Mg. Graciela Cardó S. (2007). Presentado en las Jornadas de la Asociación de Psicoterapia Psicoanalítica de Niños y Adolescentes – APNNA
“La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla”, escribía Gabriel García Márquez en el epígrafe de su novela Vivir para contarla. Muchos estaremos de acuerdo con esta cita; día a día nuestro trabajo nos recuerda lo trascendente y lo cierto, así como lo inevitable que este parágrafo encierra. Deseo mediante este trabajo, compartir algunos pensamientos que surgen de la práctica clínica, en la que nuestra escucha e intervenciones adquieren de pronto un distinto matiz, dando un vuelco más bien interno que observable. Y es que, ciertos elementos que siempre estuvieron presentes en los intercambios con nuestros pacientes, van tomando dimensiones distintas, me refiero a la narración de historias, y más específicamente en nuestro trabajo con niños, a la narración o construcción de cuentos y, por supuesto al placer y al concomitante alivio que éstas proveen.
Estas líneas versarán entonces, acerca de las historias y de los cuentos que los niños comparten con nosotros. A partir de los aportes freudianos y de autores posteriores, así como de algunas reflexiones sobre el cuento y la narración, trataremos de entender el giro técnico que los avatares de una niña que presentaba problemas para dormir nos permitieron hacer.
…Contarla…, los pacientes nos cuentan historias, propias y ajenas; uno de nuestros quehaceres principales es escucharlas, comprenderlas y permitir que ellos las entiendan para que finalmente puedan contar lo “que recuerdan y cómo la recuerdan para contárnosla”. Esta es la manera prínceps que “contamos” para que nuestros pacientes se apropien de su historia, de sus historias. Como señala Busch (2004) la capacidad para contar historias y adueñarse de ellas es fundamental para promover el desarrollo de un sentimiento de bienestar que surge en nuestro quehacer clínico. Es el requisito para el desprendimiento de las diferentes historias asumidas como propias. Así, cada página inventada y contada agrandará la visión de uno mismo, quitando a la vez a modo del desgaje de las sucesivas capas de una cebolla, cada página ajena asumida como auténtica.
Los niños también nos cuentan historias, pero sabemos muy bien que, tal como Freud señalaba ya hacia 1907 en El poeta y los sueños diurnos, que “la ocupación favorita y más intensa del niño es jugar. Acaso sea lícito afirmar –decía- que todo niño que juega se conduce como un poeta, creándose un mundo propio, o, más exactamente, situando las cosas de su mundo en un orden nuevo, grato para él” (pp. 1343). En ese mismo trabajo afirmaba que lo opuesto al juego no era lo serio, sino la realidad. Y es en la realidad en la que muchas veces ocurren eventos desafortunados que bloquean la capacidad innata de niños…y de poetas. La representación y simbolización de dichas situaciones bloquean su figurabilidad, deteniéndose el tiempo, el recuerdo, el juego y la creatividad.
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