Guillermo Ladd, formando de la promoción 42 del CPPL
Introducción
La reciente victoria electoral de Keiko Fujimori en 2026, obtenida por un margen estrecho luego de un prolongado ciclo de crisis institucional, no puede entenderse sólo como una alternancia política. Expresa también una disposición subjetiva colectiva: la búsqueda de orden, autoridad y restauración en una sociedad agotada por la inestabilidad, la corrupción, la inseguridad y la fragmentación del vínculo democrático. El retorno del fujimorismo al Ejecutivo después de más de dos décadas revela no sólo la dificultad de la democracia peruana para estabilizar sus instituciones, sino también su insuficiente capacidad para elaborar críticamente su propio malestar.
A la luz de El porvenir de la revuelta, este fenómeno puede leerse más allá de la coyuntura electoral. Kristeva entiende la revuelta no únicamente como insurrección política, sino como un trabajo íntimo de ruptura, rememoración y recomienzo. Se trata de una dinámica psíquica y cultural que permite a los sujetos y a los colectivos no quedar capturados por la repetición de soluciones conocidas, aún cuando estas hayan demostrado su carácter violento o autoritario. Desde esta perspectiva, el triunfo fujimorista puede ser entendido como el síntoma de una democracia que administra el conflicto, pero no lo simboliza; que recuerda de modo fragmentario, pero no elabora; que denuncia, pero no transforma.
La hipótesis de este ensayo es que el retorno electoral del fujimorismo revela una crisis más profunda que la polarización ideológica. El malestar acumulado —violencia política, corrupción, desigualdad, miedo, inseguridad y desconfianza institucional— no ha encontrado suficientes vías de elaboración simbólica. Por eso tiende a expresarse mediante la repetición de figuras que prometen orden, eficacia y decisión. La “revuelta íntima” de Kristeva ofrece una clave para pensar una democracia no autoritaria: no una democracia limitada al procedimiento electoral, sino una capaz de reabrir el cuestionamiento, la memoria y la recreación del vínculo común.
Kristeva: revuelta, memoria y recomienzo
Kristeva observa que la palabra “revuelta” ha sido reducida, en la modernidad, a la negación política de los poderes establecidos. Su propuesta busca recuperar un sentido más complejo, ligado al retorno, al desvío, a la interrogación y a la posibilidad de recomenzar. La revuelta no es solamente un acto externo contra el poder: es una práctica subjetiva que impide la clausura del sentido y la fijación de la identidad.
En el prefacio de El porvenir de la revuelta, Kristeva condensa este movimiento en tres verbos: “romper, rememorar, rehacer”. Romper implica suspender la naturalización del presente y cuestionar los relatos de orden que se presentan como inevitables. Rememorar supone volver sobre la historia, no para convertirla en un culto melancólico del pasado, sino para reinscribir lo traumático en una memoria viva. Rehacer significa crear nuevas formas de lenguaje, vínculo y comunidad a partir de ese trabajo crítico. Sin estos movimientos, la democracia puede reducirse a una administración burocrática de procedimientos, carente de imaginación política y capacidad de autorreflexión.
Kristeva advierte que el “nuevo orden mundial”, la tecnificación de la vida y la reducción del sujeto a una “persona patrimonial” debilitan la posibilidad misma de la revuelta. El individuo queda absorbido por el cálculo, el consumo, la eficacia y la administración de intereses. En ese contexto, el cuestionamiento pierde densidad interior y estética. La autora sostiene, sin embargo, que la vida psíquica necesita “romper, rememorar, rehacer”; sin ese trabajo, la cultura queda reducida a espectáculo y cálculo.
La revuelta íntima no reemplaza la acción política, pero la condiciona. Para que una ciudadanía pueda resistir formas autoritarias, requiere sujetos capaces de interrogar sus propias identificaciones con el orden, la mano dura, el castigo y la obediencia. Cuando ese trabajo no ocurre, el deseo de transformación puede degradarse en nostalgia autoritaria: el anhelo de un poder fuerte que alivie la angustia colectiva y dispense a los ciudadanos de la tarea más difícil, que es pensar, deliberar y sostener la incertidumbre democrática.
Perú 2026: fatiga democrática y repetición autoritaria
La victoria fujimorista de 2026 expresa una sociedad profundamente dividida. Más que un mandato homogéneo, evidencia que una parte importante del electorado eligió una promesa de estabilidad y autoridad frente a la incertidumbre de los últimos años. El fracaso del gobierno de Pedro Castillo, la erosión de legitimidad de las administraciones posteriores, la precariedad de la representación política y la creciente inseguridad favorecieron la percepción de que la democracia era sinónimo de bloqueo, ineficiencia y desgaste.
El fujimorismo retorna no porque la memoria crítica de los años noventa haya desaparecido, sino porque esa memoria coexiste con un agotamiento democrático que debilita su eficacia política. Para muchos ciudadanos, el recuerdo del autoritarismo, la corrupción y las violaciones de derechos humanos convive con la percepción de que los gobiernos democráticos recientes no han podido garantizar seguridad, eficacia estatal ni representación. Así, la promesa de orden adquiere fuerza como respuesta simplificadora frente a problemas complejos.

La noción de revuelta íntima permite precisar este punto. El problema no consiste sólo en que existan demandas de orden, sino en que estas se vuelvan dominantes porque el malestar social no ha encontrado canales de elaboración simbólica ni mediaciones políticas convincentes. La corrupción recurrente, la descomposición del sistema de partidos, la desconfianza hacia el Congreso y la violencia cotidiana producen rabia, humillación, cinismo, miedo y deseo de castigo. Cuando esos afectos no se transforman en memoria, discusión y proyecto colectivo, quedan disponibles para identificarse con un líder o un movimiento que promete “hacer que las cosas funcionen”.
El retorno del fujimorismo puede leerse, entonces, como la repetición de una fantasía política: la creencia de que un poder fuerte puede compensar las fallas de instituciones débiles y salvar a la sociedad del caos. Desde una lectura psicoanalítica inspirada en Kristeva, la falta de elaboración no elimina el conflicto; favorece su retorno bajo formas repetitivas. La adhesión a soluciones autoritarias no proviene exclusivamente de convicciones ideológicas, sino también de un fracaso colectivo para representar y tramitar experiencias de violencia, desigualdad, corrupción y desencanto.
Una democracia en revuelta
La respuesta a los riesgos autoritarios no puede limitarse a la defensa abstracta de las instituciones. Una democracia no autoritaria necesita condiciones para que los individuos y los colectivos rompan con la repetición, rememoren críticamente su pasado y rehagan el sentido de su convivencia. Esto exige políticas de memoria, educación crítica, espacios de discusión pública, arte, investigación, producción cultural y prácticas de escucha que permitan transformar el malestar en palabra y reflexión.
En el Perú contemporáneo, esta tarea es especialmente urgente ante las amenazas contra instituciones de memoria como el Lugar de la Memoria, la Tolerancia y la Inclusión Social (LUM). Debilitar esos espacios no significa sólo disputar una versión del pasado: supone restringir las condiciones sociales para elaborar la violencia política. Una democracia que pierde sus lugares de memoria queda más expuesta a repetir las fantasías de orden que hicieron posible el autoritarismo.
La revuelta íntima, por tanto, no equivale a una retirada individualista de la política. Consiste en interrogar las identificaciones con el padre fuerte, la obediencia, el castigo y la certeza; supone transformar el miedo en memoria y la indignación en proyecto democrático. Frente a la falsa alternativa entre insurrección heroica y resignación colectiva, Kristeva propone sostener la revuelta como cuestionamiento permanente.
La democracia peruana puede seguir funcionando electoralmente y, sin embargo, permanecer simbólicamente frágil. Su desafío no es sólo impedir abusos de poder, sino recuperar la capacidad ciudadana de historizar el malestar, preservar la memoria y rehacer el sentido de lo común. Para ello, como propone Kristeva, es necesario darse el tiempo de romper, rememorar y rehacer.