Laura Soria. Magíster en Género, sexualidad y políticas públicas. Departamento de Investigación y Publicaciones.
“El amor se hace más grande y noble en la calamidad”
– El amor en los tiempos del cólera. Gabriel García Márquez
Cuando la pandemia nos atravesó, desnudó una situación sanitaria aterradora en nuestro país: hospitales viejos, carencia de materiales, pocos laboratorios especializados y limitados especialistas, personal médico mal remunerado, que no contaba con seguro médico y que tampoco se podía asegurar sus equipos de bioseguridad que los protegieran del virus.
También desnudó algo que preferíamos no ver y que hemos mantenido encubierto por décadas: la indiferencia social ante estas carencias en salud, más concretamente en salud mental. Una indiferencia que nos interpela.
En el 2014, en el país, la inversión anual en salud mental era cero; hoy se tiene un presupuesto de S/. 312 millones anuales, que representa tan solo el 2% de los recursos totales que se destinan al sector salud. Los servicios de salud mental se encuentran fragmentados, sin personal y con poquísimos recursos. En todo el país hay 30 mil psicólogas/os es decir nueve profesionales para atender a cada 100 mil habitantes y se tienen 1.082 psiquiatras, de los cuales el 80% labora en Lima (Salazar Vega, 2020).
En mayo de este año, el MINSA y la Organización Panamericana de la Salud (OPS) realizaron un sondeo virtual y encontraron que siete de cada diez peruanas/os presentaban síntomas asociados a la ansiedad y a la depresión como dificultades para dormir, cansancio o ausencia de energía, problemas de apetito y falta de concentración. De las 58.116 personas que participaron del estudio, el 41% son casos nuevos de depresión y un 13% llegó a tener pensamientos suicidas (Salazar Vega, 2020).
La nueva Ley de Salud Mental N°30947 refuerza el trabajo de los Centros de Salud Mental Comunitarios; sin embargo, en todo el país sólo existen 154 centros: uno para cada 38 mil personas. Además, se ha restringido la realización de diagnósticos a las/os psiquiatras y, en ausencia de estos, a los médicos cirujanos colegiados, lo cual contradice con la Ley de Trabajo del Psicólogo N°28369 que le confiere a estos profesionales competencias en la prevención, diagnóstico, tratamiento y recuperación de la salud mental de la persona (shorturl.at/acAFI ).
Desde los primeros momentos de la pandemia, la comunidad del CPPL brindó un espacio contenedor importante, permitiendo a sus miembros contar con un lugar donde sentirse sostenidos y desde el cual, a su vez, sostener a sus pacientes. No sólo se continuaron las actividades previstas, llámense el dictado de los seminarios, la jornada psicoanalítica, los espacios abiertos, el cine fórum y la publicación de este Boletín, sino que, además, se generaron nuevas propuestas (seminarios extracurriculares) y se permitió también la renovación: el nuevo organigrama del Centro que reestructura el área de atención a la comunidad (Departamentos de Seguín, Freud y Winnicott) y crea dos nuevos departamentos, el de Investigación y Publicaciones y el de Eventos y difusión. Es en este dinamismo que también se expresa una particular forma de entender la salud mental, una que acoge a las personas y no las estigmatiza, una forma de no ser indiferentes con el dolor del Otro. Quizá, como dice la cita con la que se inicia este texto, una forma de amar que se hace más grande y noble en la calamidad.