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¿Y si no lo estoy disfrutando? Maternidad, mandato y ambivalencia

Leyla Abad, egresada de la promoción XXX del CPPL.

 

Hay frases que se repiten con naturalidad y que, sin embargo, condensan exigencias difíciles de advertir. “Deberías disfrutarlo, porque pasa rápido” es una de ellas.

Freud mostró que aquello que una cultura intenta dejar fuera no desaparece, sino que retorna en síntomas, creencias y discursos cotidianos. Las frases que repetimos también dicen algo de nuestro imaginario colectivo.

Expresiones como esta condensan una exigencia particularmente intensa de la maternidad contemporánea: no basta con cuidar, sostener y responder a las demandas del otro; también se espera que esa entrega sea vivida como fuente de realización e incluso de disfrute.

Lo que esta frase pone en juego es la persistencia de un ideal cultural profundamente arraigado: el de la “buena madre”. Una figura siempre disponible, emocionalmente contenida, enteramente entregada a sus hijos y capaz de sostenerlo todo sin fisuras. Aunque ese ideal haya transformado su lenguaje con el tiempo, su lógica permanece: la expectativa de una maternidad vivida desde la entrega absoluta.

Ese modelo deja poco espacio para experiencias profundamente humanas que también forman parte de la maternidad: el agotamiento físico, la sobrecarga psíquica, la pérdida momentánea de identidad, el deseo de distancia o incluso cierta extrañeza frente a una vida organizada alrededor de las demandas inagotables del cuidado.

Como ha señalado Julia Kristeva, la maternidad es una experiencia profundamente ambivalente, atravesada tanto por el amor como por la desorganización subjetiva que implica alojar radicalmente a otro. No transforma únicamente la rutina o los afectos; reconfigura el cuerpo, el tiempo, el deseo y la identidad. Sin embargo, buena parte de los discursos sobre maternidad siguen sosteniendo una imagen idealizada de lo materno, como si cuidar implicara una disponibilidad afectiva inagotable y una subjetividad siempre estable.

Quizá por eso hablar de ambivalencia materna sigue resultando incómodo. Como si reconocer el cansancio, la frustración o la necesidad de distancia amenazara la figura misma de la buena madre. Sin embargo, desde el psicoanálisis sabemos que la ambivalencia forma parte de la complejidad de los vínculos humanos. El problema aparece cuando, bajo las exigencias que aún organizan la maternidad, cualquier distancia respecto de esa imagen de completud se vive como carencia, insuficiencia o culpa.

Lo ominoso, en Freud, remite a aquello extraño que emerge desde lo más íntimo y familiar. Quizá algo de la experiencia materna contemporánea también se juegue allí: en aquello que no debería decirse, en el cansancio que debe ocultarse, en esas sensaciones de desconcierto que todavía no encuentran un espacio para ser nombradas o simbolizadas.

A ello se suma una exigencia característica de nuestro tiempo. Si antes el ideal materno se articulaba en torno al sacrificio y la abnegación, hoy parece haber incorporado también el imperativo del rendimiento. La cultura actual —marcada por ideales de productividad, autosuficiencia y optimización permanente— espera que las mujeres trabajen, cuiden, sostengan vínculos armónicos, administren el hogar, preserven su deseo, regulen sus emociones y, además, disfruten plenamente de todo ello.

Quizá una de las consecuencias más profundas de esta lógica sea el silenciamiento de la subjetividad femenina. Cuando una mujer queda reducida exclusivamente a su función materna, todo aquello que excede ese lugar —el deseo propio, el cansancio, el conflicto interno— comienza a vivirse como culpa o insuficiencia.

Sin embargo, algo parece estar desplazándose. La literatura, el cine, el teatro y otras expresiones artísticas contemporáneas han comenzado a mostrar maternidades menos idealizadas y más complejas. No para desacralizar la figura materna, sino para volverla más humana, más contradictoria y cercana a la experiencia de tantas mujeres que aman profundamente mientras intentan, también, no desaparecer dentro de ese amor.

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