Elizabeth Haworth. Psicoanalista de la Sociedad Peruana de Psicoanálisis.
La cuarentena implicó un encierro que constituyó un reto para quienes salíamos rutinariamente a trabajar o a socializar. Significó la alteración de la concepción subjetiva del tiempo y del espacio. Kennedy, psicoanalista inglés, plantea el concepto de hogar interno que es la representación simbólica que tenemos de nuestra casa, de nuestro hogar, de sus divisiones, de sus muebles, de su organización espacio temporal como un elemento fundamental en la constitución de nuestra identidad. El quedarse en casa ha significado para muchos una revaloración de ese espacio interno y a la vez externo. Muchos pacientes me han comentado sobre esta “reconciliación” con su casa, que la han cambiado, recreándola, descubriendo muchas cosas olvidadas y dejadas de lado. Esto les ha servido a su vez para desarrollar en el afuera un sistema de contención de las angustias de dentro. Otros, por el contrario, se han sentido presos, con deseos de escapar, de salir y han depositado en el hogar, lo siniestro, más lo extraño que lo familiar, la cárcel y el encierro, la parálisis de la inmovilidad como dice el vals.
Hoy se ha suspendido la cuarentena y podemos salir a la calle. Este nuevo momento nos trae nuevas angustias. Hemos pasado de un estado de ánimo colectivo inicial de júbilo triunfador por ser uno de los primeros países en implementar las medidas contra la pandemia, a la realidad actual de convertirnos en uno de los países con más víctimas, con una próxima crisis económica durísima y con la imagen de la gente haciendo cola con sus enfermos, buscando oxígeno, llorando a sus muertos. En este contexto de colapso, no solo de los sistemas de salud sino de los sistemas de contención y de cuidado en el país, tenemos que salir a la calle. Sabíamos que esta realidad existía, pero no la quisimos/pudimos ver. El psicoanálisis denomina a esta defensa inconsciente desmentida.
Así, el salir a la calle ha traído consigo otro tipo de angustias: la principal es el miedo, pero no cualquier miedo, es el miedo a los otros como portadores del contagio, el otro se torna peligroso, siniestro, rompiendo la posibilidad de establecer vínculos de solidaridad y de cuidado. Sin embargo, también coexiste la necesidad de volvernos a vincular con los otros y con nuestro entorno familiar, pudiendo generar una situación de descuido propio y ajeno. Repetir las defensas maniacas o quedarnos en un aislamiento que puede llegar a ser depresivo. Entonces, esta situación representa una suerte de negociación interna entre cuidarnos del virus objetivo y de la desvinculación interna, subjetiva. Lo virtual no es suficiente para relacionarse, hay necesidad de la corporeidad, de la presencia física de los otros. En esta disyuntiva estamos: en mantener un precario equilibrio entre vivir la vida protegiéndonos o vivirla auto engañándonos y descuidándonos.