Estela Rosario Martínez Dorival. Egresada XXXV.
La pandemia nos ha impuesto, una forma de comunicación, de aproximación a los otros desde una pantalla, desde un audio, desde imágenes, los sujetos no hemos elegido comunicarnos así, solo no nos quedó de otra, y si bien es cierto nos ha ayudado a mantenernos en contacto, siento que nos estamos perdiendo de mucho, sobre todo los adolescentes, desde los diversos espacios donde solían socializar.
Hace unos días, un profesor me contaba su experiencia con sus alumnos de la academia pre-universitaria, me comentó que cuando acabó el ciclo, estaba muy contento, porque los alumnos en el chat le enviaron emoticones de agradecimiento; de pronto, caímos en cuenta que todos sus alumnos, al menos habían visto su cara, y que por lo tanto en un futuro si lo vieran por la calle, le podrían decir ¡hola profe!, y que él pasmado sin tener la menor idea de quién es, o de dónde lo conoce.
Lo que nos da a pensar en ese gran otro que señala, dándole así una significación, en ese mundo simbólico, a esa imagen desde la cual se constituye el registro imaginario, es decir que lo imaginario está estructurado de alguna manera por lo simbólico, pero si ello está mediado por imágenes (si las hay) parciales, o solo por voces, es como si se diera una distorsión en el registro imaginario, mediado por la virtualidad. Eso me hizo pensar en lo anónimo de esos vínculos, o en lo poco integrados que está con toda la persona, en estos tiempos.
Por ello como terapeutas, es importante analizar qué pacientes tendremos en el futuro, producto de estas relaciones, con qué fantasías nos vendrán, qué nos traerán a las sesiones, qué vacíos pueden estar dejando las imágenes, las no voces, apenas un nombre que no es suficiente para configurar un otro, para poder tejer vínculos; porque es evidente que habrán sensaciones de vacío, de fragmentación, de algo que no es completo pero que se dio.