Carmen Valenzuela Alvarado Directora CIAPLA Psicólogos Promoción XII.
Llegas,
Ves su cuerpo inerte.
Entre el llanto y la incredulidad te rematas de preguntas:
¿Qué pasó?
Le preguntas al viento, al día, a quien no conoces,
pero por alguna razón aparece a tu costado.
No hay respuesta que calme.
Si lo piensas mejor, las preguntas disfrazan angustias.
Como película en retroceso, te invaden imágenes. Los recuerdos adquieren formatos de escenas que intentas congelar para encontrar indicios que expliquen lo que pasó.
La verdad libera cuando todavía hay oportunidad de cambios y tiempo de reparación, pero la verdad al costado de la muerte también es tormento.
No siempre recordar es volver a vivir. Recordar también es la ilusión de encontrar alguna fórmula para evitar lo que con dolor sabes no es posible cambiar.
¿Salimos? Me preguntó. No -contesté-. ¿Por qué? Afuera hay una amenaza que no provocamos ni generamos. Todavía no la entendemos, todavía no sabemos cómo vencerla.
¿Encerrados es la única forma? (repreguntó). No lo sé -contesté-. Por ahora estamos seguros. No pretendo que solo nos defendamos, te propongo combatirla. Estoy buscando la forma.
¿O sea, resignarnos a que nos encierren? Mientras tanto ¿qué hacemos? Sonreír -contesté-.
Ya no hubo más preguntas.
No sé desde cuando dejó de estar. No entendió mi sonrisa. Creyó que era cobardía o solo resignación. ¿Y si con detalle le hubiera explicado que afuera estaba la muerte? Que no hay conspiración mayor que la propia negación. Que no hay “chips” ocultos para controlarnos ni es una “falsemia” inventada para instalar dictaduras.
Esto cansa. No tengo ganas de nada. – Recuerdo que me comentó.
¿Y si hubiera atendido ese desgano como un aviso que su cuerpo se estaba apagando? El cuerpo sin ganas, es un cuerpo que se va apagando.
Quiero salir -me dijo-.
Yo no. Tengo miedo. Todavía no sé defenderme – le contesté-.
¿Si hubiera insistido en que no había nada afuera que no pudiera encontrar en su mundo interno? Que esa sensación de “vacío” no se llena con las “cosas de afuera”. Que ese vacío estaba antes de la pandemia, y que la ausencia de “poder” no significa la insignificancia de su vida.
En el revolcón de imágenes, a modo de recuerdos, aparece aquella vez que me expresó que quería irse a un lugar lejos, a la punta del mundo allá por el sur del sur del planeta. Que quería silencio, que disfrutaría de un café con pocos amigos y que escribir significaría paz.
Entiendo entonces, que la pandemia aceleró su partida. Que “salir” fue su forma de “irse”. No, no fue el encierro lo que le quitó fuerzas.
No tener miedo te hace peligroso.
Me da rabia que la ausencia de su cuerpo sume a la cifra de los que pierden hasta su historia. Uno más entre los miles con la misma etiqueta de partida: Covid-19.
Me da rabia que el virus siga vivo. Esa misma rabia, me hace saber que Yo también estoy viva, y a diferencia del virus, me inclino hacia la vida.