos a cambio de que renuncie a la satisfacción pulsional. El individuo en consecuencia –y a nivel inconsciente; es decir, que no tiene conocimiento consciente de este proceso- se debate entre dos bienes: el amor y la satisfacción de la pulsión. Tener uno implica renunciar al otro. Es así como se le exige al sujeto pagar con la renuncia a la satisfacción pulsional, para obtener a cambio el amor del otro. Freud explica la culpa como “dolor psíquico” que se impone el propio individuo por haber traicionado al otro y por poner en riesgo su amor. Es así como en este primer tiempo culpa, amor y pulsión se encuentran en estrecha relación.

[…]

 

Este afecto, que le resta dicha al sujeto, es el resultado de la tensión entre el yo y la instancia psíquica que hace las veces de autoridad: el superyó. Si en un principio la culpa era la expresión de un conflicto entre la satisfacción pulsional y el amor del otro, ahora es el resultado del conflicto entre la satisfacción pulsional y el amor del superyó. Para que el yo obtenga la aceptación de esta instancia psíquica debe igualmente renunciar y acogerse a un pacto, exigencia que ya no proviene de un agente externo sino de una figura psíquica. Es en este momento cuando se puede identificar ese elemento que en nuestra cultura hemos llamado conciencia, “toma de conciencia” o “cargo de conciencia”, y es esa voz interna que obliga a confesar los pecados o a buscar un castigo para conseguir la absolución, para pagar por las trasgresiones cometidas como camino para la paz interna – personal”.

Mi experiencia en observación de infantes

María Alcántara S. – Egresada Promoción   XXXIV

 

Realizar un trabajo de observación se piensa en un primer momento en algo tan simple como prestar atención a determinada situación, estar pendiente a ciertos detalles y listo, pero, si se trata de observar un bebé, ¿supondríamos que no tendría que ser nada complicado? O diríamos como muchos ¿qué sentido tendría?. Sin embargo, en estos 8 meses en los que vengo realizando la observación a una bebé, ha sido mucho más que eso; inicialmente, fue lidiar con la frustración, debido a que dos mamás, luego de aceptar inicialmente la observación me dijeron luego que esto no sería posible. En esta situación, preocupada pensaba que encontrar un bebé para observar sería una tarea imposible hasta que la oportunidad llegó a mí de modo felizmente inesperado.

Pienso en nuestro primer encuentro y lo que sentí al ver una bebita tan pequeñita y frágil, un hecho que me llenaba de expectativas pero también de temores, no solo por hacer o decir algo inadecuado, sino por las emociones que surgieron en mí en ese momento y a lo largo de las posteriores visitas o por las demandas o angustias de la bebé a través de su llanto y los miedos de su madre. Tuve la suerte que en este proceso de observación, como parte de la formación, llevé los cursos sobre las propuestas de Melanie Klein y Donald Winnicott, sobre lo cual puedo afirmar lo grato que ha sido para mí relacionar aquello que leía en los textos y cómo a través del proceso de desarrollo de esta bebé, presenciar cómo va apareciendo lo vincular, los aspectos intersubjetivos, lo pulsional en la bebé y su interactuar tanto con su madre y su padre, y sobre todo, cómo un ser tan pequeñito cuyos movimientos corporales, débiles al principio y enérgicos ahora, sus sonidos o prolongados silencios que ahora se han convertido en un lenguaje de monosílabos acompañado de gritos y risas graciosas tuvieran la capacidad de movilizar también mis propios contenidos.

Este proceso es significativo no solo por la incertidumbre que me generó en muchas ocasiones y que me ha permitido, poco a poco, ir modulando mis propias ansiedades, sino también por lo que he comprendido de mí misma, pues lo que al inicio me suscitó desconcierto me viene dejando la clara convicción que refuerza el compromiso de intentar, a partir de presenciar esta interacción madre-bebé, brindarle al paciente la posibilidad de acompañarlo en sus angustias, sus miedos o silencios y contenerlo en su rabia, lo que espero convierta alguna vez nuestro espacio de trabajo en lo más cercano al ambiente facilitador que propone Winnicott.

Ir al psicólogo ya no es cosa de locos

Álvaro Silva S. (2019) – “Ir al psicólogo ya no es cosa de locos”

Una vez un familiar me preguntó: “¿Tú crees que todos deberíamos ir al psicólogo o solo los que lo necesitan? La pregunta me quedó dando vueltas, ¿Quiénes lo necesitarían? Antiguamente el concepto de salud mental estaba asociado a los manicomios, camisas de fuerzas, alucinaciones e intentos suicidas. En el imaginario social persistió la idea de que solo se asistía al psicólogo si es que estabas “loco”, “rayado” o al menos al límite de perder la cordura. Es decir, solo las personas con graves patologías debían ser las que consultarán a un profesional de salud mental. Si lo hacías era porque estabas con los chicotes cruzados o eras muy débil para hacer frente a las dificultades de la vida.

Ni débil, ni loco. Valiente y cuerdo. Cuerdo para reconocer que le podría venir bien un apoyo para su bienestar emocional y valiente para abrir poco a poco su intimidad ante una nueva persona dispuesta a escuchar y ayudar y juntos enfrentar los propios demonios internos.
Todos en algún momento hemos tenido que enfrentar problemas, circunstancias adversas o conflictos, tanto externos (de nuestro entorno cotidiano), como internos (pensamientos o emociones contradictorias que nos abruman). En el Perú más de 4 millones de personas se ven afectados por algún tipo de problemática de índole psicológica. Sin embargo el número de personas que busca ayuda es bastante menor de lo que se esperaría. Muchas personas prefieren recurrir antes a múltiples opciones, como libros de autoayuda o charlas, muchas de las veces excusándose por el tiempo o dinero que demandaría ir a una terapia psicológica. Sin embargo, por más que ayuden a mirar las cosas de manera distinta, el verdadero cambio viene desde un mismo. No existen formulas universales. Incluso el psicólogo no va a ofrecer las soluciones para las situaciones del paciente, sino que juntos en una relación de confianza y absoluta confidencialidad se aventurarán en el mundo interno del paciente para poder analizar aquello que siempre estuvo dentro de uno pero que nunca antes fue analizado.
Para acudir al psicólogo no es necesario atravesar problemas muy graves. Así como al nutricionista no solo van personas con problemas de peso, también las que quieren mantener una alimentación saludable. Una terapia psicológica sirve tanto en las buenas, como en las malas. Si bien ante los problemas graves efectivamente una terapia psicológica resulta de gran ayuda, hay mucho más. Un profesor muy querido una vez me dijo: “La terapia funciona cuando uno está mal, pero funciona mejor cuando está bien”. Nadie está libre de episodios de ansiedad, rabia, estrés, tristeza, pérdidas, etc., y una terapia puede ayudar a disminuir los síntomas, y así reducir el sufrimiento. Sin embargo, cuando la mente esta despejada de la tempestad de los pensamientos y emociones conflictuantes, uno puede empezar a auto observarse, a pensarse, ser entendido y entenderse, a tomar mayor consciencia de uno mismo, tanto de lo positivo como lo negativo y lograr una mayor armonía entre ambos.  Tratando de responder a la pregunta de ¿Quiénes deberían ir al psicólogo? Todos aquellos que tengan el deseo de hacerlo. Hacerlo porque alguna dificultad o problema que sientan que no les permite disfrutar plenamente de su cotidianeidad, así como aquellos que quieren conocerse y comprenderse mejor.

Palabras de Clausura del año 2024

Por Mg. Liliana C. Granel, psicoanalista y presidenta del Consejo Directivo del CPPL

 

Ha transcurrido el año 2024. Un año más que pasa, un año para celebrar y brindar por la vida, en nuestra querida Institución el CPPL. Habitamos un mundo post-pandemia, que nos ha obligado a convivir con la incertidumbre, también un mundo que nos sorprende, una y otra vez, con el horror de las guerras, en una compulsión a la repetición tanática, difícil de procesar, y nos enfrenta a las violencias, en sus diferentes formas, pero que, conmovidos por estas, nos hacen pensar, a dar voz fuerte a los que no la tienen.

El psicoanálisis tiene una ardua tarea: enfrentar nuevos desafíos, pensar la subjetividad como una producción a través  de las vicisitudes pulsionales, como tejido de lazos complejos y variables, donde el narcisismo, las identificaciones producto de la conflictiva edípica, son una historia que pertenece al pasado pero que se despliega permanentemente en la versión actual del sujeto, y participan del funcionar del mismo.

Los psicoanalistas heredamos conceptos, ideas para re-pensarlas, y ser críticos para modificar aquello que sea necesario, y así, mantener al psicoanálisis vivo, dinámico, en una apuesta por ayudar al sujeto a lograr una mejor armonía en la difícil tarea del vivir.

En esta celebración 2024, también me corresponde, una tarea difícil: Despedir a la querida Promoción 38. Un grupo que empezó en pandemia, donde la pantalla era nuestro único contacto. Una Promoción con alumnos tan lejos como Luisa en Canadá, María Paola y Sonia en Italia, Carla y Enma en provincias del Perú, y los otros integrantes del grupo en Lima. ‘Lejos’ y ‘cerca’ fueron tomando distintos significados, pero el entusiasmo por aprender los y nos agrupa.

Tengo múltiples sentimientos, los he visto atravesar estos cuatro años, crecer en estos cuatro años… ¿Pasaron cuatro años? ¡Que rápido! Los recuerdo, al inicio de la formación, ávidos por aprender, un grupo curioso, cuestionador, que se asombraba al descubrir el nuevo mundo del psicoanálisis. La transformación en cada uno de ustedes es evidente, el tiempo no pasó en vano, dejó sus marcas, sus huellas, registrando las distintas experiencias, tanto en el estudio de la teoría, como en el análisis personal. Como diría Bion: fueron aprendiendo de la experiencia.

¿Que curiosa nuestra profesión? Una disciplina que tiene que desarrollar una Voz y una Escucha especial. Una voz que interroga, que cuestiona la historia de cada uno que consulta, una voz que apacigua angustias, y, que al mismo tiempo explora lo inconsciente, lo no sabido. Una profesión que confronta con el dolor, las dolencias en silencio, tanta las del cuerpo como la de la psiquis. Nuestra sensibilidad siempre puesta a prueba.

También, nos entrenamos para estar ubicados en la escucha, para escuchar los silencios, para registrar el tono de voz, el lenguaje sin palabras del cuerpo, los propios pensamientos que metabolizados son transformados en interpretaciones.

Aprendimos, juntos, que el aparato psíquico funciona como una forma de alquimia conflictiva, entre la rememoración y el olvido, y ambos, son necesarios para conservar el sentimiento de identidad y la capacidad para pensar. Eterna oscilación entre la imaginación de la memoria y la capacidad creativa del olvido.

La psicoanalista Virginia Ungar nos dice: “El gran valor y apuesta del psicoanálisis es la de ofrecer un espacio de historización, pero, también oportunidad de subjetivación”.

Les deseo, que no pierdan el asombro y entusiasmo frente a la vida. Me alegra haberlos conocido, haberlos tenido como alumnos y deseo, que ustedes, futuras generaciones de analistas sigan apasionados y comprometidos con darle más vida y continuidad a nuestra disciplina.

¡El provenir del psicoanálisis depende de ustedes!