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Del engranaje al chip: el efecto de la desrealización en el contexto de la pandemia

Carlos Jibaja. Magíster en Estudios Teóricos en Psicoanálisis, Pucp. Profesor de Formación Académica en el CPPL.

Quiero referirme a la desrealización como uno de los efectos psíquicos en el contexto de la pandemia. La desrealización confiere la sensación de que el mundo es algo irreal; las cosas o personas circundantes, antes familiares, son percibidos como desconocidas o extrañas. La mencionada es una descripción clínica, pero en este texto prefiero recordar a la desrealización tal como la describe Gabriel García Márquez en Cien años de soledad cuando José Aureliano Buendía, antes de terminar sus días amarrado a un castaño, presentó un episodio de desrealización: “Pasó seis horas examinando las cosas, tratando de encontrar una diferencia con el  aspecto que tuvieron el día anterior, pendiente de descubrir en ellas algún cambio que revelara  el transcurso del tiempo (…) El viernes, antes de que se levantara nadie, volvió a vigilar  la apariencia de la naturaleza, hasta que no tuvo  la menor duda de que seguía siendo lunes (…) ¡La máquina del tiempo se había descompuesto!”

La máquina del tiempo antes de la pandemia ya presentaba cambios. La informática, el internet y la globalización pulverizó el modo en que la mecánica del tiempo, un tiempo en que la relación espacio y tiempo parecían indesligables, servía de compás a nuestra cotidianidad. Ha sido un cambio brusco pasar del engranaje al chip. Y, aun así, hasta la irrupción violenta del virus, el mar de la virtualidad permitía navegar, perplejos y desconfiados, por los desfiladeros de la realidad simulada y la postverdad, teniendo algunos criterios que nos anclaban a una realidad socialmente compartida. Uno de esos criterios, importante para nuestros sentidos y percepción del mundo, el contacto presencial con los otros. Hoy nos enfrentamos a la hiperrealidad de Baudrillard sin ese anclaje.

Tan letal como traidor, el virus puede estar escondido en el beso de un niño, en la risa de la pareja, en el abrazo del amigo. El impacto de lo real sobre la vida y la muerte es contundente. Confinados, disociados entre una realidad social sedienta de muertes y el espacio privado, la “nueva normalidad” está preñada por el efecto de la desrealización en el mundo en que nos hemos sumergido. La pantalla del zoom, el chat del whatsapp, las frases de twitter son las ventanas simuladas – sí, son marcas registradas – que mediatizan inoculando su cualidad de simulacro a las experiencias con los amigos, los compañeros de trabajo y los hechos más allá de nuestras familias.

Paradójicamente, hoy, el malestar de la desrealización es señal de salud mental; la extrañeza e irrealidad que nos surge es un efecto de lo real sobre la realidad simulada como si se tratara de una pequeña falla en la hiperrealidad de las imágenes. A la manera de un Matrix, ante la pérdida del contacto presencial, se busca “normalizar” estados mentales que se ajusten a la simulación de la realidad compartida. Como José Aureliano Buendía, la desrealización que se percibe en lo cotidiano surge del empeño de asegurarnos que el orden de las cosas y las palabras sigue moviéndose a un compás en que lo real y lo verdadero continúan teniendo un lugar en nuestras vidas.

Narcisismo y sociedad, según Joan Coderch

Joan Coderch (2013-2004). “La personalidad narcisista de nuestro tiempo”. En: Temas de Psicoanálisis, VIII-IX. Pp. 11-33.

Me parece razonable pensar que el incremento en el número de pacientes con personalidad narcisista que vemos en nuestros consultorios es, por lo menos en gran parte, debido a los cambios que, en forma progresivamente acelerada, desde las últimas décadas del siglo XX han ido desarrollándose en el tejido social. Y, dicho de forma más radical, pienso que si el número de personalidades narcisistas va en aumento es porque la nuestra es una sociedad notablemente narcisista, y una sociedad narcisista estimula y alimenta la aparición de personalidades narcisistas.

Todo ser humano ha de resolver los puntos álgidos de su existencia -sexualidad, pareja, trabajo, creación de la propia identidad y sentido de sí mismo, etc.- dentro de la trama psicosocial en la que ha nacido y se desarrolla. Y no parece difícil pensar que todas las carencias afectivas, formas distorsionadas de relación, intolerancia, agresividad, etc., de este tejido social repercutirán en la forma con la que el sujeto tratará de hacer frente a sus pulsiones, frustraciones y necesidades. Y mi opinión es la que de una sociedad y cultura narcisistas tienden a favorecer el desarrollo de personalidades narcisistas.

Hemos de tener en cuenta que aquello que ha sido más general en el pensamiento psicoanalítico ha sido el hecho de considerar la mente humana como definida por el desarrollo de unas estructuras predeterminadas, innatas y universales, que sólo precisan para desarrollarse de unas condiciones suficientes para la supervivencia, y desde este punto de vista, no se ha considerado que lo cambios sociales tengan una incidencia significativa en el desarrollo de la mente ni en su patología. Pero yo pienso que somos cada vez más los que creemos que la mente es un producto, así como un participante interactivo, del contexto social, cultural y lingüístico en el cual el sujeto construye su vida (Mitchell, S., 1988). Dicho de otra manera, creo que no son las pulsiones universales e innatas -sexuales y agresivas- las que determinan las relaciones objetales -y más tarde las relaciones interpersonales- sino, al contrario, las relaciones objetales las que determinan las vicisitudes, expresiones y caminos de las pulsiones. Y, desde esta perspectiva, queda claro que la trama psicosocial posee una decisiva influencia en el progresivo aumento del número de personalidades narcisistas. Y creo esto es especialmente cierto por lo que concierne a las personalidades narcisistas de tipo infantil a las que antes me he referido.

Se trata de personalidades con una gran intolerancia a la espera, que exigen una gratificación inmediata de sus necesidades y pesudo necesidades, con la boca siempre abierta para ingerir toda clase de bienes de consumo, drogas y todo aquello que les presuponga alguna clase de satisfacción, con un alto nivel de demanda hacia los otros y hacia “la sociedad”, entendida esta última como una imagen omnipotente que ha de facilitarles todo lo que desean, pero con un sentido nulo o muy escaso de aquello que los otros tienen derecho a esperar de ellos. Además, y en esto concuerda este concepto con el de los narcisistas de piel fina descritos por Rosenfeld, se sienten profundamente heridos cuando no son satisfechas sus demandas o cuando se les recuerda sus obligaciones, como si ello constituyera una tremenda injusticia. Pues bien, yo pienso que estas personalidades narcisistas de hoy en día vienen a ser los exponentes destacados y concretos del narcisismo que impera en nuestra sociedad. […]

¿Qué es una madre suficientemente buena?: Experiencia desde la observación de infante

Estela Martínez – Egresada XXXV

Winnicott describe a la “madre suficientemente buena”, como aquella que es capaz de satisfacer las necesidades del infante al principio y de hacerlo tan bien que el infante, cuando emerge de la díada de la relación infante – madre, puede tener una breve experiencia de omnipotencia; así mismo las tendencias hacia el desarrollo empezarán a desplegarse y el pequeño experimentará movimientos espontáneos y se convertirá en poseedor de las sensaciones apropiadas a esta fase de la vida.

El autor plantea que el entorno inmediato alrededor del bebé debe ser obsesivo en términos de rutinas y rituales -en la repetición está la clave-, de manera tal que le va a permitir al bebé identificar y prever cosas y situaciones, así, su dominio del mundo externo del bebé, depende del de su mundo interno que se crea por este entorno previsible.

Desde la experiencia que he tenido en la observación de infantes, observando a Sebastian, hijo de Armando (22 años) y Diana (21 años), ambos de procedencia venezolana; en la observación pude ver, cómo la madre desde sus propios instintos maternales, ha ido permitiendo el crecimiento de este infante, dándole las atenciones necesarias y oportunas, de acuerdo a sus propias demandas, pero también frustrándolo en algunos momentos.

Pese a la precariedad material en la que vive esta familia, el vínculo no se ha visto invadido, es más, este es abundante y suficiente, la madre está ubicada en su rol y los familiares procuran darle el entorno suficientemente bueno para que se desarrolle este vínculo.

Al comienzo, en los dos primeros meses del bebé, pude observar que la madre pasaba gran parte del tiempo en la cama con él, lo amamantaba, lo cambiaba, era como un proceso en el que aprendía a leer al bebé de una manera inconsciente y muy instintiva, la lactancia iba siendo de diversas maneras, en la cama echada, en otro momento sentada, de manera tal que el bebé esté cómodo, pero ella también.

Otro aspecto importante en esta relación madre-bebé, es que la familia (el marido y la abuela), le daban el sostenimiento necesario para que ella realice su rol de madre, básicamente su tarea era atender al bebé, asimismo el padre contribuía con los quehaceres domésticos, y la abuela apoyaba con qué el lavado de la ropa del bebé. Era curioso ver a esta pequeña familia, cómo de manera natural dar el espacio necesario y el acompañamiento a una madre primeriza para que pueda tener la capacidad de leer y entender a su bebé.

 

Buscando un diálogo: Sobre el concepto del insight en la Psicoterapia Breve

Inés Cottle Pazos y Olinda Serrano de Dreifuss (2008)

¿Por qué un trabajo sobre el insight?

Desde hace algunos años, nos preguntamos qué sucede en los procesos breves, cómo y por qué funcionan, y si se obtienen insigths, cómo se producen y qué extensión alcanzan.

Partimos de la observación de un par de viñetas: la primera, correspondiente al trabajo de una colega en una institución materno-infantil que reportaba intervenciones breves y muy puntuales. Se trata de una niña de 12 años que da a luz, producto de una violación, a un bebé al que no tolera ver ni tocar. La terapeuta interviene señalándole a la madre, en tono enfático y a la vez afectuoso, que no se asuste por lo que está experimentando, que ese bebé no es el hombre que la violó, por quien ella está realmente horrorizada, sino que es otra persona, su propio hijo, que está ahí, indefenso y necesitado de que ella lo cargue, lo calme. Además, la terapeuta la felicita por lo valiente que ha sido al tener el bebé y por no querer ver más al hombre que la violó. En este momento, la precoz madre se calma, -pensamos que se ha sentido contenida y entendida-, toma en brazos a su bebé y comienza a darle de lactar.

En otra situación, una paciente es derivada a un proceso psicoterapéutico breve y focal de diez sesiones. En la entrevista inicial, se presenta como una alcohólica que, ayudada por A.A., ha dejado de consumir hace 4 años. Relata que acaba de sufrir una crisis aguda de “descontrol” y violencia debido a que, en forma súbita, se vio privada del juego de computadora que utilizaba diariamente. En la primera entrevista se le señala su intensa angustia frente a su descontrol, que la ha desconcertado mucho y la ha hecho sentirse muy vulnerable. En el proceso se la acerca a una imagen más realista de sí: es una personalidad con tendencia a la adicción de lo cual ella debe estar siempre alerta. También requiere darse cuenta de que posee gran cantidad de energía que requiere ser puesta en algún interés o actividad, como trabajar en algo que le guste mucho (se ejemplifica con el término “workoholic”). Así mismo se le señala que hay pasiones o adicciones que no son “tan” riesgosas. La paciente alcanza a tener el insight de que puede poner su energía al servicio de una actividad creativa y constructiva para ella (y no solamente “jugar” con la frustración, la rabia o el abatimiento) y empieza a pensar seriamente en ponerse a trabajar.

A partir de estas viñetas, nos preguntábamos cómo entender y explicar estos incuestionables resultados, semejantes a lo mágico, por la rapidez y efectividad de sus logros. ¿Qué “click” se había producido en estas personas de modo que resultan rescatadas y acceden a sentirse y funcionar como sujetos respecto a sí mismos y el entorno? ¿Esto sería o no un insight en el sentido tradicional del término: “hacer consciente lo inconsciente”? (Etchegoyen 1986: 610).

[…]

De la arqueología a la psicoterapia psicoanalítica, y viceversa

Angela Delgado De la Flor A. – Egresada Promoción XXXIV

 

Soy arqueóloga de profesión, y aunque debo de admitir que, a pesar de ser la pasión de mi vida, nunca imaginé que 19 años después, estaría en la mitad del tercer año de mi formación como psicoterapeuta psicoanalítica, navegando en las diversas, movilizantes y apasionantes aguas de la teoría psicoanalítica. También debo de admitir que a inicios de mi formación desconocía que Freud solía hacer analogías entre la arqueología y el psicoanálisis para que sus oyentes y lectores puedan comprender mejor la técnica de este último, y admito también que me emocioné un poco (solo un poco) cuando lo leí por primera vez. Pero antes de llevarme esa grata sorpresa, me llevé otra, y quizás de otro tipo.

A inicios de mi primer año de la formación un amigo arqueólogo me preguntó ¿en qué consistía “lo que estaba estudiando”? y no supe muy bien qué contestar, “me siento un poco desorientada puesto que no puedo ver  ni  tocar  mi  objeto material  de estudio, la psique es inmaterial y debo de hipotetizar el porqué del conflicto del paciente… a veces creo que se vuela en la teoría”, confesé. Luego de conversar un poco más acerca de mis incipientes conocimientos de la teoría y técnica freudiana finalizamos la conversación esperanzados de que yo pueda volcarme sin resistencia al estudio del “objeto inmaterial” que es la psique, y él, que yo pueda explicarle a mayor detalle esta fascinante teoría.

En mi segundo año de la formación conocí un poco más de las analogías de Freud, mis conocimientos y comprensión acerca de la teoría y la técnica estaban en crecimiento, así como mis deseos de conocer un poco más, empecé a atender y poco a poco la formación fue tomando más y más forma, ya no sentía que “volaba” al hipotetizar dentro de una teoría, mi “objeto inmaterial de estudio” se hacía más comprensible, ya no era necesario “tocarlo” para comprenderlo, y diría, con los dos pies en el principio de realidad, que hasta puede sentirse.

Hoy, a más de la mitad de mi formación, me atrevo a resumir y transformar solo un poco la analogía de Freud, dicha en una conferencia de 1896, y matizarla un poco desde la visión de una arqueóloga en ejercicio: “El método psicoanalítico es como una excavación arqueológica, en donde la psique es como un sitio arqueológico, para investigarlo debemos de registrarlo superficialmente, hipotetizar acerca de su función de acuerdo a cómo se presenta ante nuestros ojos, y elegir una metodología de excavación de acuerdo a sus características y a la teoría que nos acerque a su comprensión. Una vez tomada estas decisiones, se excavará (analizará) capa tras capa, desde la más reciente hasta la más antigua para poder conocer cómo el sitio se fue formando y cambiando a través de los años. Pero hay que hacer un señalamiento, al retirar cada capa, se deben de registrar todos los materiales o evidencias, porque todos ellos, individualmente y en conjunto, nos hablan de un momento, un evento en particular; la consigna no es llegar a la roca madre o estéril, si no analizar el conjunto de todas las evidencias en todas las capas excavadas para llegar a una mejor y completa comprensión de su historia”.

El ideal de yo en las masas…

Sigmud Freud (1922). “XI. Un grado en el interior del yo”. En: Psicología de las masas y análisis del yo. Volumen XVI. Pp. 122-123.

 

“[…] Cada individuo es miembro de muchas masas, tiene múltiples ligazones de identificación y ha edificado su ideal del yo según los más diversos modelos. Cada individuo participa, así del alma de muchas masas: su raza, su estamento, su comunidad de credo, su comunidad estatal, etc., y aun puede elevarse por encima de ello hasta lograr una partícula de autonomía y de originalidad. Estas formaciones de masa duraderas y permanentes llaman menos la atención del observador, por sus efectos uniformes y continuados, que las masas efímeras, de creación súbita, […]; y en esas masas ruidosas, efímeras, que por así decir se superponen a las otras, se nos presenta el asombroso fenómeno: desaparece sin dejar huellas, si bien solo temporariamente, justo aquello que hemos reconocido como el desarrollo individual.

Comprendimos que ese asombroso fenómeno diciendo que el individuo resigna su ideal del yo y lo permuta por el ideal de la masa corporizado por el conductor. Pero lo asombroso, agregaríamos a manera de enmienda, no tiene en todos los casos igual magnitud. En muchos individuos, la separación entre su yo y su ideal del yo no ha llegado muy lejos; ambos coinciden todavía con facilidad, el yo ha conservado a menudo su antigua vanidad narcisista. La elección del conductor se ve muy facilitada por esta circunstancia. Muchas veces sólo le hace falta poseer las propiedades típicas de estos individuos con un perfil particularmente nítido y puro, y hacer la impresión de una fuerza y una libertad libidinosa mayores; entonces transige con él la necesidad de un jefe fuerte, revistiéndolo con el hiperpoder que de otro modo no habría podido tal vez reclamar. Los otros, cuyo ideal de yo no se habría corporizado en su persona en otras circunstancias sin que mediase corrección, son arrastrados después vía “sugestiva”, vale decir, por identificación.

Según discernimos, lo que pudimos aducir para esclarecer la estructura libidinosa de una masa se reconduce a la diferenciación entre el yo y el ideal del yo. Como primer paso de un análisis del yo, esta hipótesis (la existencia de un grado de esta clase en el interior del yo) tiene que demostrar su justificación poco a poco, en los mas diversos campos de la psicología. En mi “Introducción del narcisismo” [1914c] reuní todo el material patológico utilizable en el apoyo de esta separación. Pero cabe esperar que una ulterior profundización  en  la psicología  de  las  psicosis  mostrará  que  su  importancia  es mucho mayor. Repárese en que el yo se vincula ahora como un objeto con el ideal del yo desarrollado a partir de él, y que posiblemente todas las acciones recíprocas entre objeto exterior y yo-total que hemos discernido en la doctrina de las neurosis vienen a repetirse en este nuevo escenario erigido en el interior del yo.

[…]”

Algunas consideraciones acerca de Recordar, Repetir y Reelaborar en relación con la Historia y la Antropología

Alberto Péndola F. (2002). En: Mitos Andinos y   Psicoanálisis. Pp. 29-33. CPPL.

 

“[…] En cuanto al recordar, viene de recuerdo: imagen o impresión que se conserva en la memoria de una cosa anterior, que recuerda un hecho; obsequio, regalo, en testimonio de buen afecto; memorias, saludo al  ausente  que  manda con otra persona. Viene también de ri cordo: volver a sentir con el corazón, y de eso se trata en nuestra práctica clínica. La Historia y la Antropología tienen que ver con el recordar y para el caso del Perú, ya es un lugar común referirse a la disrupción que produjo la conquista española (1531-1536) en nuestro desarrollo histórico, […].

Los descendientes de los conquistadores españoles, llamados mestizos, generalmente fueron fruto de uniones con mujeres andinas de origen noble. […]. Estos mestizos asumieron, en lo manifiesto, el cien  por  ciento de  su  origen  español,  reprimiendo  y/o renegando –cuando no forcluyendo- el componente autóctono-materno. Posteriormente al periodo de la conquista, se llegó en la Colonia a la estructuración de dos “repúblicas” bajo el mismo sistema social: la de “españoles” y la de “indios”; malgrado la Independencia y la República, consecuencia de ésta, dicha dualidad persistió de manera más bien abierta y aún hoy, […], un ex presidente peruano, el Gral. Morales Bermúdez, se refirió en un mitin político multitudinario, a la “Casa de Pizarro”, para indicar con este término, familiar a todos los peruanos, la sede física del Gobierno. Para nosotros, psicoanalistas, las palabras no se las lleva el viento. La multiciplidad de sus sentidos, su polisemia, hace de manera central a nuestro quehacer. Referirse a la “Casa de Pizarro”, para hablar de la sede física del Gobierno […], revela la vigencia de las dos repúblicas, en nuestro imaginario nacional.

[…] Cuando el analizado no recuerda lo que está reprimido, por obra de la resistencia, entonces “lo actúa” en el vínculo transferencial con su analista: repite en vez de recordar, sin saber, conscientemente que lo está haciendo. Esta vez, pues, la compulsión de “repetir, que es una manera de recordar, evitando las palabras y las emociones, es decir evitando “volver a sentirlas”, por lo doloroso de este recuerdo. Podríamos afirmar entonces, siguiendo a Freud, que a mayor represión mayor resistencia, la cual se expresará a través de la transferencia como una repetición que implica un “actuar”, producto de la compulsión a repetir, en vez de recordar.

Creo que esto nos pasa como país y mi intento es cotejar los conocimientos analíticos que se derivan del artículo citado, así como otros que forman parte del “corpus” teórico del Psicoanálisis, con aquellos de la Historia y la Antropología, para contribuir a “levantar represiones” y suprimir las “lagunas mnésicas”, que es el fin de la terapia psicoanalítica, extendiéndolo a nuestra comunidad nacional; pero no olvidemos el tercer término del artículo que glosamos: la reelaboración, que entraña la larga tarea de consolidar el recuerdo recuperado merced a la interpretación. Esta reelaboración es absolutamente indispensable para Freud: “… no debemos tratar su enfermedad como un episodio histórico, sino como un poder actual… y mientras el enfermo lo vivencia como algo real-objetivo y actual, tenemos nosotros que realizar el trabajo terapéutico, que en buena parte consiste en la reconducción al pasado”, para allí volver al presente, habiéndole dado su lugar en éste, a lo reprimido, renegando o repudiado, en suma, a lo Inconscientizado, en forma coherente.

[…]

Carlos Delgado nos comparte su experiencia en la formación en Psicoterapia Psicoanalítica

Carlos Delgado Morris. Egresado Promoción XXXVI.

Cuéntanos un poco de ti, ¿A qué te dedicas?

Soy comunicador de profesión por la Universidad de Lima y con una maestría en Educación.  Trabajo en educación superior y en una consultora en temas de recursos humanos y comunicación interpersonal. También hago teatro desde la dirección, en algún momento he actuado también.

¿Qué te motivó iniciar la formación?

Fueron varios factores: el primero, yo vengo haciendo psicoterapia hace algunos años y ha sido un proceso muy interesante que me ayudó bastante en entender ciertos aspectos de mi vida, así como a enfocar  mis  propios procesos.  Me enseñó a revisar varios aspectos que yo no tenía tan claros. Con el tiempo descubrí que algo que había tenido en común en las diferentes ocupaciones en las que me he desempeñado es el de acompañar procesos sea educativos, creativos, comunicacionales, es así como hace unos años empecé a evaluar la posibilidad de empezar la formación y el año pasado tomé la decisión de iniciar. Asimismo, otros elementos muy importantes fueron el saber que iba a aprender a partir de la observación, de compartir con personas experimentadas, revisar otros modelos y ejemplos, aplicar lo aprendido y cuestionarte, estos fueron puntos que me ayudaron a definir el empezar este proceso.

¿Cómo has vivido este primer año?

Este primer año de la formación me ha gustado bastante. Ha sido un año muy intenso y muy interesante. Intenso porque ha implicado retomar los estudios, volver al ritmo de la lectura diaria, hacer resúmenes, recuperar la metodología de estudio, e interesante porque la forma cómo han sido presentados los cursos, divididos en los grandes aspectos de la formación, me han ayudado a comprender de una manera general los principales puntos como la metapsicología, la técnica o la psicopatología. Este primer año está sentando buenas bases para lo que en el futuro será la práctica. Considero que existen coherencia entre lo que se enseña y lo que se trabaja en la práctica.

¿Hay algún curso o tema que te haya sorprendido gratamente?

Yo no vengo del mundo de la psicología, donde algunos temas o puntos de vista ya me son conocidos, pero en general, me ha sido grato conocer aspectos de la técnica, la metapsicología, la psicopatología, técnica y los cursos adicionales de los cursos generales. Me llamado mucho la atención conocer la evolución del psicoanálisis, cómo este no parte de una simple idea que a alguien se le ocurrió; sino que es el fruto de un largo proceso de experimentación y de exploración. También me llamado la atención la forma de estructurar la enseñanza, cómo estos principios no están simplemente dados sino que hay todo un constructo teórico sólido y variable que se va enriqueciendo con nuevos planteamientos y miradas para la época actual.

¿Cuáles son tus expectativas para los próximos 3 años?

Considero que en estos tres años que me quedan me gustaría aprender mucho más, revisar otras perspectivas a las bases, ver otros autores, revisar otros planteamientos que me ayuden a traer al presente todas estas teorías, y conocer nuevos profesores y diferentes perspectivas del trabajo psicoterapéutico.

“Contarla… para soñarla y para vivirla…”

Mg. Graciela Cardó S. (2007). Presentado en las Jornadas de la Asociación de Psicoterapia Psicoanalítica de Niños y Adolescentes – APNNA

 

“La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla”, escribía Gabriel García Márquez en el epígrafe de su novela Vivir para contarla. Muchos estaremos de acuerdo con esta cita; día a día nuestro trabajo nos recuerda lo trascendente y lo cierto, así como lo inevitable que este parágrafo encierra. Deseo mediante este trabajo, compartir algunos pensamientos que surgen de la práctica clínica, en la que nuestra escucha e intervenciones adquieren de pronto un distinto matiz, dando un vuelco más bien interno que observable. Y es que, ciertos elementos que siempre estuvieron presentes en los intercambios con nuestros pacientes, van tomando dimensiones distintas, me refiero a la narración de historias, y más específicamente en nuestro trabajo con niños, a la  narración  o  construcción de cuentos y, por supuesto al placer y al concomitante alivio que éstas proveen.

Estas líneas versarán entonces, acerca de las historias y de los cuentos que los niños comparten con nosotros. A partir de los aportes freudianos y de autores posteriores, así como de algunas reflexiones sobre el cuento y la narración, trataremos de entender el giro técnico que los avatares de una niña que presentaba problemas para dormir nos permitieron hacer.

…Contarla…, los pacientes nos cuentan historias, propias y ajenas; uno de nuestros quehaceres principales es escucharlas, comprenderlas y permitir que ellos las entiendan para que finalmente puedan contar lo “que recuerdan y cómo la recuerdan para contárnosla”. Esta es la manera prínceps que “contamos” para que nuestros pacientes se apropien de su historia, de sus historias. Como señala Busch (2004) la capacidad para contar historias y adueñarse de ellas es fundamental para promover el desarrollo de un sentimiento de bienestar que surge en nuestro quehacer clínico. Es el requisito para el desprendimiento de las diferentes historias asumidas como propias. Así, cada página inventada y contada agrandará la visión de uno mismo, quitando a la vez a modo del desgaje de las sucesivas capas de una cebolla, cada página ajena asumida como auténtica.

Los niños también nos cuentan historias, pero sabemos muy bien que, tal como Freud señalaba ya hacia 1907 en El poeta y los sueños diurnos, que “la ocupación favorita y más intensa del niño es jugar. Acaso sea lícito afirmar –decía- que todo niño que juega se conduce como un poeta, creándose un mundo propio, o, más exactamente, situando las cosas de su mundo en un orden nuevo, grato para él” (pp. 1343). En ese mismo trabajo afirmaba que lo opuesto al juego no era lo serio, sino la realidad. Y es en la realidad en la que muchas veces ocurren eventos desafortunados que bloquean la capacidad innata de niños…y de poetas. La representación y simbolización de dichas situaciones bloquean su figurabilidad, deteniéndose el tiempo, el recuerdo, el juego y la creatividad.

[…].

Acerca de la regulación de los vínculos sociales y la libertad del individuo…

Sigmund Freud (1930 [1929]). El Malestar en la cultura. Pp. 93-94. En: Obras Completas Vol. XXI

 

[…]

Como último rasgo de una cultura, pero sin duda no el menos importante, apreciaremos el modo en que se reglan los vínculos recíprocos entre los seres humanos: los vínculos sociales, que ellos entablan como vecinos, como dispensadores de ayuda, como objeto sexual de otra persona, como miembros de una familia o de un Estado. Es particularmente difícil librarse de determinadas demandas ideales en estos asuntos, y asir lo que es cultural en ellos. Acaso se pueda empezar consignando que el elemento cultural está dado con el primer intento de regular estos vínculos sociales. De faltar ese intento, tales vínculos quedarían sometidos a la arbitrariedad del individuo, vale decir, el de mayor fuerza física los resolvería en el sentido de sus intereses y mociones pulsionales. Y nada cambiaría si este individuo se topara con otro aún más fuerte que él. La convivencia humana sólo se vuelve posible cuando se aglutina una mayoría más fuerte que los individuos aislados, y cohesionada frente a estos. Ahora el poder de esta comunidad se contrapone, como «derecho», al poder del individuo, que es condenado como «violencia bruta». Esta sustitución del poder del individuo por el de la comunidad es el paso cultural decisivo. Su esencia consiste en que los miembros de la comunidad se limitan en sus posibilidades de satisfacción, en tanto que el individuo no conocía tal limitación. El siguiente requisito cultural es, entonces, la justicia, o sea, la seguridad de que el orden jurídico ya establecido no se quebrantará para favorecer a un individuo. Entiéndase que ello no decide sobre el valor ético de un derecho semejante. Desde este punto, el desarrollo cultural parece dirigirse a procurar que ese derecho deje de ser expresión de la voluntad de una comunidad restringida —casta, estrato de la población, etnia— que respecto de otras masas, acaso más vastas, volviera a comportarse como lo haría un individuo violento. El resultado último debe ser un derecho al que todos —al menos todos los capaces de vida comunitaria— hayan contribuido con el sacrificio de sus pulsiones y en el cual nadie —con la excepción ya mencionada— pueda resultar víctima de la violencia bruta.

La libertad individual no es un patrimonio de la cultura. Fue máxima antes de toda cultura; es verdad que en esos tiempos las más de las veces carecía de valor, porque el individuo difícilmente estaba en condiciones de preservarla. Por obra del desarrollo cultural experimenta limitaciones, y la justicia exige que nadie escape a ellas. Lo que en una comunidad humana se agita como esfuerzo libertario puede ser la rebelión contra una injusticia vigente, en cuyo caso favorecerá un ulterior desarrollo de la cultura, será conciliable con esta. Pero también puede provenir del resto de la personalidad originaria, un resto no domeñado por la cultura, y convertirse de ese modo en base para la hostilidad hacia esta última. El esfuerzo libertario se dirige entonces contra determinadas formas y exigencias de la cultura, o contra ella en general. No parece posible impulsar a los seres humanos, mediante algún tipo de influjo, á trasmudar su naturaleza en la de una termita: defenderá siempre su demanda de libertad individual en contra de la voluntad de la masa. Buena parte de la brega de la humanidad giraren torno de una tarea: hallar un equilibrio acorde a fines, vale decir, dispensador de felicidad, entre esas demandas individuales y las exigencias culturales de la masa; y uno de los problemas que atañen a su destino es saber si mediante determinada configuración cultural ese equilibrio puede alcanzarse o si el conflicto es insalvable.

[…]