Carmen Wurst – Psicóloga Psicoterapeuta Psicoanalítica. Coordinadora del Proyecto Desarrollando Bienestar Psicosocial para la población migrante, refugiada y de acogida en Perú.
El número de venezolanos que abandonaron su país ha alcanzado los cuatro millones, según la Agencia de la ONU para los Refugiados (ACNUR), y la Organización Internacional para las Migraciones (OIM).
Llegar al Perú es como el viaje de Ulises, relataba Lucía, en una sesión de grupo con las familias migrantes, las que eran acogidas en el centro pastoral San José en San Juan de Lurigancho. El grupo conformado por madres con bebés lactando, niños jugueteando o trepando el cuerpo de sus progenitoras, hombres jóvenes, espigados, algunos en estado de alerta, otros reflexivos y deseosos de empezar a trabajar y cumplir con sus familias, relatan:
“Después de un largo y tortuoso recorrido, pasamos por situaciones nunca vividas por nosotros, caminamos entre montañas, poblados, viajando en camiones, buses o triciclos, teniendo que dejar en el camino las pertenencias preciadas, por no resistir el peso de la vida sobre los hombros”.
Un desplazamiento forzado, es una forma dolorosa y apremiante de huir del peligro y la carencia. Es la extrema elección entre la vida y la muerte. Algunos autores, siguiendo las palabras de Lucía, han denominado al estrés del migrante, como un choque cultural, que puede desplegar el Síndrome de Ulises o síndrome del estrés crónico del inmigrante (Achotegui, 2009).
Emprender esa travesía, como lo hizo Ulises al salir de Ítaca, produce muchos sentimientos, en primer lugar, la incertidumbre por ese lugar desconocido pero esperanzador, el dolor del hambre, la rabia, el duelo, la tristeza, el miedo, sentimientos sobrellevados por la ilusión de encontrar algo mejor. Pensar en un mundo, que se idealizó en la mente, que sirvió de impulso para salir de su país.
La llegada de las familias y su incorporación a la población de acogida, pasa por muchos movimientos psicológicos, en los cual se dan procesos de encuentro con un “otro” y “ajeno” como diría Berestein (2008). La llegada de la población venezolana nos confronta con la alteridad. En ese movimiento, se dessubjetiva al otro, se produce la exclusión, la discriminación, el rechazo. Las familias venezolanas se convierten en un ajeno que no es bienvenido ni incorporado en la mente. Desde nuestra disciplina, podemos hacer mucho por mejorar esta situación. Proporcionar una mirada, es darle la condición de sujeto a quien migró por salvar su vida.