Viviana Peña Cavassa – Egresada Promoción XXIX
“Mi motivación para inscribirme en la Especialidad de Niños y Adolescentes surgió como parte de un proceso paulatino de encuentros, inquietudes y reflexiones. Recuerdo que inicialmente no me llamaba la atención por cuanto mi interés era trabajar con pacientes adultos.
Sin embargo, desde los primeros años de mi formación como Psicoterapeuta Psicoanalítica me fui percatando de la importancia que tenían las experiencias de la infancia en la estructuración del psiquismo y sus posteriores repercusiones. En los cursos iniciales de Metapsicología, los textos de Freud hablaban de una sexualidad infantil, del Edipo y de cómo a partir de las alteraciones en el devenir de estos se daba la constitución de las neurosis. Al revisar autores como Ana Freud con las líneas de desarrollo, o Melanie Klein me surgieron algunas interrogantes sobre cómo habría sido la experiencia de trabajar ciertos aspectos con niños que jugaban más de lo que hablaban y, me maravillaba la forma en que se podrían haber elaborado teorías y conceptos a partir de la interacción con ellos.
Más aún, en mi propio proceso de análisis didáctico, se hizo evidente que vía asociación libre, varias situaciones actuales me remitirán a recuerdos y escenas de mi niñez y, cuya elaboración fue esencial para poder abordar lo que aparecía en el presente. En la regresión, parecía revivir algunas de las experiencias de volver a ser niña, incluyendo poder encontrar memorias aparentemente perdidas. Tuve también la oportunidad de contar con dos supervisoras, analistas de niños y, que al compartir sus experiencias aportaban a mi trabajo con pacientes adultos desde otra perspectiva; inconscientemente me fueron transmitiendo la pasión y el interés por la mirada al niño que todos llevamos dentro.
A medida que avanzaba en los seminarios, y estudiando la psicopatología contemporánea, se revelaba con mucha mayor claridad el origen primitivo de muchos de los cuadros que encontramos en la práctica diaria del consultorio (desordenes alimenticios, trastornos narcisistas, depresiones melancólicas); en cada uno de ellos podía hallar evidencia de dificultades o traumas en la infancia.
Mi inquietud persistió y se acrecentó además, porque mi trabajo institucional en la universidad y mi rol como catedrática, implican la interacción con jóvenes desde los dieciséis años. Considero que la formación en la Especialidad de Niños y Adolescentes no es sólo un recurso valioso, sino imprescindible para mi trabajo tanto con jóvenes como con adultos, en los diferentes ámbitos de ejercicio de mi quehacer profesional”.