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Cuando el terror nos sacude

Nora Rivas Plata, psicoterapeuta psicoanalítica, docente del CPPL.

Perú es un país altamente sísmico.  Bajo su superficie colisionan la placa tectónica de Nazca, que se desplaza hacia el este y la Placa tectónica Sudamericana sobre la cual se encuentra el territorio peruano.  Mediante un proceso de subducción,  la placa de Nazca, al ser más densa, se introduce por debajo de la placa sudamericana a una velocidad de unos cuantos centímetros por año.  La fricción acumulada durante el proceso libera energía de manera repentina, causando temblores frecuentes y catastróficos terremotos.

Desde el devastador terremoto de Lima y Callao en 1940 hasta los recientes y trágicos eventos de 2026 —como el sismo de Junín y el doble terremoto en Venezuela—, los desastres naturales han dejado una huella de destrucción física y un profundo impacto emocional. Este sufrimiento, a menudo silencioso, sacude los cimientos del bienestar humano y nos enfrenta de golpe a lo disruptivo y lo traumático.

Un pasado de cicatrices abiertas

Perú ha sido escenario de algunos de los desastres naturales más catastróficos del último siglo. El terremoto de Áncash de 1970, recordado como el más mortífero, con cerca de 100, 000 fallecidos y la desaparición de Yungay bajo un aluvión, marcó un hito en la memoria colectiva. Más recientemente, el sismo de Pisco en 2007 dejó a más de 431 000 personas afectadas (Instituto Geofísico del Perú [IGP], s. f.). La cronología del terror continúa hasta nuestros días, con el terremoto en Junín en julio de 2026 y el doble terremoto de gran magnitud en Venezuela apenas un mes antes, que dejó más de 5,000 víctimas y miles de desaparecidos (IGP, 2026).

La tormenta mental tras el sismo

La Organización Mental de la Salud (OMS) y otros especialistas en salud mental indican que las pérdidas, la incertidumbre y los estresores derivados de estos eventos traumáticos aumentan significativamente el sufrimiento emocional. Las consecuencias no se limitan al miedo inmediato; pueden derivar en trastornos severos como el estrés agudo, la depresión, el duelo prolongado y el trastorno de estrés postraumático (TEPT).

Según la Organización Panamericana de la Salud (OPS, 2016), las reacciones posteriores a un desastre varían ampliamente. Es esperable que los afectados se sientan paralizados, experimenten deseos de luchar, sientan indignación y rabia, o una abrumadora sensación de descontrol. No obstante, también surgen destellos de esperanza y solidaridad. Un riesgo latente es el aumento en el consumo de alcohol y otras sustancias psicoactivas como mecanismo de evasión, lo que puede exacerbar la violencia en diversas modalidades. Asimismo, la automedicación con psicofármacos se convierte en un peligro para quienes buscan aliviar desesperadamente su sufrimiento.

La infancia: la población más frágil

Los niños y niñas representan el grupo de mayor vulnerabilidad. Al poseer una menor comprensión de la tragedia y limitaciones para verbalizar sus emociones, el trauma suele manifestarse a través de alteraciones drásticas en su conducta. En situaciones de catástrofe, los menores no solo enfrentan el miedo al sismo, sino también el riesgo de violaciones a sus derechos fundamentales, afectando integralmente su desarrollo.

Para mitigar este impacto, la normalización de la vida cotidiana es crucial. “Es esencial asegurar la satisfacción de necesidades básicas y la reinserción escolar en el menor plazo posible”, señalan los lineamientos de la OPS (2016). Las escuelas deben transformarse en espacios de protección y acompañamiento, implementando intervenciones grupales sencillas que se adapten a la realidad cultural de cada comunidad y cuenten con el apoyo activo de los padres.

Prioridades en la emergencia

La atención psicosocial debe enfocarse en quienes más lo necesitan. Entre los grupos prioritarios se encuentran:

 Equipos de primera respuesta: Aquellos que trabajaron en la emergencia, especialmente quienes estuvieron a cargo de la manipulación de cadáveres, sufren un desgaste emocional extremo.

 Personas con vulnerabilidades preexistentes: Pacientes con psicosis, discapacidad intelectual o epilepsia ven su condición agravada por la crisis.

 Grupos de riesgo social: Adultos mayores, personas en situación de extrema pobreza y aquellos que han sufrido secuelas físicas graves como parálisis o pérdida de órganos.

Cuidar a los que cuidan

Finalmente, el enfoque moderno de gestión de desastres (OPS, 2018) reconoce que los cuidadores también son personas vulnerables. Es común que quienes brindan atención en estas crisis presenten elevados cuadros de ansiedad y agotamiento. Por ello, resulta vital establecer espacios de soporte emocional —preferiblemente grupales— donde los profesionales puedan compartir sus vivencias y procesar los aspectos más difíciles del cuidado ajeno.

Sanar tras el terror que sacude la tierra requiere más que reconstruir edificios; exige una escucha activa, la validación de las emociones y un esfuerzo comunitario sostenido para recuperar la vida cotidiana.

Referencias

Instituto Geofísico del Perú. (s. f.). Gobierno del Perú: Instituto Geofísico del Perú. Recuperado el 28 de julio de 2026, de https://www.gob.pe/igp

Instituto Geofísico del Perú. (2026). Boletín sismológico regional: Evaluación de los eventos sísmicos recientes. Ministerio del Ambiente.

Organización Panamericana de la Salud. (2016). Guía de intervención mhGAP para los trastornos mentales, neurológicos y por consumo de sustancias en el nivel de atención de salud no especializada (Versión 2.0). Organización Mundial de la Salud.

Organización Panamericana de la Salud. (2018). Cuidar a quienes cuidan: Guía para el apoyo a los equipos de respuesta ante desastres y emergencias. Organización Mundial de la Salud.

 

 

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