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La madre y el hijo como Otro

Verónica Zevallos – psicoterapeuta psicoanalítica, docente y graduada de la promoción V del CPPL.

 

En la consulta con padres es común escucharlos decir “no sé qué hacer ya no lo reconozco…”

Es una de las tantas frases que expresan la presencia de dificultades en las formas de relacionarse que se manifiestan a modo de reproches, malos entendidos, recriminaciones que se viven como difíciles o imposibles de resolver a no ser que haya un pacto de sometimiento por parte de los hijos o a la renuncia a vincularse  en acuerdo entre todos es decir vivir juntos, pero cada cual apelando a su individualidad vida que es una forma de separarse, a diferencia de la necesaria separación para vincularse.

Una de las maneras de explicarse, que no es resolver, esta situación entre madre e hijo es apelando a la diferencia generacional, a la diferencia epocal, a la diferencia de las exigencias de la vida, eludiendo el trabajo del proceso de separación que impone el crecimiento desde el inicio de la maternidad.

En el embarazo la madre acoge en su cuerpo al bebé, lo siente crecer y desarrollan una comunicación singular que está acompañado por la vivencia de ser uno e indiferenciados, tiempo que se extiende hasta alrededor de la adquisición del bebé del control de esfínteres, la locomoción y el lenguaje.

Con el inicio de las manifestaciones de independencia se pone en juego la presencia del hijo como Otro y diferente con su original manera de relacionarse para lo que se requiere un esfuerzo, del encuentro de formas divergentes de concebir el mundo.

El Otro para Freud es un modelo, un objeto y la identificación es la manifestación de enlace afectivo “la identificación representa uno de los modos fundamentales por los que transita el otro en nosotros mismos y nosotros mismos en el otro” A. Green.

La relación madre/hijo desde la identificación, como suele ser en la primera etapa de vida, está ausente de conflictos dado que se sustenta en la semejanza, en las coincidencias y tienden a generar sensaciones de seguridad y de pertenecer a una relación en base al entendimiento.

Trascender de la identificación al encuentro entre sujetos madre/hijo implica la aceptación de la presencia de lo desconocido del Otro, en este aspecto la relación se establece a partir de lo heterogéneo y de una separación entre lo mismo identitario hacia lo Otro ajeno, que mantiene en tensión tanto lo mismo y el constante movimiento de diferir en la relación.

Es esa diferencia que incomoda porque el hijo como Otro no cabe en la representación de la madre y en ese caso la tensión se convierte en una lucha de sometimientos que produce estancamiento, repetición y frustración hasta el rompimiento, cuando la diferencia no cuenta y la relación se apoya solo en la semejanza la separación es vivida como ruptura y no como distancia que abre al vincularse.

En clave de la relación entre Otro con Otro, el conflicto es una vivencia de generación, de producción del deseo constante de conocer (diferente a reconocer) aquello imposible de pensar del Otro que no sería posible si se sostuviera la idea que la relación ideal se construye a partir de la semejanza y lo evitable deben ser las diferencias. Estar y sentirse separados promueve el trabajo del vínculo.

“Si tenemos la suerte de encontrarnos con nosotros mismos descubriremos que somos un desconocido”. Octavio Paz en Piedra de Sol

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