María Alcántara S. – Egresada Promoción XXXIV
Realizar un trabajo de observación se piensa en un primer momento en algo tan simple como prestar atención a determinada situación, estar pendiente a ciertos detalles y listo, pero, si se trata de observar un bebé, ¿supondríamos que no tendría que ser nada complicado? O diríamos como muchos ¿qué sentido tendría?. Sin embargo, en estos 8 meses en los que vengo realizando la observación a una bebé, ha sido mucho más que eso; inicialmente, fue lidiar con la frustración, debido a que dos mamás, luego de aceptar inicialmente la observación me dijeron luego que esto no sería posible. En esta situación, preocupada pensaba que encontrar un bebé para observar sería una tarea imposible hasta que la oportunidad llegó a mí de modo felizmente inesperado.
Pienso en nuestro primer encuentro y lo que sentí al ver una bebita tan pequeñita y frágil, un hecho que me llenaba de expectativas pero también de temores, no solo por hacer o decir algo inadecuado, sino por las emociones que surgieron en mí en ese momento y a lo largo de las posteriores visitas o por las demandas o angustias de la bebé a través de su llanto y los miedos de su madre. Tuve la suerte que en este proceso de observación, como parte de la formación, llevé los cursos sobre las propuestas de Melanie Klein y Donald Winnicott, sobre lo cual puedo afirmar lo grato que ha sido para mí relacionar aquello que leía en los textos y cómo a través del proceso de desarrollo de esta bebé, presenciar cómo va apareciendo lo vincular, los aspectos intersubjetivos, lo pulsional en la bebé y su interactuar tanto con su madre y su padre, y sobre todo, cómo un ser tan pequeñito cuyos movimientos corporales, débiles al principio y enérgicos ahora, sus sonidos o prolongados silencios que ahora se han convertido en un lenguaje de monosílabos acompañado de gritos y risas graciosas tuvieran la capacidad de movilizar también mis propios contenidos.
Este proceso es significativo no solo por la incertidumbre que me generó en muchas ocasiones y que me ha permitido, poco a poco, ir modulando mis propias ansiedades, sino también por lo que he comprendido de mí misma, pues lo que al inicio me suscitó desconcierto me viene dejando la clara convicción que refuerza el compromiso de intentar, a partir de presenciar esta interacción madre-bebé, brindarle al paciente la posibilidad de acompañarlo en sus angustias, sus miedos o silencios y contenerlo en su rabia, lo que espero convierta alguna vez nuestro espacio de trabajo en lo más cercano al ambiente facilitador que propone Winnicott.