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En memoria de Luis Herrera Abad (1941-2026)

Dr. Luis Alberto Suárez Rojas – Docente universitario, Doctor en Antropología (UNMNSM) y formando del CPPL Promoción 40

Hoy nos convoca la partida física de Luis Herrera Abad, psicoanalista y maestro, un hombre que hizo de la escucha un arte, de la palabra y de la reflexión una forma de estar en el mundo. Resulta significativo que hoy tengamos que hablar de su ausencia, cuando Luis dedicó buena parte de su vida a la escucha y al pensar la pérdida, el duelo y nuestra capacidad —o nuestra dificultad— para elaborar aquello que hemos perdido. Quiza, hoy tenemos que comenzar a transformar su ausencia en memoria. Y su memoria en legado.

Luis Herrera nos deja su pasion por la musica, el arte, el psicoanálisis, la escucha y su empatía por el dolor humano. Pero quisiera resaltar este eje que considero fundamental: su empeño por recordarnos que el sujeto que llega al consultorio nunca llega solo. Con él llegan su familia, sus vínculos, sus pérdidas, sus conflictos, pero también llega su barrio, su cultura, su historia y el país al que pertenece.

Pienso que Luis Herrera se resistió a pensar que el psicoanálisis sólo habitaba en el consultorio, quizá más como un modo de habitar-sentir apoyándose en Castoriadis, Julia Kristeva, o Silvia Bleichmar. Reivindicó una tradición del pensamiento psicoanalítico capaz de mirar también hacia la cultura, las instituciones y la sociedad. Tanto en las clases que impartía como en sus declaraciones públicas insistía precisamente en la responsabilidad de mantener una actitud crítica frente a nuestra realidad y en la necesidad de revisar la historia que hemos vivido. Y probablemente allí se encuentre uno de sus aportes más valiosos al psicoanálisis peruano.

Nos invitó a colocar al Perú en el diván. No para diagnosticar al país como si fuera un paciente, sino para atrevernos a preguntarnos por nuestras heridas, nuestros silencios y nuestras repeticiones. Nos hizo pensar en la violencia que hemos vivido. En las formas de ejercer el poder, la exclusión, el autoritarismo y en nuestra dificultad para reconocernos como parte de una misma historia. En aquello que como sociedad hemos querido olvidar demasiado pronto. Y especialmente, en aquello que todavía no hemos podido elaborar. De esta manera, puso en el “divan” la violencia política, las relaciones de dominación, las instituciones, el trauma de José María Arguedas, Sendero Luminoso y las posibilidades de reparación.

En esa línea, Luis Herrera, trae una palabra que adquiere una potencia particular: desamparo. Pensó el desamparo del niño frente a la violencia. El desamparo de quien queda fuera de los vínculos sociales. El desamparo de una sociedad cuando sus instituciones dejan de contener, proteger y representar a quienes la conforman. Además, en su pensamiento aparece también otra fuerza: la posibilidad de crear.

Desde sus trabajos psicoanalíticos hasta sus reflexiones sobre cultura, literatura y sociedad, encontramos una convicción persistente: aún frente a la pérdida y frente a la destrucción, el ser humano conserva la posibilidad de simbolizar, de pensar, de crear y de reparar. Su trayectoria profesional recoge precisamente esos grandes campos de trabajo: psicoanálisis y cultura, violencia, creatividad y sociedad.

Sus libros permanecerán. Sus textos permanecerán. Sus ideas seguirán siendo discutidas. Pero probablemente su legado más profundo circulará entre quienes fueron sus pacientes, sus alumnos, sus supervisandos, sus colegas y sus interlocutores. Su huella queda en las preguntas que dejó abiertas. En las personas a quienes ayudó a pensar. En aquellos a quienes enseñó a escuchar de otra manera. En quienes alguna vez encontraron, frente a él, un espacio donde una experiencia dolorosa podía convertirse en palabra.

Hoy nos toca elaborar su ausencia. Reconocer que duele. Aceptar que algo termina y se transforma. Y comienza a habitar la memoria.

Gracias, Luis, por haber defendido un psicoanálisis capaz de mirar al ser humano sin separarlo de su historia, su barrio y las heridas como país.

Gracias por recordarnos que escuchar a una persona es también escuchar los vínculos y las generaciones que hablan a través de ella.

Gracias por atreverte a pensar psicoanalíticamente nuestro país, incluso allí donde mirar nuestra propia historia resultaba incómodo.

Gracias por enseñarnos que la crítica no destruye necesariamente la esperanza, sino que puede hacerla más verdadera.

Hagamos el esfuerzo para que la palabra de Luis Herrera continúe circulando, interrogándonos, ayudándonos a pensar nuestra clínica, nuestros vínculos, nuestra historia y nuestro país, habrá una parte de ti que seguirá presente entre nosotros. Porque quizá esa sea una de las formas más profundas de permanecer.

Descansa en paz, Luis Herrera Abad.

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