Carlos Jibaja. Magíster en Estudios Teóricos en Psicoanálisis, Pucp. Profesor de Formación Académica en el CPPL.
Quiero referirme a la desrealización como uno de los efectos psíquicos en el contexto de la pandemia. La desrealización confiere la sensación de que el mundo es algo irreal; las cosas o personas circundantes, antes familiares, son percibidos como desconocidas o extrañas. La mencionada es una descripción clínica, pero en este texto prefiero recordar a la desrealización tal como la describe Gabriel García Márquez en Cien años de soledad cuando José Aureliano Buendía, antes de terminar sus días amarrado a un castaño, presentó un episodio de desrealización: “Pasó seis horas examinando las cosas, tratando de encontrar una diferencia con el aspecto que tuvieron el día anterior, pendiente de descubrir en ellas algún cambio que revelara el transcurso del tiempo (…) El viernes, antes de que se levantara nadie, volvió a vigilar la apariencia de la naturaleza, hasta que no tuvo la menor duda de que seguía siendo lunes (…) ¡La máquina del tiempo se había descompuesto!”
La máquina del tiempo antes de la pandemia ya presentaba cambios. La informática, el internet y la globalización pulverizó el modo en que la mecánica del tiempo, un tiempo en que la relación espacio y tiempo parecían indesligables, servía de compás a nuestra cotidianidad. Ha sido un cambio brusco pasar del engranaje al chip. Y, aun así, hasta la irrupción violenta del virus, el mar de la virtualidad permitía navegar, perplejos y desconfiados, por los desfiladeros de la realidad simulada y la postverdad, teniendo algunos criterios que nos anclaban a una realidad socialmente compartida. Uno de esos criterios, importante para nuestros sentidos y percepción del mundo, el contacto presencial con los otros. Hoy nos enfrentamos a la hiperrealidad de Baudrillard sin ese anclaje.
Tan letal como traidor, el virus puede estar escondido en el beso de un niño, en la risa de la pareja, en el abrazo del amigo. El impacto de lo real sobre la vida y la muerte es contundente. Confinados, disociados entre una realidad social sedienta de muertes y el espacio privado, la “nueva normalidad” está preñada por el efecto de la desrealización en el mundo en que nos hemos sumergido. La pantalla del zoom, el chat del whatsapp, las frases de twitter son las ventanas simuladas – sí, son marcas registradas – que mediatizan inoculando su cualidad de simulacro a las experiencias con los amigos, los compañeros de trabajo y los hechos más allá de nuestras familias.
Paradójicamente, hoy, el malestar de la desrealización es señal de salud mental; la extrañeza e irrealidad que nos surge es un efecto de lo real sobre la realidad simulada como si se tratara de una pequeña falla en la hiperrealidad de las imágenes. A la manera de un Matrix, ante la pérdida del contacto presencial, se busca “normalizar” estados mentales que se ajusten a la simulación de la realidad compartida. Como José Aureliano Buendía, la desrealización que se percibe en lo cotidiano surge del empeño de asegurarnos que el orden de las cosas y las palabras sigue moviéndose a un compás en que lo real y lo verdadero continúan teniendo un lugar en nuestras vidas.